El comienzo


De como fue mi primera vez.

Si hay dos hechos fundamentales que han sentado cátedra en mi vida sexual son claramente mi primera vez y mi experiencia con Ana, Anita, la mujer que me enseñó verdaderamente como hay que tratar a una chica en la cama. Los dos próximos relatos versarán sobre estas experiencias reales que me han marcado para toda la vida.

Dicen por ahí que toda saga tiene un comienzo, por supuesto la mía no iba a ser menos, y para remontarme a los orígenes hemos de viajar a aquel pequeño pueblo de la costa andaluza que alguna que otra vez os he mencionado en mis relatos. Para los que no lo sepan yo solía veranear allí con mi familia además de pasar alguna que otra temporada fuera del estío como las Navidades o la Semana Santa. No sé si era el agua o el aire de Levante lo que hacía que las féminas de aquel enclave sufrieran de cierto ardor sexual cercano al furor uterino, pero de lo que sí estoy seguro es que siempre supe aprovechar aquella situación a mi favor.

Aquel olímpico año yo tenía quince primaveras y faltaba ya poco para cumplir una más. Como cada año viajé con mi familia hacia el sur, buscando sol y buen tiempo, durante la Semana Santa de aquella primavera. Como casi siempre el primer viernes de Pascua volamos por la carretera en pos de un merecido descanso sabiendo que la mayoría de mis amigos y amigas llegarían a partir del miércoles santo ya que muchos de ellos provenían de Madrid o más arriba. Mientras tanto los únicos que deambulábamos por el pueblo éramos los de las ciudades cercanas y los lugareños autóctonos.

El fin de semana pasó rápido y un poco aburrido debido a que faltaban mis mejores amigos, a los que ansiaba ver cuanto antes. Para luchar contra la desidia solíamos tirarle los tejos a las chicas del pueblo con las que yo ya había tenido bastantes escarceos amorosos y con las que ya había ido más allá de los simples besitos y toqueteos, pero con las que nunca había conseguido entrar en faena a fondo, ya me entendéis.

El lunes me dieron el soplo de que le gustaba a una chica, de la que se solía decir que era bastante fácil, y que si sabía currármelo podría estrenarme con ella. De nombre Pepa, no era un derroche de virtudes ni muy agraciada físicamente, pero tenía un cuerpazo de escándalo que hacía que olvidaras todo lo anterior. Por aquellos entonces tampoco no me preocupaba de nada más. Aquella noche no hizo falta mucha historia: una rápida presentación, un par de sonrisas incomodas, y un "¿quieres dar un paseo?" bastó para acabar revolcándonos por la arena de la playa a labio partido. Mis manos se perdían por debajo de su falda y mi cabeza se hundía con descaro entre sus pechos, pero por mucho que intenté ir más allá ella se negaba cerrándose en redondo.

- ¿Qué te pasa? ¿Creía que te gustaba? – le pregunté tras una nueva intentona fallida de bajarle las bragas más allá de las rodillas.

- Sí, pero es que no quiero que luego vayas por ahí diciendo que te has aprovechado de mí. - me contestó Pepa.

- Podría decirlo igualmente si no pasara nada. – la chantajeé.

- Tú no eres así. – sentenció y diciendo eso se subió las bragas, se recompuso la ropa, se quitó la arena de encima y me dejó con dos palmos de narices y con una erección de mil amores.

El martes santo no dudé en esquivar a Pepa por haberme dejado en tal estado. Por un lado sentía mi amor propio herido porque aquella chica me hubiera dado una lección tan simple y a la vez tan contundente, y por otro lado me llevaban los demonios por no haber conseguido realizar mi primer coito con letras mayúsculas. Cuando un amigo me preguntó por la noche anterior yo solo pude decirle que le preguntara a ella para más información. Me sentía dolido, pero en ningún momento me paré a pensar por lo que pasaba por la cabeza de Pepa.

