Album de fotos XXXIX

















Clases particulares de inglés


De cómo mi profesora de inglés y yo acabamos en la cama una lluviosa tarde de verano.

Siempre había querido contar esta historia, pero hasta hace poco y gracias a una conversación por MSN con una de mis lectoras no había tenido tiempo de escribirla. Espero que os guste.

Yo acababa de cumplir los 18, y ella tenía 29. Pero primero tendría que poneros en antecedentes.

Digamos que ella se llamaba Raquel y llevaba bastantes años dándome clases particulares de inglés. Normalmente acudía a casa a media tarde podría decir que pase mi pubertad junto a ella, pero como quien dices casi crecimos juntos.

Solo cuando mis hormonas se revolucionaron descubrí que Raquel era una chica más que atractiva. Nunca había pensado en ella de manera sexual, pero siempre había estado latente el hecho de que era una chica muy llamativa.

Hubo algunas tardes en las que abundaron las charlas sobre sexo, olvidando el motivo por el que venía mi casa. En ellas, normalmente frías de invierno, recuerdo que yo me excitaba escuchándola hablar sobre el coito o sobre las felaciones, atendiendo como si lo que me estuviera explicando fuera algo nuevo para mí, pero lo que en verdad conseguía era que tuviera una grandísima erección a escondidas pero delante de ella.

Raquel solía desplazarse por la ciudad en bicicleta, yendo de un lado a otro y por esta razón los días que llovía eran mis favoritos. Aún puedo recordar como entraba en mi casa mojada y como el frío de su cuerpo transformaba sus pezones en dos prietas montañas que pugnaban por romper su camisa o su top. Sé que ella se fijaba en que yo espiaba sus pechos, pero ninguno decía nada. Un día la cambió por un ciclomotor. Aquello no significó que no volviera chorreando a casa de vez en cuando, sino que cuando llovía la fuerza del viento y del agua la hacía llegar totalmente empapada.

Normalmente solíamos dar las clases en mi habitación a puerta cerrada, en una pequeña mesa escritorio junto a mi cama. Ella se sentaba a mi lado y compartíamos los deberes que me habían puesto en la escuela. Recuerdo que por aquel entonces preparábamos el examen de selectividad. Eran nuestras últimas clases juntos, ya que después yo me iría fuera a estudiar la carrera de la universidad en otra ciudad, y Dios quiso regalarme una tormenta de verano como colofón último.

Raquel llegó a casa totalmente mojada. Cuando aparecía así, normalmente le dejaba una toalla para que se secara el pelo y, si su ropa estaba muy húmeda, solía ponerse algo de mi hermana para que no cogiera frío. Aquella tarde no había nadie en casa, así que yo me encargué de darle algo de ropa para que se vistiera con algo seco. La pobre, sin presumir lo que se le venía encima, se fue con su toalla al cuarto de baño y con las ropas tan cuidadosamente elegidas por mí. Eran unas simples mayas y una camiseta, pero yo contaba con un par de factores que pronto se confirmaron.

Le había llovido tanto encima que literalmente "tenías las bragas chorreando". Ni que decir tiene que el sujetador también. Por lo tanto le pedí su ropa para ponerla en la secadora y cuando abrió la puerta del baño vi que mi obra había dado buen resultado. Una simple camiseta blanca bastante transparente remarcaba sus senos y hacía que sus duros pezones se apretaran contra ella. Por otro lado, las mayas se pegaban a ella como una segunda piel, y faltando el lindo tanga que me había dado para secar, su coñito quedaba bien definido en su entrepierna. Os prometo que tuve que aguantarme la risa, porque ella se miraba preguntándose si debía salir así del baño. El caso es que al final hice como si no la viera y, apelando a la confianza de tantos años juntos, decidí comenzar una conversación como si nada. Pronto nos enfrascamos en la clase sin pensar más allá.

Las clases duraban hora y media, por lo que a los 45 minutos solíamos tomar un descanso. Íbamos a la cocina, ella se fumaba un pitillo y tomábamos algo de refresco. Recuerdo que estando de pie ambos en la cocina, yo no podía apartar mi mirada de sus labios inferiores, tan justamente marcados en mitad de su pubis. Deje divagar mi mente mientras ella hablaba y miré fijamente su entrepierna. Estoy seguro de que ella se tuvo que dar cuenta, porque cuado levanté la mirada sonrió como si nuestros pensamientos se entrecruzaran.

Para seguir hablando mientras volvíamos a mi cuarto me preguntó que qué haría ese verano y yo le expliqué que iría a la casa de la playa como siempre. No sé si fue antes de comenzar a hablar sobre mis conquistas estivales o después de hacerlo pero vi sus pezones se habían puesto otra vez erectos. La conversación recayó sobre mis ligues de la playa y en como me aprovechaba de las incautas alemanitas que aparecían por allí. Abiertamente, como siempre, ella añadía cosas de su propia cosecha con experiencias vividas, frutos de esos años que era más mayor que yo.

Yo ya no ocultaba mi mirada y sin disimulo me deleitaba con sus casi visibles pechos. Mi pantalón estaba a punto de explotar. Mi verga estaba al rojo y dura como una piedra. Allí estaba yo, hablando de sexo con mi profesora de inglés, la cual estaba sin ropa interior, con los pezones duros como mi herramienta y con su conejito apretado por una maya elástica. Pensar todo eso me volvió loco, pero más escucharla a ella hablar sobre una antigua relación y como era él en la cama. Entonces pasó.

A mi olfato llegó ese dulzón olor, ese inconfundible aroma, esa fragancia que solo una mujer puede producir cuando su entrepierna se moja y sus fluidos inundan su vagina y humedecen su ropa interior. Pero... ¡allí no había ropa interior! Por lo que al bajar mi vista, pude ver un cerco de humedad que rodeaba la entrepierna de Raquel. Ella dejó de hablar cuando miró también hacia abajo y vio lo que había pasado. Levantó la cabeza, supongo que medio asustada, medio enrojecida y me miró.

- Parece que te has excitado hablando de tu ex. – Mi voz sonó sincera y sin duda alguna.

Ella sonrió y dijo:

- Parece que sí, pero... también por no tener ropa interior y sentir todo el tiempo las mayas rozándome.

