El becario



De como mi fiel lectora encontró algo más en su lugar de trabajo.

Debido a que la persona que inspiró el anterior relato ha quedado encantada del resultado, me ha solicitado que por favor continúe con otra historia real suya acaecida hace poco tiempo. Espero que os guste tanto como a ella.

El día que Verónica recibió la notificación de su superior de que tenía que realizar un nuevo proyecto se sintió apesadumbrada pensando en la carga de trabajo adicional que tendría. El pesimismo se incrementó en el momento que le dijeron que además tendría que formar a una persona que se encargara de llevar el proyecto a cabo una vez saliera el trabajo final de su despacho. Aquel día tuvo que gastar el resto del tiempo en confeccionar un nuevo planning de horarios para dar cabida la carga laboral extra y las horas de formación que debía emplear en la persona que le asignaran. Un mal comienzo de semana.

Un mes después se encontraba tan enfrascada de lleno en el nuevo proyecto que incluso olvidó el día que la nueva persona a su cargo debía presentarse para ponerse a su disposición. Un par de golpes en la puerta de madera de su despacho la sobresaltaron y la devolvieron a la realidad.

- Buenos días Verónica. – le contestó una voz cuando indicó a la persona que traspasara la puerta.

- Sí, que quieres. – contestó ella sonriendo al becario que cada día la miraba de forma lasciva.

- Vengo a incorporarme por lo del proyecto de Rauscorp. – dijo tímidamente.

A Verónica casi le da un vuelco el corazón. Sonriendo pensó en como había ido esta persona a estar bajo su mando, que hilos habría movido para aguantar a este pesado y sobre todo pensó en los dos meses que tendría que soportarlo trabajando codo con codo. Y no es que el becario, de nombre Marco, fuera una mala persona, pero prefería a una persona más experimentada en la cultura del bufete de abogados para el que trabajaba.

Por lo que sabía Marco era un chico de 25 años, casado desde hace un año y sin hijos por ahora. No era muy atractivo pero tampoco desagradable para la vista. Rubio, alto, delgado, con unos grandes ojos azules ocultos bajo unas gafas de pasta oscura, fácilmente confundible entre la miríada de gente que recorrían las calles de aquella ciudad. Su mayor problema con Verónica era la nula habilidad que tenía para comunicarse con ella ya que presuponía que su mente siempre estaba pensando en otra cosa cuando se cruzaba con ella.

Suspirando, Verónica asumió la ardua tarea que le esperaba en los dos próximos meses.

Las tres primeras semanas se convirtió en una verdadera dictadora, tratando a Marco como su secretario a la vez que su alumno menos aventajado. Si bien en un principio lo hizo por pura venganza, más tarde encontró cierto placer en hacer sufrir al chico con pequeñas tareas e incomodidades que él cumplía a la perfección y sin rechistar. Aunque la diferencia de edad entre ambos era tan solo de cinco años, el que ella fuera la mayor y su jefa le daba un trato de superioridad inaudito sobre él.

Las dos siguientes semanas el ambiente se relajo, sobre todo cuando descubrió que Marco era un magnífico compañero a la vez que una persona muy trabajadora. Poco a poco su delfín fue soltando la lengua y a desarrollar una increíble habilidad para hacerla reír, incluso cuando el ambiente estaba tenso. No sabía cuando pero en algún momento tuvo que incluir una mesa adicional en su despacho para que él estuviera siempre a su disposición ya que el proyecto había adquirido la clasificación de "muy importante" para su jefe y éste le había dado libertad absoluta para llevarlo a cabo en el plazo estimado. Durante este tiempo sospechó que Marco seguía deseándola en secreto pero ya no le dedicaba esas miradas lascivas que antes le procesaba. En su interior volvió a desear que esos actos ocultos volvieran a suceder y se sorprendió por ello. Saber que se encontraba en una situación de superioridad sobre él le atraía, pero saber que además él la deseaba físicamente la excitaba aún más.