El miércoles santo tenían la costumbre en el pueblo de sacar a procesar las imágenes de los santos. Mientras mis padres seguían dicha procesión yo solía esconderme tras el muro del cementerio con mis amigos para fumar y beber cerveza. Aquella noche me pasé bebiendo vino de tetra-brik y cuando vi aparecer a Pepa por la esquina fui lo más descortés que pude con ella en mis contestaciones. Aún así me invitó a volver a "pasear" por la playa, proposición a la que yo accedí raudo. Sin más pretensión que pasar un buen rato volví por mis fueros haciendo que mis manos humedecieran el conejo de Pepa y que mis labios saborearan de nuevo sus pechos.

Encontrábame yo en tal menester cuando ella me sorprendió preguntándome:

- ¿Hoy no piensas meterme más mano?

Yo la miré confuso, por su respuesta y por mi sensación de euforia etílica. Ella me miró a los ojos y con dificultad se quitó las bragas que llevaba y se levantó la falda hasta el cuello.

- Venga hazlo ya antes de que termine la procesión y mi madre empiece a preguntarse donde estoy.

Una sonrisa cambió mi faz y con rapidez me apresuré a colocarme ese preservativo que tanto tiempo llevaba en la cartera esperando su oportunidad. No os voy a engañar, como debutante fui un completo desastre. Introduje mi dura verga en su húmedo, casi chorreante, coñito y la sensación que tuve fue espectacular. Sus paredes vaginales aprisionaban mi herramienta y noté como la sangre subía rápida hacia mi glande. Tuve que moverme rápido desde el primer momento porque nada más empezar ya tenía ganas de correrme. Además Pepa me apremiaba a que terminara "¡ya de una vez!" y con solo un pocos de achuchones mi lefa inundó su cueva teniendo el primero de una larga serie de orgasmos en cuerpos ajenos.

Sin dejarme tiempo a recomponerme Pepa se puso en pie y vistiéndose apresuradamente comenzó a alejarse de mí en dirección al pueblo. Yo le grité que nos veríamos en el cementerio de nuevo, aun a sabiendas que seguramente no vendría ya que debía estar muy pronto en su casa y sus padres no la dejaban más tarde de aquella hora. Apoyado sobre mi espalda me recosté en aquella duna de la playa y mirando a las estrellas pensé que por fin lo había conseguido, que ya era todo un hombre. Podía haberme comido el mundo entero si me lo hubiera propuesto. Solo recuerdo haber tenido esa sensación otra vez en mi vida, pero esa es otra historia.

Como le dije a Pepa encaminé mis pasos hacia donde se encontraban mis amigos y continué bebiendo vino toda la noche para celebrar aquel gran día. En ningún momento pasó por mi cabeza si Pepa había disfrutado de aquello (que no lo hizo) y sus pensamientos hacia mí. Era joven, era ingenuo, era idiota.

Por la mañana mi resaca y yo compartimos una mañana de sudores fríos en la playa con el resto de mis amigos, a los que poco a poco se iban uniendo el resto que iban llegando ya que por fin era jueves santo. Los que no vinieran esa mañana sabíamos que tendríamos que esperar al verano para verlos. Ellos me felicitaban por lo de la noche anterior, ellas inocentes preguntaban el porqué, yo en cambio solo quería morirme con mi resaca y trataba de recordar algo más claro de cómo había sido todo.

- ¡Ya te vale! - Aquella inconfundible voz pertenecía a Virginia, una muy buena amiga de Sevilla a la que tenía en alta estima. - ¿Te parece bonito lo que le has hecho a esa pobre muchacha?

- ¿Qué coño te ha picado? ¿Se puede saber de qué estas hablando? – abriendo los ojos bajo el ardiente sol la miré al rostro interrogante. – Al menos podías saludarme de otra manera cuando estas recién llegada, no sé un par de besos y esas cosas... y no, no sé de que me estas hablando.