La situación se podía definir como tensa a la vez que electrizante. Todo dependía de aquel momento y de lo siguiente que pasara.

- ¿Quieres más ropa limpia o esperas a que se termine de secar la tuya? – pregunté.

Raquel ya no dijo nada más. Se levantó de la silla, me puso una mano sobre el hombro, y delicadamente deslizó las mayas por debajo de sus rodillas sacándolas luego por sus tobillos y dejándolas caer al suelo detrás de mí. Tenía su coño a escasos centímetros de mi cara y su mano había pasado de mi hombro a mi cuello. Sin dudarlo subí mi mano por su muslo y la apoyé en su prieto culito. Los aromas de su humedad inundaron mi nariz cuando la atraje contra mí y besé su vientre. Mientras disfrutaba de su monte de Venus ella jugaba a enredar sus manos entre mi pelo. Bese sus muslos, sus mata de pelo, su vientre y luego ayudado por dos de mis dedos su diminuto clítoris. Un suspiro se escapó de entre sus labios cuando la punta de mi lengua recorrió lo que podía de su entrepierna. Sin dudarlo se quitó la camiseta y se alejándose de mí se echó sobre la cama dejando sus piernas bien abiertas y arqueadas mostrándome toda su sabrosa vulva y esperando a que continuara con mi labor. Y así fue.

Ni corto no perezoso, dispuse mi cabeza entre sus muslos y la deleité con un largo recorrido de mi placentera lengua sobre sus labios inferiores. De vez en cuando me detenía unos segundos en su jugoso clítoris y otras veces trataba de penetrarla con la punta de la lengua. Raquel mientras tanto amasaba sus pechos y jugaba a estirar sus pezones. Sus gemidos de placer se hicieron más y más fuertes y continuos cuando se acercó el momento de correrse, cosa que hizo con un gran orgasmo moviendo sus caderas de forma espasmódica y tratando de incrustar mi cabeza entre ellas.

En la habitación solo se oía la respiración entrecortada de Raquel la cual todavía se estaba recuperando de ese momento de gozo que le había supuesto el que su alumno le comiera el coño de forma tan imprevista.

Apresuradamente se puso de rodillas y comenzó a sacarme la camiseta casi a marchas forzadas. Luego me desabrochó el cinturón y buscando presurosa entre mis boxers sacó mi polla al aire mientras con la otra mano se dedicaba a acariciar mis testículos. Sin que yo me lo esperara se puso a cuatro patas y de forma voluntariosa la introdujo en su boca. Su lengua jugaba con mi glande y me producía oleadas de placer que recorrían mis piernas y explotaban en la punta de mi herramienta. Cuando la introdujo completamente en su boca pude recoger con ambas manos sus senos y no dudé en jugar con ellos y estudiar su redondez. Luego alargando la mano traté de llegar por la espalda hasta su coño, pero no pude. Así que fue ella la que alejó una mano de mi polla y se dedicó a frotar la palma de su mano contra su vagina.

En algún instante de aquel momento de placer levantó su rostro de mi entrepierna y se puso de rodillas frente a mí introduciendo su lengua en mi boca y llenándome de besos. Podía saborear mis propios fluidos en su saliva pero todo me dio igual cuando cogió mi mano y la llevó a su caluroso interior para que yo terminara lo que ella había comenzado. Dos de mis dedos se perdieron en su húmedo interior y de forma un poco brusca y nada relajada comencé a meterlos y a sacarlos mientras ella se apretaba fuertemente contra mí y me inundaba el oído con gemidos y quejidos. He de decir que me mordió el lóbulo de la oreja cuando se acercó el momento del orgasmo. Apretada contra mí su corrida cayó sobre mis manos mientras los estertores de su cuerpo se hicieron más pausibles. Yo también había comenzado a jadear de lo caliente que estaba.

- ¿Tienes condones? -me preguntó. Salté raudo de la cama y localicé uno en mi cartera.

Ella me esperaba ansiosa sobre la cama tumbada y abierta a mí. Su mirada me comía con lujuria mientras se mordisqueaba el labio. Sus manos jugueteaban aún con su conejo cuando dirigí mi dura polla hacia su ardiente cueva. Fue ella la que me ayudo a introducirla, no por no saber como hacerlo, sino para asegurarse de que lo hacía despacio debido al grosor.

En cuanto estuve dentro de ella me atrajo hacia si y me clavó las uñas en la espalda. Yo no dudé en comenzar a empujar despacio pero fuertemente, de manera que ella sintiera cada embestida como si fuera la última. Pronto sus manos bajaron hasta mi trasero y marcaron el ritmo que quería entre sus caderas. Ambos nos miramos y recuerdo muy bien que nos reímos, entre jadeos y gemidos, sabedores de que alumno y profesora estábamos follando como animales en aquel cuarto que durante años había servido para impartir clases de inglés.

El ritmo de mis penetraciones se había convertido en una exhalación según lo que Raquel me pedía y conforme a los acordes de sus gemidos. La respiración entrecortada de ambos inundaban el cuarto y pronto ella comenzó a dar pequeños gritos anunciando que se iba a correr de nuevo. Como buen caballero dejé que ella lo hiciera primero y cerrando los ojos así lo hizo. Noté como las paredes de su vagina se estrechaban y apretaban mi verga tratando de exprimirme, a la vez que ella exhalaba un pequeño grito de placer seguido de varios jadeos cuando le llegó el momento de correrse. Su orgasmo fue el punto de partida para el mío y en menos de unos instantes mis testículos bombearon toda la leche posible para tratar de llenar su húmeda raja. Si no hubiera sido por el condón no sé que hubiera pasado.

Exhausto me dejé caer a su lado y ambos nos quedamos mirando hacia el techo. Luego ella sin decir palabra se levantó y se fue hacia el baño. Yo tardé en recuperarme y cuando lo hice fui a la cocina a buscar su ropa para ver si ya estaba seca. Al instante Raquel apareció y mientras yo preparaba algo de beber ella se visitó allí mismo, en la cocina.

- Menudo sofocón con tanto ejercicio. - Fue lo primero que se me ocurrió. Ella asintió y empezó a hablar de otro tema que no tenía nada que ver.