Durante la siguiente semana Verónica vigiló por si ayudante le volvía a dedicar alguna que otra mirada. Mirando el reflejo de las ventanas tras su escritorio o levantando la vista de repente de la pantalla de su ordenador consiguió darse cuenta que de forma muy sutil Marco seguía observándola a escondidas. Pensando maléficamente discurrió un complejo plan que hizo que sonriera para sus adentros.

La penúltima semana de trabajo juntos fue mucho más relajada que las anteriores. El proyecto estaba casi finalizado y eso les daba más oportunidades para charlar sobre sus cosas de forma animada. Marco se había revelado como un gran interlocutor y a veces Verónica se descubría embelesada escuchándole, sobre todo cuando salían juntos a comer o quedaban para tomar un café o una cerveza tras el trabajo. Siguiendo su malvado plan había elegido las prendas más comprometidas de su vestuario, las más atrevidas, las más ajustadas, pero sin perder el aire de elegancia que necesitaba como profesional de un prestigioso bufete de abogados. Escotes más abiertos, pantalones más estrechos, faldas más cortas, todo esto volvió loco a Marco que no sabía donde mirar cada vez que ella se acercaba a su mesa o se paseaba inquieta delante de él. Los balbuceos volvieron y lo sorprendió más de una vez boquiabierto admirando sus curvas. Verónica disfrutaba haciéndolo sufrir.

La situación llegó a ponerse tensa cuando Verónica trató de averiguar hasta que límite podía llegar con Marco. Acerándose por detrás de su asiento se apoyó sobre su mesa y le indicó que le corrigiera unos datos de unos folios. El escote entreabierto de su blusa dejaba ver claramente sus senos, ocultos bajo un precioso sujetador de encaje negro. Abultados, generosos, Marco no dudó en dirigir su mirada al canalillo de su pecho, perdiendo la mirada en su escote. Verónica sonrió cuando los descubrió contemplando embelesado tan suculento espectáculo a pocos centímetros de su rostro. Solo cuando se calló por completo y se quedó mirándolo fijamente éste se sintió descubierto y levantó la mirada para posarse en los grandes ojos de ella. En un momento su cara fue el fiel reflejo de la sonrojez, la vergüenza y por último la incomodidad.

- Lo siento.- dijo él con voz queda.

- ¿Por qué has de sentirlo? – la misma Verónica se sorprendió por haber contestado de forma tan franca y clara.

Sus miradas entrecruzadas no se separaron en ningún momento. La electricidad del momento, la carga sexual del encuentro, se multiplicó por mil. Sus rostros estaban demasiado cerca y acercándose un poco más sus labios podrían encontrarse.

El teléfono fijo de la mesa de Verónica sonó y solo después del cuarto timbrazo decidió contestar dando por cerrado el fugaz encontronazo. Mientras ella hablaba Marco salió disparado por la puerta aduciendo que necesitaba un café. Verónica no pudo contener la risa cuando desapareció de su vista.

Aquella misma noche algo raro sucedió. Verónica se despertó sobresaltada tras un confuso sueño. En él se veía a ella misma haciendo el amor con su marido en su habitación mientras Marco los observaba sentado en un butacón desde una de las esquinas de la habitación. Cuando ella se percataba de la presencia de éste dejaba a su marido compuesto y comenzaba a hacer el amor con Marco primero en la butaca y luego en el suelo. Verónica se había levantado confusa y completamente húmeda, tanto que tuvo unas ganas terribles de salir a hurtadillas de la cama para que su marido no se despertara y a escondidas se refugió en el lavabo donde dio rienda suelta a su calentura. Mientras se masturbaba no conseguía sacarse de la cabeza la idea de hace el amor con Marco, y fantaseando llegó al orgasmo con él en su mente.

Al día siguiente mientras desayunaba pensó fríamente lo que había pasado la noche anterior. Marco seguía sin atraerle físicamente, pero sus juegos de atracción, la estrecha relación que se había forjado trabajando conjuntamente, y el morbo de saberse ambos casados e imposibilitados a tener ningún tipo de relación sexual ajena al matrimonio, había hecho que ella sin darse cuenta se sintiera obsesionada con él. Además, pensó, un chaval de esa edad, con esa vitalidad, tendría que ser un portento sin descanso en la cama. Algo tendría que hacer para solucionar todo este tema.

