Ebrio de amor


De como le hago el amor a mi ex-novia cuando ella esta durmiendo borracha.

Durante toda mi vida solo he tenido dos relaciones formales y cada cual terminó peor que la otra. Este fin de semana se dieron unas circunstancias que me han hecho recordar un episodio de aquellos lejanos tiempos. No me gusta hablar sobre estas personas por lo que significaron en mi vida, pero esta historia merecía ser contada.

Tratar de recordar como era Raquel me hace adentrarme en una época genial a la vez que oscura de mi vida. Durante una temporada estuve dando tumbos hasta que todo llegó a normalizarse correctamente y pude seguir adelante. Ella, Raquel, era una vieja amiga de la infancia con la que tuve breves escarceos y que al cabo de los años, sin saber nada el uno del otro, volvimos a encontrarnos en la universidad.

Durante un año tratamos de recuperar nuestra antigua amistad y al final acabamos perdidamente enamorados el uno del otro. Aunque al final todo se torció y perdimos incluso las buenas maneras y la amistad, el período que estuvimos juntos fue de los mejores de mi vida.

Raquel era una chica rubia, de pelo corto, con unos grandes ojos azules. Bastante alta, su cuerpo no seguía el canon de mujer esquelética que imperaba por moda. Era una mujer con curvas, como Dios manda, con caderas amplias y busto generoso. Solía vestir con cierto estilo hippie, algo que no concordaba con su fuerte carácter y su rostro casi siempre serio. A solas cambia completamente de personalidad: abierta, sonriente, sincera y por supuesto cariñosa.

Aunque estudiaba yo seguía manteniendo ciertos contactos con el mundo de la noche y a veces trabajaba como portero de algún pub o en la barra de alguna discoteca. Estos pequeños trabajos de fin de semana, reminiscencias de un pasado fiestero, me permitían pagarme los estudios y mis continuos viajes fuera de mi ciudad. Además mis amigos se aprovechaban de ello con copas gratis y entrada libre a los mejores locales de la ciudad. Raquel no era muy partidaria de salir hasta altas horas de la madrugada como hacía yo casi a diario y lo que es mejor, casi no bebía alcohol, por lo que muchas noches era ella la que conducía de vuelta a su casa o a la mía.

Una noche tenía que cerrar el local en el que trabajaba. Era un viernes y tampoco se esperaba una gran afluencia, pero aun así hasta las seis de la mañana no conseguimos echar al último cliente de la discoteca. Durante toda la noche Raquel había estado acompañada de mi hermana y de mi cuñado, bebía y bailaba y de vez en cuando se sentaba junto a la barra para hacerme compañía y de paso alejar a las posibles lagartas que trataban de ligar conmigo.

- Hoy te veo muy animada. – le comenté viendo su sonrisa fuera de sitio.

- Me lo estoy pasando muy bien con tu hermana. – me contestó achispada.

- No tendrán nada que ver los Malibús con piña que te he servido ¿verdad? – inquirí.

- ¡Que vaaaa….! - y volvió a desaparecer en pos de la pista de baile.

Desde mi posición en la barra veía como Raquel subida a un escalón bailaba y alejaba a los moscones que a ella se acercaban. Cuando la noche fue avanzando acabo rendida y con los pies doloridos esperando a que mi turno finalizara y así poder irnos a casa. Sentada charlaba animada con mi hermana y cuando pude me acerqué para entrar en la conversación.

- Esta noche prepárate porque te voy a dejar seco. – me soltó tras un fogoso beso justo antes de sentarme a su lado.

- No creo que esta noche estés para muchas fiestas. – le dije tras ver su estado etílico. – Pienso que en cuanto lleguemos a tu casa vas caer rendida.

- Tú no te preocupes por eso, si me quedo dormida hazlo igual y aprovéchate de mi. – comentó entre risas.

A la hora de salir en dirección al hogar Raquel iba sujeta a mí como si fuera un salvavidas y ella estuviera en mitad del océano. Gracias a Dios no le dio por vomitar todo lo que había ingerido esa noche.

Fue mi hermana la que nos llevó a su casa y la que me ayudó a tumbarla sobre la cama. Mientras decía cosas ininteligibles yo me dirigí al cuarto de baño tras acompañar a mi hermana hasta la puerta de salida. Cuando regresé al dormitorio Raquel había conseguido quitarse el top que llevaba y desabrocharse los dos primeros botones del pantalón. Roncando dormía plácidamente sobre la manta solo vestida con su sujetador blanco y los vaqueros marrones que dejaban entrever su ropa interior. Sonriendo me tumbé a su lado y contemplé largamente mientras acariciaba su cara. Yo tampoco andaba muy fino por lo que me costaba no quedarme también dormido.