Cuando volvimos a mi cuarto fue para recoger sus cosas y marcharse de casa. Luego volví a verla varias veces más, pero lo de aquella tarde no se repitió. Ni siquiera hablamos de ello, pasó y ya está.

Como siempre espero vuestros comentarios y críticas, aquí o en mi blog.

Album de fotos XXXVIII



















Cruzando el límite



De como acabo liado con la hermana de mi ex-novia.

Han pasado cerca de nueve meses desde el último relato que publiqué en esta página. Durante todo este tiempo han pasado muchas cosas en mi vida personal y profesional, cosas que me han tenido apartado de las teclas y hechos que me han hecho recapacitar y me han dado un nuevo punto de vista con respecto a cómo nos dejamos llevar en esto que llamamos vida.

Para regresar a las letras he decidido contaros una historia íntima y personal como ninguna otra. He discutido con algunas lectoras el sí hacerlo o no, y al final he visto que era la mejor opción así que espero que os guste. Como siempre he cambiado nombres y otros datos para que nadie se vea afectado por mis revelaciones. Esta historia real solo es conocida por las partes implicadas y por mi mejor amiga, y espero que siga así por mucho tiempo.

En uno de mis anteriores relatos, Dolor y Placer, nombré de pasada a una persona que ha significado mucho para mí y sobre la que versa esta historia: Lucía.

El día que la conocí algo se revolvió en mi interior. Allí estaba ella tan frágil, tan dulce, tan compungida, esperando a que alguien la ayudara, con una mirada de esas que pide a gritos que la dejen ser libre. Por aquel entonces contaba diecisiete años, siete menos que yo, y a la sazón era la hermana pequeña de mi novia.

Lucía era delgada, extremadamente delgada, no muy alta y con un cuerpo aún por desarrollar. Su pelo de color castaño caía siempre lacio y suelto, enmarcando su dulce rostro. Sus manos eran finas, sus pechos casi inexistentes y sus labios un primor. Con sus grandes ojos marrones escrutaba todo lo que a ella se acercaba, pero su espíritu inquieto no terminaba de despegar, era una persona con baja autoestima, y ello hacía que fuera retraída y poco habladora. Vestía como suelen hacerlo las chicas de su edad, tops muy ajustados o casi inexistentes, pantalones estrechos de talle bajo que dejaban su tanga o braguita de marca siempre a la vista, y por supuesto miles de adornos como pulseras, piercings y tachuelas. Un pequeño tatuaje de un hada en su hombro decoraba su espalda, la cual dejaba casi siempre a la vista del respetable.

Mi relación con Lucía fue como la de un hermano mayor. Mientras salía con su hermana fui su confidente, su mejor amigo, su apoyo emocional en muchos casos, de tal manera que cuando cumplió los dieciocho años fui su padrino de confirmación convirtiéndose así en mi ahijada. Yo ya lo había dejado con su hermana hacía un par de meses pero la relación con ella o su familia no se vio afectado en absoluto. Pero he aquí que a partir de ese día las cosas comenzaron a torcerse poco a poco.

Lucía consideró que como ya era mayor de edad podía empezar a tener su propia vida. Dejó los estudios y se puso a trabajar en una peluquería. Comenzó a rodearse de malas influencias que hicieron que saliera cada noche y no volviera hasta altas horas de la noche. Pronto su mundo se vio rodeado de drogas e incluso problemas con la policía.

Sus padres eran unas personas muy acomodadas económicamente y de carácter muy amable, pero demasiado mayores de edad para lidiar con una niña tan joven y tan rebelde. El único que podía seguir su ritmo era yo y por ello me nombraron legalmente tutor de Lucía sin que ellos perdieran la patria potestad. Era una gran responsabilidad pero la acepté de buen grado.

Mi misión pasó a ser la sombra de Lucía, intentar llevarla por el buen camino, apartarla del mundo de las drogas e intentar que sus locuras se fueran apaciguando poco a poco. Su carácter se había desbordado, y eso agriaba la relación con sus padres. Lucía era a veces una niña colérica, de fuertes convicciones que no tenían fundamento alguno, una chica que vivía al límite y que no pensaba en las consecuencias.

Si Lucía quería salir de casa debía de hacerlo acompañada por mí o sus padres, algunas veces le permitíamos ir a tomar algo o ir a cenar o al cine, pero siempre bien custodiada; así estuvimos cerca de año y medio. Cuando faltaba poco para que cumpliera veinte años se podía decir que Lucía rozaba ya el llevar una vida normal como cualquier otra persona.

Por aquel entonces yo ya había empezado a vivir en Sevilla y a veces Lucía se venía los fines de semana para estar alejada de sus padres y así poder ir recuperando poco a poco su libertad. Salíamos a cenar, charlábamos, tomábamos alguna que otra copa, y luego nos quedábamos en casa viendo alguna peli hasta que nos dormíamos uno junto al otro. Entre Lucía y yo no había secretos, teníamos confianza absoluta y nuestras muestras de cariño podrían hacernos pasar por pareja en algunos círculos.

¿Qué paso entonces para que ocurriera lo que os trato de relatar?

Como quizás ya os he contado alguna que otra vez mi casa de Sevilla era un loft de dos plantas, una estancia diáfana con pocos muebles. Desde la planta superior, que era donde estaba mi cama/dormitorio, podía ver a través de los barrotes de la escalera la planta baja. Allí en un gran sofá-cama era donde los invitados, y en este caso Lucía, dormían. Una mañana me desperté con el ruido del termo del agua caliente de la ducha, Lucía debía haberse despertado antes que yo y se estaba duchando. Perezoso de mí no me levanté de la cama y me quedé mirando al techo tratando de poner en claro mis ideas para ese día. Momentos después Lucía salió del cuarto de baño tratando de no hacer ruido, supongo que porque creía que yo seguía durmiendo. Una gran toalla blanca tapaba su desnudez mientras andaba descalza en pos de su ropa que estaba extendida sobre la cama. Con algo de habilidad y mucha agilidad deslizó un tanga rosa por debajo de la toalla y se lo colocó magistralmente. Luego de espaldas a mí dejó caer la toalla y se colocó un sujetador blanco de encaje. La visión de su hermoso trasero y de su desnuda espalda me sobresaltó. Su piel blanca se me hizo apetecible como ninguna otra vez. Todas las veces que le había dado un masaje o que le había puesto crema para el sol no me había dado cuenta de lo tersa y atrayente que era, ni lo bien torneadas que tenía las piernas. ¿Pero qué coño estaba haciendo? ¿Estaba espiando a mi propia ahijada? ¿A la hermana de mi exnovia? No podía ser. Mientras Lucía terminaba de subirse los pantalones y ponerse una ajustada camiseta mi mente hizo un temible descubrimiento: Lucía ya no era una niña, era toda una mujer hecha y derecha; y a juzgar por la gran erección que tenía era chica muy atractiva y deseable.