Verónica dejó que la semana terminara sin ningún otro sobresalto. Marco se había retraído un poco al principio pero ella volvió a darle la confianza necesaria para que se comportara como hasta ahora. Fue justo cuando llegaron las últimas horas del viernes que todo se precipitó. Verónica llamó a Marco para que sentara a su lado mientras comprobaban los últimos retazos del proyecto en su escritorio. Si conseguían cerrarlo todo ese día la semana siguiente, la última, podrían pasarla de forma más placentera preparando la presentación del proyecto al cliente. Una y otra vez ambos repasaron las cifras, los objetivos, las ideas clave y bromearon y rieron sin problema alguno. En un momento de la conversación Verónica guardó silencio y le miró fijamente. Marco levantó la vista de los papeles esparcidos por la mesa y la contempló en silencio durante unos instantes.

- No he podido evitar como me miras. – rompió ella el silencio – Y sé que no es de ahora, que viene de tiempo atrás.

El silencio siguió reinando en el despacho.

- Solo quería saber por qué. – dijo pausadamente viendo que la conversación no tenía visos de continuar.

Sin darse cuenta sus rostros se habían acercado el uno al otro. Ambos respiraban con dificultad. Lentamente, como a cámara lenta sus labios se juntaron. Volvieron a mirarse el uno al otro durante un instante justo antes de volver a besarse esta vez de forma más animada y acelerada. Sus lenguas se encontraron y juguetearon la una con la otra. La pasión se había encendido y ninguno sabía como podía terminar aquello.

Dos secos golpes en la puerta los sacaron de sus ensimismamiento y asustados se miraron el uno al otro y a la puerta.

- Sí. – declaró Verónica nerviosa.

- Te traigo lo que me pediste. – la voz de su secretaria pedía permiso para entrar.

Verónica respiró aliviada pensando que no había entrado sin llamar como hacía habitualmente y los hubiera sorprendido en tan comprometida situación. Ambos trabajaban allí, ambos casados, ella siendo su jefa. Hubiera sido el final de la carrera de ambos en el bufete. Cuando ella entró Marco ya se encontraba en el otro lado del despacho repasando unos apuntes. Había ido de muy poco.

Durante todo el fin de semana Verónica pensó en la complicada situación que se había planteado. Le apetecía mortalmente tener un encuentro casual con su ayudante, sin importar las consecuencias, pero no conocía las intenciones de este. Su relación matrimonial se había ido deteriorando paulatinamente desde hacía un par de años y el becario no iba a ser la primera persona con la que engañaría a su marido. Es más, pensó, necesitaba una aventura que sacara su vida de la monotonía y la complaciera sexualmente, algo que no sucedía con su marido desde hacía bastante tiempo.

Al lunes siguiente, Marco se mostró extrañamente distante. Seguramente se habría pasado el fin de semana comiéndose la cabeza como ella misma había hecho. Durante todo el día su relación fue estrictamente laboral y solo durante la comida se permitieron mirarse el uno al otro. Cuando fueron a pagar sus manos entrechocaron y Verónica incluso pudo notar una corriente electrizante que pasó del uno al otro. La situación no era cómoda para ninguno de los dos.

Al día siguiente por la mañana Verónica tomo la determinación de acabar con ese silencio incómodo. Esperó a la pausa del café para apoyada en su escritorio interrogar a Marco.

- ¿Qué has pensado de lo del viernes? – le preguntó directamente.

Él se quedó paralizado mientras escribía en su mesa. Se la quedó mirando un largo tiempo antes deponerse en pie y dirigirse hacia la puerta. Verónica pensó que abandonaría la habitación pero en vez de eso la cerró con la llave y luego se dirigió hacia ella. Quitándole el café de las manos y dejándolo sobre la mesa, la agarró por la cintura y comenzó a besarla sin mediar palabra alguna.