Virginia hizo que me levantara cogiéndome del brazo y llevándome aparte del resto del grupo.

- Mira hacía allí. – me dijo señalando con la mirada – Tienes a esa pobre chica ahí llorando con sus amigas, porque tú BESTIA has pasado de ella esta mañana y ni siquiera la has saludado cuando has llegado a la playa. Acabo de llegar de Sevilla y de lo primero que me entero es que te has comportado como un verdadero cabrón con ella. Podías pedirle perdón al menos.

- Esto... no me había dado cuenta. – no estaba mintiendo, no me había preocupado por Pepa en absoluto. – ¿Y tú desde cuando eres amiga de ella?

- No lo soy, pero me jode que te comportes así. – su vacía contestación me dejó intrigado.

Cuando Virginia se alejó me acerqué a donde Pepa había plantado su toalla y me senté a su lado.

- No te vi más anoche. – inquirí.

Mi madre me ha castigado sin salir toda la semana por llegar tarde, así que dudo mucho que podamos vernos otra vez por la noche. – por un momento me sentí aliviado al saber que no tendría que comerme la cabeza con ella y que podría quizás dedicarme a buscar una nueva víctima para el fin de semana. – Es una pena.

Durante unos minutos más charlé con ella y ambos quedamos como amigos (que era lo que yo buscaba y nada más). Luego volví al otro grupo donde tuve que aguantar chanzas y bromas del resto de mis amigos varones. Por mi cabeza seguía discurriendo el porqué Virginia se había pillado tal enfado por una persona que ni conocía ni le importaba y durante toda la mañana me quedé pensativo mirándola tratando de buscar una respuesta a tal pregunta que carcomía mi mente.

Virginia tenía mi misma edad, nos conocíamos desde hacía dos años, cuando teníamos trece. Durante un par de veces nos habíamos liado pero nunca había conseguido con ella ir más allá de tocarle el culo o las tetas por encima de la ropa. Era rubia, con unos increíbles ojos verdes esmeralda que iluminaban una redonda cara blanca (como el resto de su piel) salpicada de pecas. No se puede decir que tuviera mucho pecho, pero sí era cierto que tenía el mejor culo de todas las chicas del grupo, un culo respingón que se acentuaba cuando usaba vaqueros. No era muy alta y su delgadez no rozaba lo extremo. Cuando se despojó de su camiseta para colocarse bien el bikini y dirigirse hacia el agua me quedé observándola detenidamente. La verdad es que era una chica de aúpa y quizás fuera la luz del sol o mi visión resacosa pero me pareció que ella no me perdía de vista cuando se bañaba en el mar con las otras chicas.

Cuando Virginia volvió de su baño le ofrecí su toalla para que se secara y la invité a sentarse en la mía mientras se arrebujaba muerta de frío en la suya. Sentándome detrás de ella la rodeé con mis brazos y la reconforté ayudándola a secarse. Su pelo mojado me trajo el olor a salitre cuando me acerqué a su oído para susurrarle:

- ¿Qué te ha pasado antes?

- Nada, cosas mía. – me contestó ella con voz queda.

Después de volver a casa y comer decidí ir a casa de Virginia para tomar café y así poder hablar tranquilos sobre su comportamiento y sobre cómo le había ido el año que llevaba casi sin verla. Llame a su puerta con los nudillos y me abrió con cara dormida como si se hubiera recién levantado de la siesta.

- Pasa, pasa. Enseguida hago café. – me dijo mientras se dirigía al interior de la casa.

- ¿Y tus padres? – le pregunté. Virginia era hija única por lo que no había nadie más en la casa.

- Se han ido a Cádiz a ver a mi tío y me han dejado sola. Seguramente volverán esta noche después de cenar. – respondió desde el fondo de la cocina.