Los primeros momentos me llevaron a una gran confusión y Lucía se dio cuenta de ello ya que durante todo el día me preguntó extrañada que qué me pasaba, que me veía preocupado. No quise darle más importancia al asunto y traté de olvidarlo pero me descubrí varias veces divisando como su ropa interior asomaba por encima de su pantalón o cómo trataba de imaginarme como eran esos preciosos pechos que marcaba unos pequeños pezones en su camiseta. Incluso cuando ella se fue y ya no estaba en la casa notaba su fragancia y no podía quitarme de la cabeza aquella magnífica visión. Durante toda una semana estuve comiéndome la cabeza, hasta que aquel momento sublime llenó incluso mis fantasías masturbatorias y el cuerpo y la cara de Lucía inundaban mi mente cuando trataba de apaciguar mis impulsos sexuales.

Mi respuesta fue contundente. Traté de alejarme de ella todo lo posible. Durante un par de meses quedaba menos con ella pero no podía alejarme de lo que era una realidad: Lucía me gustaba, me atraía sexualmente y la quería, la necesitaba. Aunque físicamente no se parecía en nada a su hermana, por ella sentía la misma atracción que por cualquier otra mujer.

Para poner un poco de calma en la situación puse en conocimiento de mi mejor amiga lo que había pasado, pero cuál fue su reacción que quedé peor que estaba hasta ese momento.

- Mira Alex, no me extraña nada lo que me cuentas. Tú no te das cuenta pero a ojos de otras personas parece como si ya estuvierais saliendo. – me dijo ella.

- Pero es la hermana de mi ex y mi ahijada ¿cómo quieres que me sienta? – le pregunté.

- ¿Cómo te sientes cuando estas con ella? A gusto ¿verdad? Pues entonces no hay nada más que decir, si te gusta vea por ella. Los demás te han de dar igual, incluida su hermana. – me aconsejó.

- Creo que lo mejor que puedo hacer es estarme quietecito. Tengo mucho más donde elegir y así me ahorraré problemas con ella y con su familia. – sentencié.

Hubo una cosa de lo que mi amiga me había dicho que siguió resonando en mi mente: "Ya parecía que saliéramos". Y era verdad. No me había dado cuenta hasta ese momento pero había muchas cosas que Lucía y yo hacíamos que los amigos "normales" no hacían habitualmente. Solíamos ir a cenar los dos solos como si fuéramos amantes, en el cine me cogía del brazo y se acurrucaba contra mí cuando veíamos una película de terror, me llenaba de besos y caricias todo el tiempo, cuando nos saludábamos o nos despedíamos siempre lo hacíamos con un breve beso en los labios, y largo etcétera que incluía charlas sobre sexo, confesiones íntimas y demás lindezas. Las repasé todas mentalmente y ello hizo que surgiera una nueva pregunta ¿Lucía veía aquellos actos como una muestra de pura amistad o eran claras señales inequívocas de que ella hacía tiempo que había dado un primer paso y yo no me había dado cuenta? ¡Menudo lío! Debía descubrir que pensaba ella y también si yo sería capaz de derrumbar mis prejuicios morales y sociales e intentaría algo más con ella.

El verano de aquel año se acercaba peligrosamente y las cosas se aceleraron como si hubiera una mano negra detrás. El día de su cumpleaños sus padres permitieron que celebrara una fiesta en el jardín y la piscina de su casa con algunos amigos, siempre bajo mi estrecha supervisión. He de decir que mi relación con su hermana había empeorado y ya no nos hablábamos, había intentado recuperarla y la cosa no funcionó, gracias a Dios se había ido a vivir a otra ciudad y no me la encontraría en su casa nunca más. Los padres de Lucía decidieron irse a cenar fuera, habían decidido no aparecer en toda la noche por la fiesta. Al final, como os podéis imaginar, fue una celebración donde el alcohol corrió a mansalva y donde algunos porros cambiaban de manos rápidamente. Cerca de las cinco de la mañana dimos por concluido el cumpleaños y ayudé a Lucía a recoger un poco. Luego nos tumbamos cansados en el sofá del salón a descansar un poco mientras veíamos algunos vídeos musicales en la tele de pago sabiendo que sus padres dormían en la planta de arriba.

Lucía se tumbó a lo largo del sofá y puso su cabeza sobre mis rodillas, faltó poco tiempo para que se quedara dormida debido a lo mucho que había bebido y fumado. Instantes después se despertó sobresaltada y confusa, tranquilamente mientras le acariciaba el rostro le dije:

- Deberías irte a la cama a dormir cariño.

- Paso, - me contestó – prefiero echarme un rato aquí y luego cuando se me pasé el subidón de la fiesta ya me iré.

- Cómo quieras. – le respondí.

- ¿No te molesta verdad? – me preguntó.

- En absoluto. – bajando mi cabeza la besé en la frente – Buenas noches cielo.

Lucía me miró profundamente a los ojos, o eso me pareció, su boca entreabierta me pedía ser besada, podía ver la punta de su lengua, ¡tan cerca y tan lejos!

- Buenas noches. – y diciendo esto se dio media vuelta sobre si misma y comenzó a dormir.

No sé cuanto tiempo pasó pero yo también me dormí sin darme cuenta.