Ella se sintió sobresaltada al principio por la forma en la que su ayudante se había abalanzado sobre sus labios, pero enseguida comenzó a devolverle los besos y a buscar desesperadamente con su lengua la de él. Marco mientras tanto no perdía el tiempo y sus manos rebuscaban deseosas los botones de la camisa que Verónica llevaba puesta. Presuroso los desabrochó y comenzó a jugar con el codiciado botín que siempre había deseado, sus pechos. El joven becario los sobó, los masajeó y delicadamente jugó con los pezones de Verónica consiguiendo que se pusieran duros enseguida. El morbo de hacer el amor en la oficina se adentró en la mente de la abogada y eso hizo que se excitara aún más. El calor que su cuerpo desprendía se incrementó y por ello se pegó más aún al deseado cuerpo de su amante.

Marco no contento con disfrutar de su generoso busto bajo su mano para introducirla por debajo de la falda de Verónica. Tocando por encima de la tela su tanga comprobó el grado de humedad del sexo de ella. Pausadamente recorrió la forma de sus labios vaginales mientras besaba el cuello de su jefa. Luego introdujo la forma por debajo del tanga y buscó con sus dedos la forma redondeada del clítoris de Verónica. Ella se estremeció al notar la mano de él en su monte de Venus, y decidió abandonarse al placer consumado gimiendo en su oído.

Nuevamente dos secos golpes en la puerta los interrumpieron. Esta era la voz de un hombre anunciando que traía el correo los sobresaltó. Verónica se recompuso y nerviosa quitó el pestillo de la puerta mientras un "joder" salía de su boca maldiciendo la interrupción.

- Perdón por molestar, - exclamó el portero de la finca, un hombre mayor que hacía las veces de mensajero y seguridad del edificio. – no había nadie a quien dejárselo y he preferido entregárselo a usted en mano que dejarlo sobre la mesa de su secretaria.

En ese momento, como sabiendo que la había mencionado, apareció por la puerta. Verónica se alegró de que no hubiera sido ella la que había aporreado la puerta ya que hubiera sido muy difícil explicar porque habían cerrado la puerta con llave para no ser molestados. El portero le dejó finalmente el correo a la secretaria y Verónica tuvo que dejar de nuevo la puerta abierta aterrorizada de que su secretaria sospechara algo. Marco regresó a su mesa y durante el resto del día continuaron mirándose de un lado a otro de la habitación tratando de contener las ganas locas que ambos tenían de terminar lo que habían empezado.

Cuando salieron a comer hablaron un rato largo y tendido sobre lo que debían hacer. Era una locura volver a intentar algo así en el trabajo, incluso a puerta cerrada. Marco no podía llegar tarde a casa sin que su mujer sospechara algo por lo que no podían quedar al terminar el trabajo. Verónica pensó que la mejor opción era el jueves por la tarde. Después de comer darían la excusa de que debían ir al centro a encuadernar los tomos y tomos en que constaba el proyecto, si lo hacían todo deprisa no tendrían que volver al despacho alegando que se les había hecho tarde y se habían ido directos a casa. Eso les dejaba la tarde libre para ir a un pequeño motel de las afueras donde nadie les molestara.

El jueves por la mañana Verónica se levantó ansiosa porque llegara la hora de la comida. Había soñado que llegara ese momento desde el martes y ver cual sería el resultado final. Antes de marcharse a comer ambos dejaron en una conocida imprenta los libros que traían del bufete, aduciendo que pasarían a recogerlos a última hora. Luego comieron algo rápido en un restaurante de carretera y se dirigieron deseosos al motel en el que ella había hecho la reserva.

La habitación no era gran cosa, pero bueno, para la finalidad de la misma era más que suficiente. Una cama grande con sábanas limpias, un baño pequeño particular contiguo y sobre todo la paz necesaria para dar rienda suelta a su pasión.