No sé en que momento se me cruzaron los cables y aquella idea me rondó por la cabeza como si fuera lo más importante de mi vida. Recordé su comentario y maliciosamente me hice a la idea de lo que podía hacer teniéndola allí a mi merced. Además pensé que debía ponerle el pijama para poder introducirla bajo las sábanas y dejarla dormir plácidamente.

Poco a poco mi mano se fue desplazando de su tersa mejilla por su cuello y antes de que me diera cuenta hacía círculos sobre sus senos a la vez que rebuscaba en la copa de su sujetador sus pezones. He de decir que por mucho que los toqué, pellizqué y jugué con ellos no conseguí endurecerlos, entonces me di cuenta de que Raquel estaba totalmente dormida y por mucho que hiciera no iba a despertarse. Ya lanzado y con más soltura deslicé sus jugosas tetas fuera del sujetador y ni corto ni perezoso me dediqué a lamerlos y mordisquearlos. Aunque hacía bastante tiempo que salíamos juntos nunca me habían sabido tan bien. A duras penas conseguía que sus pezones se endurecieran y cuando un gemido, más parecido a un gruñido, me puso en alerta decidí parar por completo y volver a mirarla por si se había despertado. Aunque no me hubiera importado el que lo hiciera, dentro de mí deseaba que no lo hiciera para poder seguir con mis pillerías tranquilo.

Dejando de lado sus apetecibles senos baje mi mano y cuidadosamente fui desabrochando uno a uno el resto de botones de su pantalón. Ahora si podía ver claramente su tanga rosa que se me antojaba más deseable que nunca. Poco a poco introduje mi mano en su entrepierna y sobre la tela de su fina lencería noté la calentura de su rajita. Durante un rato la dejé posada sobre su conejo sin hacer el más leve movimiento. Luego con mi índice recorrí arriba y abajo sus labios como si los rascara. Un leve suspiro de Raquel me indicó que aun dormida quizás sentía lo que le hacía. Entonces fue cuando introduje mi mano por debajo de su tanga. Al igual que antes esperé un rato dejándola posada sobre su suave pelambrera. Luego busqué con disimulo ese pequeño botón de carne que me volvía loco. Solo pude rozarlo un par de veces antes de Raquel con un sonoro jadeo se diera media vuelta y se colocara de lado dándome la espalda. Un buen momento para desabrocharte el sujetador pensé.

Empujándola un poco se acabó de tumbar boca abajo y yo tuve que ponerme de pie para continuar con mi pequeña travesura. Antes de apagar la luz me desnudé por completo y con extrema cautela agarré sus pantalones y los fui bajando poco a poco hasta las rodillas, entonces los cogí por las perneras y se los saqué por los tobillos. Luego hice lo propio con el ínfimo tanga que portaba. Por último me deshice de sus calcetines. De pie, junto a la cama me paré unos instantes contemplándola en su desnudez. Nunca me pareció tan bella, con su lindo trasero y su larga y blanca espalda vueltos hacia mí.

Cogiéndola por los tobillos separé sus piernas haciendo que sus muslos se entreabrieran. Desde la posición que tenía podía entrever la oscuridad de su coño y como los mofletes de su culito me atraían sin remisión. Sentándome a su lado paseé uno de mis dedos por la hendidura de su trasero, subiéndolo y bajándolo, consiguiendo tocar a veces la entrada a su ano. Curioso lo acerqué a la entrada de su almeja para comprobar si había conseguido que se humedeciera, pero mi decepción fue total cuando comprobé que no era así. Tranquilo como si estuviera despierta lamí el dedo y hurgué con él en el interior de su vagina. Lo movía en círculos, lo metía y lo sacaba lentamente. En ningún momento dejé de mirar su cara esperando que en cualquier momento abriera los ojos y me preguntara que qué estaba haciendo. Pero en vez de ello solo oía su respiración fatigosa, como si estuviera soñando. Entonces decidí ir más allá.

Abriendo con ambas manos los cachetes de su culito deje caer un poco de saliva entre ellos mojando por completo su ano y restregando el resto por su chochito. Disimuladamente fui explorando el esfínter de su ano a la vez que seguía perforando su vagina. En menos de un instante tenía un dedo metido en su culo y otro en su coñito, moviéndolos lenta y rítmicamente. Si se despertara en ese momento tendríamos bronca segura ya que no le entusiasmaba el tema anal por aquel entonces, cosa que luego cambió. Ahora si note sus labios inferiores humedecerse y su respiración se volvió mas dificultosa, no se que estaría soñando pero se oían pequeños gemidos escapando de su garganta. Por ese entonces yo ya tenía una erección tan dura como nunca antes la había tenido.