El movimiento de Lucía sobre mis piernas me despertó y me puso en situación. Seguía dormida cuan larga era sobre el sofá, con el cuerpo extendido boca arriba y soñando plácidamente acunada por los vapores etílicos de la fiesta. Un mal pensamiento cruzó mi mente como un rayo, una necesidad acuciante de averiguar que me pasaba con aquella chica. Girando la cabeza podía ver su escote siempre ajeno a mis pensamientos. Con pausado tiento acerqué mi mano a su top y con dos dedos levanté despacio la tela del mismo. Como ya he dicho Lucía tenía poco pecho y en tal posición no me hizo falta más para poder entrever un oscuro pezón que se escondía temeroso en los pliegues de su sujetador. Al instante una gran erección llenó con un bulto la entrepierna de mi pantalón. Ansiaba tocar aquel pequeño tesoro pero tenía miedo de que Lucía se despertara y tuviera que darle explicaciones por lo que estaba haciendo, a ella y a sus padres. Pero estaba muy bebida y no creo que se diera cuenta. El caso es que con mucho tiento introduje mi mano lentamente bajo su ropa y con dulzura rocé la punta de su pezón con la yema de uno de mis dedos; al instante se pudo duro y retiré mi mano temeroso de que se despertara.

Dejé pasar unos instantes antes de volver a la carga, pero esta vez mi objetivo era otro bien distinto. De igual manera, despacio y con dos dedos, levanté lo poco que pude las braguitas que se dejaban ver bajo su pantalón. Una voluminosa mata de pelo castaño me saludó desde los más íntimos rincones de su anatomía y esta vez sí tuve verdadero miedo de que se despertara. Raudo alejé mis manos temerosas de su cuerpo. El ver su dulce coñito e incluso el olor que subió a mis fosas nasales mareó mis pensamientos y consiguió que mis pantalones se resistieran por no explotar. Quería tomarla allí mismo y en ese preciso instante. Confundido la desperté:

- Lucía vete a la cama. – le dije nervioso – Me estoy quedando frito y yo también necesito irme a dormir a casa.

- Valeeee... – me dijo con voz de zombie. Se levantó pesadamente del sofá, me estampó un beso en los labios y me dio las buenas noches alejándose de mí.

Tardé unos instantes más en serenarme y largarme a mi casa donde tuve que consolarme con una gran sesión masturbatoria. La visión de su conejito me acompañó hasta que mi leche inundó mi mano siendo mi respiración entrecortada la banda sonora de aquella íntima película que había visionado.

El siguiente acto de este relato ocurrió un mes después, el día que inauguramos la temporada de baño en su piscina. Creo que hasta el final de esta historia todo lo siguiente que pasó tuvo algo que ver con este espacio físico. No sé si era porque ofrecía un rincón de intimidad alejado de la mirada de sus padres o porque el simple hecho de tener a Lucía tan cerca de mí y con tan poca ropa me volvía loco, la piscina fue nuestro pequeño refugio de ahí en adelante. Casi todas las tardes hasta que finalizó el verano yo acudía a casa de Lucía y juntos tomábamos el sol, a veces solos otras acompañados, o jugábamos en el agua de la piscina.

Aquel día en cuestión Lucía vino a mí con un diminuto bikini de color azul que hizo que mi corazón bombease sangre como un loco. Como en años anteriores nos bañamos y pronto comenzamos a tratar de ahogarnos mutuamente. Lógicamente yo era físicamente más fuerte que ella y no tenía problema para zambullirla bajo el agua. Para que ella consiguiera el mismo efecto debía hacerme cosquillas y entonces poder hundir mi cabeza bajo el agua. Tocar su cuerpo despertó mi herramienta que enseguida se puso dura como un estandarte. El roce de sus piernas cuando se debatía junto a mí y la pelea con sus manos para que no consiguiera cogerla me puso a mil. Descubrí que la mejor manera de apresarla era poniéndome detrás de ella y mientras que con un brazo le sujetaba las manos, con el otro le retenía los brazos cruzándolo por delante de su pecho. Así tenía a Lucía totalmente pegada a mi cuerpo, piel contra piel, y mi brazo rozaba sus delicados pechos continuamente. No os voy a mentir, ella tuvo que notar la erección de mi polla al igual que yo vi como sus pezones se ponían duros y se marcaban fijamente en su bikini. Solo cuando ella me dijo que no podía más dejamos de aquel juego lógicamente ambos muy acalorados. Lógicamente no sería la primera vez ni la última que se repitió este hecho.

Lucía se tumbó en una hamaca y cerrando lo ojos me pidió que le diera crema en la espalda. Yo aun trataba de apaciguar mi dura verga pero no había manera de bajara ni con el agua fría de la ducha. Confié en que al estar tumbada y con los ojos cerrados Lucía no se diera cuenta, así que me coloqué a horcajadas sobre su espalda y me dediqué a masajearle la espalda con la crema para el sol. Tocar de nuevo su espalda me hizo temblar y cuando ella se deshizo de la parte superior del bikini casi me vuelvo loco. Mi polla volvió a ponerse como una barra de acero y traté de no apoyarme demasiado para que no se diera cuenta. Mis manos recorrieron su anatomía y sabiamente siempre que pasaba por la zona de su costado donde se suponían que se encontraban sus pechos trataba de acercarme todo lo posible a ellos. Pero cuando me pidió que también le diera crema por las piernas tuve que encajar mi polla entre sus muslos y dar vía libre a mis instintos mientras rozaba la redondez de su lindo trasero y la calidez de sus piernas. No duré mucho más. Le día un casto beso en la espalda y de un salto me acurruqué en otra hamaca y tratantando de ocultar lo que me pasaba.

- Sigue por favor... – me suplicó.

- Estoy cansado, tanto juego en el agua me agota. – mentí.

Lucía no era tonta y estaba seguro de que sabía lo que pasaba. O a ella también le gustaba jugar o había algo más que descubrir.

Las tardes que siguieron a esa se llenaron de conversaciones sabiamente dirigidas por mí que siempre acababan en el mismo tema: el sexo. Charlamos y charlamos sobre ello. Lucía me preguntaba por mis conquistas y trataba de que yo le contara mis experiencias con las mujeres. Además me pedía consejos para agradar a los chicos en la cama y resolvía dudas sobre el sexo que sus padres nunca solventarían. Yo por mi parte oía como me relataba sus comienzos en el sexo, como había perdido la virginidad con un chaval de poca monta sobre unos cartones en mitad del campo, y como se masturbaba como una loca a veces acompañada por su vecina mientras veían las pelis porno del canal X del cable. No hay que decir que todas aquellas conversaciones nos ponían a ambos como motos y nos hacía subir la temperatura y los colores.