Verónica se tumbó sobre la cama esperando a que Marco volviera de inspeccionar el cuarto de baño. Él se acostó a su lado y comenzó a tocarle el cabello a la vez que le acariciaba la mejilla. Su mano temblorosa le indicó que no estaba tan seguro de lo que estaba haciendo como ella si lo estaba. Aquello sería una sesión sexo consentido y necesitado, no buscaba nada más de aquel chico, pero no sabía que pensaba él claramente.

- No sabes el tiempo que llevo esperando esto. – Verónica no sabía si se refería al tiempo que había pasado desde que se vieron por primera vez o simplemente a los dos días que habían pasado desde que él la había asaltado en su despacho.

- Mejor, no digas nada y disfruta del momento. – Y poniéndole un dedo sobre los labios lo mandó callar. Aun siendo totalmente libres de las ataduras del trabajo ella seguía imponiendo sobre él de una forma claramente superior.

Comenzaron a besarse de nuevo, primero de forma sencilla, fugaz, luego más apasionadamente. Verónica estaba tumbada sobre la cama y Marco a su lado le acariciaba el cuerpo por encima de la ropa. Mientras devoraba su cuello las manos de él inspeccionaron el cuerpo de ella cuando se introdujeron bajo su blusa. Acarició su vientre, sus costillas y luego el borde de su sujetador buscando sacar delicadamente sus pezones por encima de la goma del mismo. Cuando consiguió su cometido los pulsó como si de botones se tratarán y luego los movió de un lado a otro haciendo que se pusieran erectos fácilmente. Sus labios se entretenían con los lóbulos de sus orejas mientras nerviosamente trataba de desabrochar su camisa.

- Déjame a mí. – sentenció Verónica al ver que no podía hacerlo por si solo. Y con extrema facilidad se deshizo de su camisa y de su sujetador mostrando sus turgentes senos por primera vez a Marco. entonces se volvió a tumbar para continuar recibiendo sus caricias.

Su ayudante primero masajeó con delicadeza cada uno de sus pechos, entreteniéndose en mantener sus pezones duros. Luego sujetando cada teta con una mano lamió sus pezones, chupándolos y saboreándolos sin descanso, consiguiendo arrancar los primeros gemidos de ella. Luego una de sus manos bajó hasta tocar sus largas piernas y mientras subía acariciándolas levantó su falda por encima de su cintura. Marco podía notar el calor que desprendía el sexo de Verónica. Separando ambos muslos enterró su mano en la entrepierna de ella, recorriendo su vulva con la palma por encima de la tela del tanga. Luego echó a un lado el minúsculo trozo de tela y con dos dedos buscó su clítoris para comenzar a acariciarlo de un lado a otro. Verónica notaba cierta brusquedad en sus movimientos, cosa que achacó a su juventud y quizás poca experiencia; no pensaba que hubiera tenido muchas relaciones a parte de la que era ahora su esposa. Aún así se dejó llevar, tampoco se le podían pedir peras al olmo.

Ella le pidió que parara un momento para poder terminar de desvestirse y estar más cómoda. El hizo lo propio con una rapidez inaudita y luego continuó con su tarea. Sus labios intercalaban besos con juegos de lengua en sus pezones. Ahora que por fin lo veía desnudo Verónica pudo comprobar el buen estado físico del joven becario. Era delgado pero estaba musculado, su piel era de un blanco pálido y su pecho no tenía ni un solo vello. Al menos se contentó al ver que el chico estaba bien dotado y que funcionaba perfectamente, sobre todo a tenor de la enorme erección que mostraba su herramienta.

Al estar tumbada sintió como un orgasmo nacía con centro en su clítoris y poco a poco se iba extendiendo al resto de su cuerpo moviéndose por su espina dorsal y a lo largo de sus piernas. Entre gemidos y gritos sofocados Verónica se corrió lujuriosamente disfrutando un orgasmo que hacía tiempo ansiaba y su marido no era capaz de proporcionarle. Se sintió plena y completa, lista para una larga de tarde sexo ininterrumpido.