Me senté en el sofá del salón y esperé a que ella volviera con dos cafés calientes que degustamos mientras charlábamos de cómo nos había ido en el colegio durante el año. Lógicamente el tema varió a chicos y posibles novios, y ella me comentó que al igual que yo estaba soltera y sin compromiso, entonces sin más dilación entré al trapo preguntando:

- Virginia, ¿por qué te has enfadado tanto esta mañana conmigo por lo de Pepa?

- No sé, me he sentido defraudada.

- ¿Conmigo? Yo esperaba que te alegraras por mí. Para mi ha sido algo muy importante.

- No era contigo, era por mí. – me dijo mirándome a los ojos.

- ¿Por ti? – pregunté extrañado.

- Sí, esperaba algo, otra cosa, no sé... – sus ojos verdes esquivaron mi mirada.

- ¿El qué? – le pregunté empezando a sospechar algo.

- Esperaba que tú... y que yo... – le costaba terminarla frase.

- Te hubiera gustado haber sido tú. – dije cortado su respuesta aun a sabiendas de que podía llevarme un tortazo de un momento a otro.

- Sí, eso es. - Y volvió a mirarme a la cara. Armándose de valor continuó – Sentí envidia de ella porque me hubiera gustado que tú y yo lo hubiéramos hecho juntos por primera vez.

- ¡Oh! – me quedé con la boca abierta y traté de consolarla – Si te sirve de consuelo fue como no hacer nada. Yo iba muy borracho y no sentí nada. Fue solo sexo y ya está.

- Por eso me cabreé. Esperaba que hubiera significado algo más para ti. Que le dieras la importancia que tiene, pero eso es algo que solo las chicas entendemos. – Y rompió a llorar.

Desconcertado la abracé y sus lágrimas mojaron mi hombro, ella me devolvió el abrazo y pasado un rato sus sollozos se hicieron más lentos hasta finalizar. Lentamente levantó la cabeza y buscando mi mirada con la suya me besó dulcemente en los labios. Pocos besos tan sinceros como ese me han dado en esta vida, de cada uno guardo un especial recuerdo, pero este en particular lo guardo con especial cariño.

Continuamos besándonos en aquel sofá durante un rato hasta que ella decidió parar. Se puso en pie y cogiéndome de la mano me invitó a que la acompañara al piso de arriba donde se encontraba su habitación. Cuando entramos puso música suave, encendió unas velas que tenía metidas en una caja y cerró la ventana dejando la habitación a oscuras salvo por la poca luz de las velas. Antes de venir a la cama donde yo la esperaba sentado quemó un poco de incienso para dar aroma a la habitación.

De pie junto a mí se sacó la larga camiseta que cubría su cuerpo y de forma avergonzada se despojó de la parte superior de su bikini tratando de tapar con sus manos sus menudos pechos. Luego se tumbo a mi lado y cogiendo mi brazo hizo que la rodeara abrazándola. Sus ojos no perdían a los míos de vista y lentamente me volvió a besar. Yo la estrujaba entre mis brazos mientras saboreaba la dulce miel de sus labios. Torpemente la fui acariciando por la espalda hasta llegar a su tremendo culo que masajeé disfrutando de la suavidad de su piel.

- Déjame que te quite la ropa. – me pidió compungida.

Yo me deje hacer y Virginia comenzando por mi camiseta me fue desnudando lenta y torpemente. Cuando solo tenía puestos mis boxers se detuvo confusa mirando el bulto que mi duro paquete formaba en ellos. Armándose de valor los fue bajando poco a poco sorprendida y fascinada por "aquello" que aparecía delante de ella. De forma curiosa lo observó y con suma delicadeza lo cogió entre sus manos experimentando con sus manos el tacto y la forma del primer pene que tenía tan cerca de su rostro.

Fui yo el que hice que volviera a la realidad tratando de besarla una vez más. Con detenimiento la acosté de nuevo sobre la cama y le dije que me dejara hacer a mí.