Una noche traté de dar un paso más y llevar a la práctica lo que me había contado en las confesiones de la piscina. Sus padres como siempre dormían en la planta superior y nosotros veíamos una película en la tele. Cuando acabó ya era muy tarde he hice zapping para ver si echaban algo decente en otro canal y como quien no quiere la cosa la pantalla de televisor se llenó la imagen de una rubia tetona que le hacía una magnífica mamada a un tío cualquiera. Lucía me pidió desde el otro sillón que por favor la quitara antes de que sus padres nos pillaran. Yo no le hice caso y simplemente le quité el volumen. Pronto comenzamos a hablar sobre lo malas actrices que eran las tías y la cara de tontos que ponían los actores cuando se corrían. Como hipnotizados continuamos viendo la peli en silencio sabiendo que nuestra excitación crecía poco a poco.

- Oye por mi no te cortes. – le espeté.

- ¿Cortarme? – preguntó extrañada - ¿Por qué lo dices?

- Por si te quieres "tocar". – le contesté risueño – Por mi que no sea.

- ¡Anda ya! – contestó.

- Te lo digo en serio. – la piqué – Sabes que hay confianza.

- Lo mismo te digo. – me vaciló.

En estos casos es mejor dar el primer paso uno mismo para llevar la voz cantante. Sin dudarlo introduje mi mano por mi pantalón y comencé a acariciar mi dura extremidad. Lucía me miraba con la boca abierta mitad sorprendida mitad inquieta.

- Pero por favor no me mires que me corto... – me dijo mientras ella también introdujo su mano por debajo de sus braguitas.

- Como si yo no existiera. – le contesté.

Y así cada uno en un sillón comenzamos a masturbarnos en silencio. Lógicamente yo jugaba con ventaja y desde mi posición podía ver lo que hacía Lucía a través de un pequeño espejo que había sobre la chimenea. Recostada, con los ojos cerrados, una de sus manos estrujaba sus pequeños pechos sobre la ropa y jugaba a pellizcar sus pezones marcándolos duros en su top. Mientras su otra mano se movía inquieta bajo su pantalón deleitándose con sus tocamientos. Yo llegué incluso a parar en seco al ver tan grandioso espectáculo y me reconforté con la visión de Lucía masturbándose tan cerca de mí. Tardó mucho menos de lo que esperaba en comenzar a entrecortarse su respiración y a jadear, yo para disimular continúe mi paja como si nada. Sus caderas se movían inquietas y su rostro se contorsionó lánguidamente cuando un pequeño orgasmo se escapó de entre la comisura de sus labios e hizo que su cuerpo se estremeciera. Sin apenas mirarme cogió una servilleta de la mesa y se limpió la mano, luego en silencio miraba hacia otra parte disimulando. No quise alargar la incomoda situación y di por finalizada mi sesión de amor propio.

- ¿No te corres? – me preguntó Lucía a bocajarro.

- No estoy inspirado. – le mentí – Necesito otra clase de estímulo.

- Cambia ya la tele, antes de que nos pillen. – me apremió.

Mi corazón era como un tren desbocado. Mi polla estaba a punto de reventar pero yo le había mentido tratando de ir más allá, y ella había cortado la conversación por lo sano. La jugada me había salido mal ¿o quizás es que ella no quería jugar y todo seguían siendo imaginaciones mías? Sudoroso traté de tranquilizarme y dejar pasar el tiempo. El recuerdo de aquella chica masturbándose tan cerca de mí llenaría mi mente todas las veces que hiciera falta en mis momentos de soledad de ahora en adelante.

Un par de semanas después Lucía nos sorprendió a todos con un nuevo cambio de look, se había teñido el pelo de rubio sin consultarlo a nadie. Cuando aquella tarde fui a verla solo pude sonreír cuando me saludó y me estampó un beso en los labios.

- ¿Te gusta? – me preguntó pidiendo mi aprobación con su tono.

- No sé, estás rara. Deja que me acostumbre y ya te diré. – le contesté.

Más tarde en la piscina me deleitó con un nuevo bikini blanco de encaje que me puso a mil y que despertó mis instintos más básicos. Como siempre hubo sesión de magreo con los juegos acuáticos y al final ambos tuvimos que alejarnos para descansar y, al menos yo, relajarme. Lucía se subió al bordillo de la piscina y se quedó con las piernas metidas en el agua, mientras yo seguía dentro de la piscina tratando de calmar la enorme erección que tenía.

- ¿Cómo se te ha ocurrido algo así? – le pregunté mirando su nuevo color de pelo.

- Tenía ganas desde hace tiempo. – me respondió.

- Pues ya sabes, rubia de bote... ¡chocho morenote! – reí.

- En mi caso ¡no! - me cortó.

- ¿Cómo?

- Después de darme el colorante en el pelo me sobraba algo así que aproveché y me teñí de rubia entera. – Lucía relataba aquello como si fuera lo más normal del mundo.

- ¿Entera? – le espeté – No me lo creo.

- Sí, lo hice con mi vecina Irene. – continuó – Ella también se ha teñido el pelo de otro color y me ayudó con lo mío.

- ¡Venga ya! No me lo creo. – la verdad es que la creía capaz pero aquella conversación me estaba resultando super erótica y no quería perder el hilo.

- Te lo prometo.

- Si no lo veo no me lo creo. – sentencié.

- Me da palo... – contestó sonrojada.

- ¿El qué? – dije pinchándola una vez más. Lucía se miró la entrepierna y luego a mí. – Vamos, no me hagas reír, que hay confianza.

Ni corta ni perezosa Lucía apartó con su mano derecha la tela que cubría su oculto conejito y me dio una rápida visión del pelamen rubicundo. Además de teñirlo se había recortado el cabello y se había depilado las ingles dejando un magnífico triángulo casi perfecto sobre su monte de Venus. Rápidamente volvió a taparse y me miró aturdida.

- Pues sí, no te ha quedado nada mal. – dije sonriendo para aliviar la tensión del momento. - ¿y cuánto te durará?