Sabedor de que sería muy difícil conseguir que se corriera sin que se despertara decidí parar y calmarme. Si realmente estaba tan mal como imaginaba no creo que se despertara y si lo hacía pues terminaríamos aquello juntos. Así, sin pensármelo dos veces, hice que se diera la vuelta y volviendo a separar sus muslos hundí mi cabeza entre sus piernas. El olor de su conejo inundó mis fosas nasales y deseoso de darle un placer que quizás no recordaría comencé a besar su clítoris a la vez que lamía sus labios vaginales. Ya no hubo dudas, no sé lo que soñaba o su mente imaginaba, pero claramente gemía a los contactos de mi áspera lengua. Sus fluidos inundaban mi boca y yo no paraba de sonreír pensando en todo lo que estaba haciendo teniéndola a mi merced. Mis lametones consiguieron que se corriera ya que mi boca se llenó de sus flujos, no sé si ella había sentido el orgasmo, pero tampoco me importó entonces.

Deseoso, aturdido y nervioso no dude en colocarme sobre ella sujetando el peso de mi cuerpo con mi antebrazos. Despacio fui introduciendo mi polla en su, esta vez sí, húmedo coño. Los ojos de Raquel se cerraron con fuerza al sentir como mi herramienta entraba en ella. Evitando cualquier movimiento brusco me fui balanceando sobre ella mientras mi verga entraba y salía de su interior. Raquel a duras penas conseguía contener pequeños gemidos que aparentaban grititos, mientras que yo ejecutaba toda l danza con un silencio aterrador. Mis labios tuvieron que ponerse al rojo vivo cuando los mordí para no hacer ruido cuando me corrí dentro ella. Toda mi leche inundó su cueva y recé porque aquel día no se hubiera olvidado tomar la píldora.

Exhausto, medio adormilado, conseguí introducirla bajo las sábanas y me acosté junto a ella abrazándola por detrás.

Unos repentinos y breve besos me despertaron al día siguiente. Cuando abrí los ojos tenía a Raquel mirándome sonriente mientras me daba los buenos días. En ese momento me di cuenta de que su mano se entretenía en jugar con mi verga y mis testículos, poniéndola tan dura como el acero. Nuestros cuerpos desnudos se transmitían calor el uno al otro.

- ¿Qué tal la resaca? – le pregunté.

- Casi no me duele nada la cabeza. – contestó.

- ¿Y cómo has pasado la noche? – inquirí pícaro.

- No sé, agitada. He soñado mogollón mientras dormía. – no pude evitar que una sonrisa se escapara de mi boca al oír su contestación.

Sin mediar palabra y mirándome todo el tiempo a los ojos. Se colocó a horcajadas sobre mí y delicadamente colocó mi polla en la entrada de su coñito. Poco a poco la fue introduciendo en su interior mientras sonreía sincera.

- Si que empiezas fuerte la mañana. – le dije.

Poniendo un dedo sobre mis labios me mando callar. Acto seguido comenzó a moverse con un sutil vaivén disfrutando de la pasión de la mañana. Mis manos se aprestaron raudas buscando sus senos, acariciando su redondez y jugando con sus pezones. Ella con los ojos cerrados disfrutaba como una loca. Su vagina estaba demasiado húmeda para no haber recibido excitación previa y pronto sus fluidos inundaron mi entrepierna. Los gemidos se mezclaron con los jadeos y la respiración entrecortada de ambos nos sirvió para acompasarnos y llegar ambos al orgasmo de forma unísona. El grito que ambos soltamos cuando nos corrimos juntos finalizó cuando nos abrazamos y nos deseamos amor eterno como enamorados que éramos.

- ¿Te acuerdas algo de anoche? – le dije mientras desayunábamos.

- Creo que no recuerdo nada desde antes de salir de la disco. – me contestó - ¿Qué pasa? ¿Sucedió algo que debiera saber? No me digas que vomité en el coche de tu hermana.

- No van por ahí los tiros. – respondí – Mientras dormías me aproveché un poco de ti.

- Me parece bien, espero que lo disfrutaras porque lo que es yo no me enteré de nada. – sonrió sincera.

- Ya te contaré algún día. – y dándole un beso continuamos tomando el café alegres.

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