Tumbado sobre ella mis labios recorrieron su cuello buscando ese punto que yo ya había aprendido y que lamiéndolo conseguía que a ellas se le pusiera el vello de punta. A la vez mis manos fueron acariciando levemente sus pequeñas tetas entreteniéndome en sus finos pezones, buscando desesperadamente que se pusieran duros señal inequívoca de que ella se estaba excitando. Luego mi boca fue la encargada de lamerlos suavemente y de comerlos despacio como si se trataran de la fruta más exótica del mundo.

Poco a poco una de mis manos fue deslizándose por su vientre para acabar escondida dentro de su bikini. La pelusilla de su pubis fue la antesala de mi búsqueda por conseguir tocar su pequeño clítoris. Virginia dio un pequeño grito de placer cuando lo toqué por primera vez y su cuerpo comenzó a temblar cada vez que mis dedos lo recorrían de un lado al otro. Mientras mi lengua dibujaba círculos en sus tetas mis dedos acariciaban aquello que hasta ahora solo ella había tocado en su más estricta intimidad. Su cuerpo fue poniéndose tenso reflejo de los gemidos placenteros que despedía su boca, a la vez que los movimientos de sus caderas acompañaban los de mi mano. Con un largo jadeo Virginia tuvo un sencillo orgasmo, tan natural como pasional a la vez.

Sin pensárselo dos veces se levantó de la cama para buscar una toalla que tendió sobre la cama, luego se deshizo del resto de su bikini. Se la veía más suelta con aquella situación y sobre todo más resolutiva para conmigo. Expectativa abrió sus piernas invitándome a que tomara aquello que ella tanto ansiaba perder.

Lentamente me coloqué sobre ella y con suma delicadeza y muy despacio fui introduciendo mi glande en su caliente sexo. Cuando veía que su cara sufría paraba por completo, pero luego ella me miraba asintiendo seguía introduciéndola hasta que ya o pude hacerlo más sin romper su himen. Nos quedamos un buen rato sin movernos, yo tumbado sobre ella, esperando a que su virginal coñito se adecuara al grosor de mi herramienta. Cuando estuvo preparada me indicó que comenzara. Cada embestida fue realizada a cámara lenta, como si cada instante durara una eternidad. Su cara pasaba del dolor al placer absoluto y cuando mi pene rompió el sello de su templo un pequeño grito confirmo que se había convertido en toda una mujer. Lo celebramos con un profundo beso y a partir de entonces todo fue rodado. El ritmo se hizo más rápido y su conejo cada vez iba soltando más y más fluidos lo que facilitó que en unos pocos instantes Virginia comenzara a jadear indicando que su segundo orgasmo se acercaba. Cuando estaba a punto de correrse acercó sus labios a mi oído y dejo que sus suspiros llevaran el aliento de su momento de clímax. Por mi parte no duré mucho más, teniendo especial cuidado en salirme de ella cuando estaba a punto de correrme para acabar haciéndolo sobre la toalla. Sudorosos y jadeantes nos besamos y nos quedamos abrazamos toda la tarde.

Era ya de noche cuando volvimos en sí, nos habíamos quedado dormidos y por la hora que era en mi casa estarían esperándome para cenar. Ayudé a Virginia a recoger la toalla que mostraba los signos de nuestro amor infantil: unas gotas de sangre y los restos de mi lefa que ella miraba con curiosidad. Vistiéndome deprisa nos prometimos vernos más tarde en el cementerio.

El resto de la semana no nos separamos el uno del otro. Sierre que podíamos nos abrazábamos y nos besábamos demostrando el cariño que cada uno sentía por el otro. El sábado antes de que cada uno partiera hacia su ciudad y tardáramos tiempo en volver vernos repetimos en la playa, esta vez ella disfrutó más aun si cabe y yo completé una magnífica semana. En menos de dos días había perdido doblemente la virginidad. Si bien Pepa fue la primera en enseñarme los placeres de la carne, Virginia fue la primera persona con la que hice el amor.

Virginia, estés donde estés, gracias.

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