Lucía se había quedado entrecortada pero enseguida se recompuso y continuó con la conversación como si nada. Antes de ir a las tumbonas quise quitarle hierro al asunto y le pregunté bromeando:

- Oye, si te sientes en inferioridad me bajo el bañador para que me veas tú también el badajo.

- No hace falta. – contestó.

Si su respuesta hubiera sido afirmativa y lo hubiera hecho habría visto mi polla en su máximo esplendor debido a la completa excitación que recorría mi cuerpo en aquellos momentos.

Por aquel entonces mi mente seguía discurriendo si Lucía sentía algo más por mí o si simplemente eran imaginaciones mías. Aun con la diferencia de edad si ella y yo nos liábamos estaba seguro que sus padres darían el visto bueno por todo lo que había hecho por ella, pero me gustaría saber lo que opinaría mi ex cuando se enterara de que me había liado con su hermana pequeña.

El punto de inflexión de toda esta historia lo marcó un simple trozo de metal de no más de medio centímetro de largo. Lucía nos volvió a sorprender a todos al final de verano con una nueva adquisición: un piercing en la lengua. Cómo no sus padres pusieron el grito en el cielo pero con sus veinte añitos recién cumplidos no podían hacer gran cosa. En cuanto lo vi lo primero que le dije bromeando es que si se lo había puesto para mejorar sus felaciones, y luego no le di más importancia.

Unos días después tras estar tirados en el sofá toda la noche viendo la tela, y justo cuando me despedía para irme a dormir a mi casa, la miré fijamete y le pregunté con tono de ruego:

- Un día de estos me tendrás que dejar probar que se siente cuando te besan con eso en la lengua. – Estaba mintiendo como un bellaco, ya que no era la primera chica que besaba con un piercing en la boca.

Lucía sonrió y cuando me dio el beso de despedida como siempre entreabrió su boca e introdujo su lengua. Mitad sorprendido mitad deseoso no dudé en entrelazar mi lengua con la suya e intercambiar brevemente nuestras salivas. Noté como la temperatura subía en mi cuerpo por momentos y justo cuando acababa de cerrar los ojos para seguir disfrutando del momento ella se separó de mí y me preguntó que qué me había parecido.

- Breve. – respondí y con una sonrisa continué – Quizás con un poco más de tiempo...

- Anda vete a casa, no seas golfo. – me empujó para que me marchara.

Aquella noche mientras me masturbaba recordando el momento vi que aquel acto por su parte había abierto la puerta hacia algo más así que decidí ir a por todas.

Tardamos unos días en volver a vernos. Una noche sus padres montaron una cena en la piscina y cuando ellos se retiraron para dormir Lucía y yo decidimos darnos un chapuzón en la piscina iluminada. Era un baño relajante después de la comida y por mucho que yo tratara de acercarme para tocar la desnuda piel que dejaba su bikini Lucía no estaba para juegos. Recostada sobre una pared de la piscina me miraba inquieta.

- ¿En qué piensas? – la interrogué.

- En nada en concreto. – su voz delataba que estaba mintiendo.

- Oye, el otro día me dejaste a medias. – decidí ir a por todas.

- ¿Cómo a medias? – me miró inquisitiva.

- Con lo del beso... – le dije. Un angustioso silencio se hizo de repente.

- Si quieres el resto tendrás que acercarte. – me respondió al rato.

- ¿Estás segura? – mi tono suplicante trataba de averiguar de si había pensado en lo que iba pasar a continuación.

- Tú prueba...

Lentamente me fui acercando a ella, puse mis manos a cada lado de su cuerpo y acerqué mi rostro al suyo. Pronto nuestros labios se cruzaron y comenzamos a besarnos apasionadamente desatando toda la carga sexual que llevábamos en nuestro interior desde hace mucho tiempo. Nuestras lenguas recorrían todo los rincones de nuestras bocas y nuestros fluidos se entremezclaban vertiginosamente. El piercing golpeaba contra mi paladar y mis dientes aumentando la excitación que ya de por sí me poseía.

Totalmente echado sobre ella comencé a restregar mi cuerpo contra el suyo para que pudiera sentir la enorme erección de la que era presa mi verga. Lucía no dudo en bajar su mano y comenzar a tocarla sobre el bañador para mi gozo y disfrute. Yo a su vez me abalancé sobre sus diminutos pechos y los agarré con fuerza. Mis manos los tocaban, jugaban con ellos y de vez en cuando los apretaban. Mis dedos buscaron raudos sus pezones y comenzaron a hacer círculos sobre ellos, acariciando su punta y moviéndolos de un lado a otro. Éstos enseguida respondieron a mis caricias poniéndose duros como piedras momento en el cual los liberé sacándolos de la parte superior del bikini.

Traté de bajar mi cabeza para lamer ansioso aquellos dulces manjares cuando Lucía me detuvo separándose de mí.

- Espera, voy a apagar las luces, no quiero que mis padres nos pillen.

Salió del agua y corrió hacia los interruptores de la luz. Los apagó todos, no solo los de la piscina sino también los del jardín, dejándonos en la más absoluta oscuridad. El agua volvió a sonar cuando se introdujo de nuevo en la piscina y me buscó para volver a pegarse a mí.

Esta vez mis manos se apresuraron a buscar su apretado culito al cual dediqué unos tiernos apretones y caricias. Empujándola de nuevo contra una pared de la piscina comencé a besarle el cuello mientras una de mis manos seguía acariciando su pecho. Cuando mi boja bajó hasta uno de sus pezones para tomar el relevo de mis dedos, estos se dirigieron raudos hacia su entrepierna. Con mucho cuidado rocé la tela que tapaba su coñito y marqué con el dedo la sonrisa vertical de su vagina. Los gemidos excitados de Lucía en mi oído me indicaron que podía continuar. Con delicadeza introduje mi mano por debajo del bikini y jugueteé con su vello púbico un rato, luego seguí bajando y enseguida noté el calor que desprendía su almejita sobre el sentir frío del agua que nos rodeaba. Dulcemente recorrí sus labios superiores, inferiores y por supuesto la entrada a su vagina. Luego me regodeé en su pequeño clítoris y con lenta parsimonia lo fui masajeando en círculos. Lucía me cogió del cuello y me regaló al oído una sinfonía de jadeos y estremecimientos propios de una virgen. Cuando finalmente se corrió me agarró tan fuerte del pelo que no dudo en que me arrancó algunos cabellos. El orgasmo dejó temblando todo su cuerpo y tardó un tiempo en recomponerse.