- ¿Te ha gustado? – preguntó Marco impaciente.

- No te preocupes por eso ahora. – le riñó ella.

Incorporándose le empujó levemente para que él fuera ahora el que se tumbara sobre la cama. Como la habilidad experta Verónica cogió su verga con ambas manos y comprobó sabiamente la envergadura y grosor de la misma. No, la verdad es que el chico no estaba mal dotado. Moviendo cuidadosamente ambas manos le dedicó una serie de caricias por toda su extensión así como en sus testículos, que continuaron con unos lánguidos besos y juegos de lengua sobre su glande que hicieron que Marco soltara una serie de imprecaciones y se tuviera que agarrar fuertemente a los bordes de la cama para no salir corriendo en ese preciso instante. Por la mirada satisfactoria de él comprobó que su mujer no le correspondía con el mismo tipo de caricias bucales en sus genitales. Satisfecha trató de hacerlo lo mejor posible decidida a que la primera mamada de aquel chico fuera lo más especial posible y la recordara para el resto de su vida. Mientras introducía casi totalmente su verga en su boca su saliva se mezclaba con los fluidos seminales que él iba despidiendo. A la vez sus manos le acariciaban los testículos y recorrían su mástil con presteza. Temerosa de que se corriera tan pronto decidió para y esperar a ver su cara de satisfacción.

Marco tembloroso aun por el trato recibido trató de devolverle el favor torpemente. Tumbó a su jefa de nuevo en la cama y comenzó a besarla por el rostro, bajando de nuevo a sus senos y llegando a su vientre. Ella abrió lentamente sus muslos invitándole a que saboreara los efluvios de su lindo coñito cosa que el aceptó de buen grado instalando su cabeza entre sus largas piernas. Verónica notaba el caliente aliento del chico en su vulva y esperó deseosa a que comenzara lamerlo. Con la punta de la lengua Marco se abrió paso entre sus labios vaginales buscando su monte de Venus. El húmedo conejo de ella recompensó esos movimientos de lengua con un nuevo río de fluidos que inundaron la boca de su amante. Su vagina, sus labios, su vulva, su clítoris, todos ellos fueron amablemente visitados por la lengua de Marco que no se detenía más tiempo del preciso en cada rincón de su entrepierna. Nuevamente un rico orgasmo recorrió todo su cuerpo y ella presa de convulsiones y espasmos se corrió salvajemente en la cara de su apreciado becario.

- ¿Has traído condones? – le espetó Verónica.

- Sí, llevo un par en la cartera. – le contestó él de forma automática. Y enseguida los buscó para colocarse uno de ellos.

Tratando de sorprenderlo se tumbo de medio lado y dejó que él la penetrara por detrás mientras ella levantaba una de sus piernas. La incomoda postura no le dejaba mucha libertad de movimientos pero ambos sentían plenamente la unión y disfrutaban mucho más cuando la polla de él entraba y salía lentamente del coño de ella. Además así Marco podía cogerle un pecho y apretarlo mientras le comía el cuello dulcemente. Los jadeos se hicieron más continuos y prolongados en ambos casos pero fue ella la que consiguió correrse antes obligándolo a salirse de ellas antes de que lo hiciera él. Este nuevo orgasmo había sido breve pero directo, uno más de los que esperaba sentir esa tarde.

Esta vez fue Marco el que quiso llevar la voz cantante y tumbándose sobre ella volvió a incrustarle su miembro en su húmedo conejito. Cogiéndola por los tobillos le levantó las piernas y las apoyó en sus hombros. Las rápidas embestidas del joven sacudían el cuerpo de Verónica haciendo que sus tetas se movieran acompasadas a ritmo que imponía. Mordiéndose el labio para no gritar cerró los ojos y disfrutó de las arremetidas que la transportaban al reino del placer. De vez en cuando ella misma se sujetaba los pechos y estiraba sus pezones consiguiendo aumentar el placer que sentía. El frenético ritmo que Marco impuso le alertó de que estaba a punto de correrse así que concentrándose trató de alcanzar el orgasmo a la misma vez que él. Tumbado totalmente sobre ella la besó con lujuria mientras ambos se corrían con extrema locura. Su caliente leche inundó si interior y ella agradeció al cielo el uso del condón.

Verónica se sintió un poco defraudada porque todo hubiera acabado tan pronto pero fue una delicia cuando a sus oídos llegaron las palabras de él avisando de que le diera un poco de tiempo para recuperarse y continuar.

Durante ese tiempo, tumbados el uno al lado del otro, ambos se dedicaron a tocarse mutuamente sus genitales. Cuando él estuvo preparado Verónica ya casi estaba lista para tener un nuevo orgasmo. Para tranquilizarse le agarró de las manos el nuevo condón y haciendo uso de una habilidad aprendida en la universidad se lo fue colocando en su erecta polla. Luego colocándose a cuatro patas dejó que él la penetrara por detrás y comenzaran de nuevo las embestidas. Verónica no tardó de nuevo en correrse como una loca disfrutando de un nuevo orgasmo que la hizo por fin gritar salvajemente.

En ese momento decidieron cambiar de postura y mientras él se tumbaba sobre la cama, ella se sentó a horcajadas sobre su dura polla. Rápidamente ella comenzó a botar sobre él mientras éste jugaba con sus senos y apretaba sus pezones. Ambos estaban disfrutando del momento aunque Verónica comenzaba a estar extenuada, aun así saber que iba ser recompensada con un nuevo orgasmo la hizo continuar hasta el final. Mordiendo los pezones de su ayudante lo excitó más y éste se complementó a sus movimientos agarrándola por el trasero y tratando de incrustarle su tremenda verga lo más profundamente posible. Jadeando y gimiendo profusamente, Verónica llegó una vez a la más alta cota de placer cuando se corrió por enésima vez. Marco aguantó un rato más y luego terminó sus embestidas con una nueva descarga de semen en su interior.

- Juventud, divino tesoro. – le dijo mientras él la miraba con cara extrañada.

Cansada se retiró al baño y se tomó una reparadora ducha. Él incomprensiblemente no la acompañó y prefiero esperar a que ella saliera para hacer lo mismo. Cuando salió del baño Marco le preguntó:

- Verónica ¿qué piensas de todo esto?

- ¿Qué crees que debería pensar? – contestó ella extrañada.

He estado pensando mucho tiempo sobre todo esto y tengo que dejarte una cosa muy clara. – explicó pausadamente – Quiero mucho a mi mujer y no quiero hacerle daño. Tenía muchas ganas de estar contigo desde el primer día que te vi, pero no quiero dejar a mi mujer ni nada de eso. Espero que comprendas que no creo que volvamos a estar juntos de nuevo.

Verónica se sintió defraudada por partida doble. Aunque por un lado se alegraba ya que tampoco buscaba comprometerse con algo más serio, le dolió profundamente sentirse rechazada por un jovenzuelo como aquel y también el no poder disfrutar de otra tarde con sesión de sexo incluida. ¡Menuda faena! ¡Menudo idiota! Rechazar a una mujer como ella pudiendo pasar unos buenos ratos juntos antes de volver a ser simples conocidos de nuevo.

- No pasa nada, estoy totalmente de acuerdo contigo. – le mintió.

Recogieron sus cosas y abandonaron el hotel, mientras él corría a refugiarse en los brazos de su mujer Verónica volvió a la imprenta a recoger el proyecto encuadernado. Luego volvió a la oficina para dejarlo sobre la mesa de su secretaria. Su enfado había ido en aumento pero no creía conveniente contarles el motivo del mismo a sus amigas ni a ninguna otra persona que conociera. Encendiendo su ordenador arrancó el programa de mensajería instantánea MSN y buscó entre sus contactos rápidamente.

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Anónimo Escribiente escribió:

- ¡Hola preciosa!

Verónica escribió:

- ¡Hola! No te vas a creer lo que me ha pasado. Tengo algo que contarte…

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