- ¿Quieres continuar? – le pregunté. Ella asintió de forma afirmativa.

Juntos, a la vez, nos deshicimos de nuestros bañadores y los arrojamos fuera de la piscina. Lucía seguía apoyada contra la pared y sus manos recorrían toda mi polla buscando mi máxima excitación. Con mucho cuidado la introduje en su estrecha cavidad y rodeándome con sus piernas comenzamos a movernos conjuntamente disfrutando cada momento. Mis manos la sujetaban por la cintura mientras la movía arriba y abajo. Lucía se apretaba los labios resistiéndose a gritar en cada embestida, algo que les estaba costando horrores por la cara que ponía.

Mi mente no dejaba de pensar en que en ese preciso instante me estaba tirando a mi ahijada, la hermana pequeña de mi ex, en su piscina, y que sus padres nos podrían pillar en cualquier momento.

Lucía comenzó a jadear cansada y ello hizo que apretara más fuerte y que mis embestidas fueran más cortas y profundas. Ella me acompañó y enseguida dejó escapar un nuevo orgasmo que la dejó exhausta.

- Ahora tú. – me dijo jadeante.

Se colocó de espaldas a mí, puso las manos sobre el bordillo y abrió bien las piernas para que la poseyera por detrás. Sin dudarlo un momento y con la ayuda de mi mano introduje de nuevo mi dura herramienta en su ardiente coñito. Poniendo mis manos sobre su culito respingón comencé a bombear como un loco tratando a veces de alcanzar sus pechos con mis manos. Estuvimos así un rato hasta que de repente paró por completo.

- ¡Espera! Parece que he oído algo. – dijo temerosa.

Estuvimos unos instantes parados tratando de escuchar algo pero nada se oía. Mi polla pulsaba gruesa en su interior, mi corazón latía con fuerza y mi cabeza solo decía que ya todo daba igual.

- Salgámonos del agua. – me dijo mientras se salía de mí.

Lucía corrió hacia una tumbona mirando de un lado a otro y espero mirando de un lado a otro a que yo me pusiera a su altura. Aproveché aquel momento para colocarme un condón y luego me estiré desnudo sobre la tumbona. Ella, sin quitar un ojo de la casa, se sentó a horcajadas sobre mí y se introdujo mi polla en su acalorada entrepierna.

Lucía marcó el ritmo. Mientras mis manos jugueteaban con sus pezones sus fluidos chorreantes inundaban mi pelvis. Mi dulce ahijada cabalgaba sobre mi cual amazona libre. Apoyando sus manos en mis hombros disfrutaba mojada de este momento de perversión y lujuria. Pronto mis manos se situaron en su trasero y ella se tumbó sobre mi pecho. Sus gemidos se hicieron más sonoros y ya no le importó el que la pudieran escuchar. Estaba como poseída y un ahogado grito me indicó que había vuelto a correrse. De nuevo su delgado cuerpo tenía estertores por culpa de este nuevo orgasmo. Abrazándola fuerte contra mí aumenté mis empujones y traté de clavarle mi polla en lo más hondo de su ser. Cuando mi leche salió disparada tratando de inundar su interior tuve que morderle el hombro para no gritar. Tardé tiempo en salirme de ella ya que nos quedamos un rato abrazados, ella tumbada sobre mí, suspirando y cada uno perdido en sus pensamientos.

- ¿Sabes? – me confesó Lucía. – Una noche os pillé a ti y a mi hermana follando en la piscina...

- ¿Y tú que hacía espiándonos? – le pregunté.

Masturbarme como una loca, jajajaja. – me respondió tan natural – Desde entonces tenía ganas de hacer esto.

- ¿De verdad? – la miré extrañado.

- Sí. – dijo sin mirarme mientras me abrazaba más fuerte.

Al día siguiente mi cabeza no paraba de dar vueltas sobre lo que había pasado la noche anterior. ¿Qué debía hacer? ¿Liarme con ella? ¿Dejar las cosas como estaban? ¿Llevar una relación oculta por un tiempo? Fuera lo que fuera necesitaba hablarlo con ella.

- ¿Y ahora qué? – fue lo primero que le pregunté a Lucía cuando fui a recogerla al día siguiente para ir a cenar.

- No sé... – por su cara también había estando dándole vueltas al asunto,

- Lo que no quiero es que me pase lo mismo que con tu hermana. – le contesté con toda la franqueza del mundo – Primero la perdí como novia y ahora la he perdido como amiga, y no quiero que me ocurra lo mismo contigo.

- Yo pienso lo mismo.

- Te quiero y te aprecio muchísimo, - continué – y no quiero perderte. Y menos por algo como lo de ayer.

- Tienes razón. – suspiró aliviada.

- Ambos queríamos que lo de ayer pasara pero no estoy seguro de querer ir más allá.

- Yo también.

- Mejor dejar entonces las cosas como están ¿no? – puntualicé – Y guardar lo de ayer como un grato recuerdo.

- Sí. – me dijo y me soltó un beso en los labios sonriendo.

- Pero podemos repetir cuando quieras ¿eh? – bromeé para aliviar la tensión.

- Mejor que no. –dijo riendo.

En aquel momento Lucía y yo habíamos sentenciado cualquier otro disparate que pudiéramos hacer, ya que sabíamos que si nos volvíamos a liar la cosa no quedaría ahí.

Mi relación con Lucía no se vio afectada en absoluto, continuamos como si nada hubiera pasado. Incluso cuando venía mi casa a Sevilla a pasar algún fin de semana me hacía darme la vuelta cuando se cambiaba de ropa. Un par de meses después cambié de ciudad para vivir y me alejé 800 kilómetros de ella. Lucía no tardó en encontrar un chico nuevo con el que salir y en menos de dos años se casó con él. Hoy en día seguimos llamándonos y nos vemos siempre que podemos.

Como siempre espero vuestros comentarios por mail o por el MSN.

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