Espiando a mi vecina


De como mi esquiva vecina de arriba se lo monta con su jefe mientras yo lo veo todo.

Una ardua y estimada lectora me ha pedido que escribiera un relato sobre este tema, siempre y cuando hubiera tenido algún tipo de experiencia de este tipo. He de decir que ha habido varias, pero creo que esta es la mejor historia y la que primero merece ser contada. Por supuesto el relato he de dedicárselo a ella, espero que te guste.

El único defecto que tenía el piso que tenía alquilado en el centro de la ciudad donde vivía antes era la extrema delgadez de los muros que hacían de paredes y techo. El inconveniente se acrecentaba al vivir en el piso bajo, ya que el piso se trataba de un dúplex y el dormitorio se encontraba en la planta superior. Además mi vecina de arriba siempre me lo recordaba deleitándome con sus "amables" ruidos cuando me encontraba en la cama. La situación era tal que si alguno de mis vecinos ponía la televisión o la radio demasiado alta, hablaba con un tono elevado o hacía algún trabajo manual yo me enteraba igualmente de todo lo que estaba haciendo. El caso contrario era inexistente, ellos no podían quejarse de mi nivel de ruido ya que no me gusta la televisión, la música me gusta escucharla no muy alta (música de ambiente) y vivía solo así que solamente cuando recibía visitas se oía alguna voz distinta que no fuera la mía dentro de casa.

Como os podéis imaginar el ruido más molesto que uno puede escuchar, sobre todo si está soltero, es el de tu vecina haciendo el amor con tu pareja, sobre todo si a ella le encanta dejar bien alto y bien claro como se lo está pasando como era el caso de mi vecina de la izquierda. Menos mal que el piso contiguo a la derecha del mío estaba deshabitado, pero de vez en cuando el dueño se traía a sus conquistas o a su amante y lógicamente no era para enseñarles el pisito precisamente. Por último mi vecina de encima no solía darme "conciertos" habitualmente pero lo compensaba andando con tacones todo el santo día arriba y abajo por la casa. Hubo de pasar un tiempo para que ella también se echara novio y comenzara a deleitarme con sus sonidos orgásmicos.

El momento hilarante fue cuando mis padres se quedaron a dormir un día en mi casa y la inocente de mi madre se quejaba del niño pequeño que se había tirado toda la noche llorando en el piso de al lado. Mi padre y yo nos miramos y comenzamos a reírnos hasta que se nos saltaron las lágrimas y no pudimos parar.

Es gracioso, y curioso a la vez, conocer los ritos y hábitos sexuales de tus vecinos por el ruido que hacen cuando practican el sexo con su pareja. Por ejemplo, mi vecina de la izquierda lo hacía todos los viernes y domingos con su novio, y a veces cuando éste la visitaba algún martes o miércoles también lo hacían. El plan continuaba tres semanas al mes y a la cuarta, que supongo que le tocaba tener el periodo, descansaban. Por el contrario mi vecino del otro lado solía visitarme solo una semana al mes y mi vecina de encima lo hacía esporádicamente dos o tres veces al mes. El colmo fue cuando una noche fueron llegando uno tras otro y desde la una hasta las seis no me dejaron dormir tranquilo.

Llegué a ponerle nombre a cada uno de ellos para identificarlos. A la izquierda tenía a la histérica, ya que solía gritar como una posesa cuando se corría cosa que encima hacía más a menudo que la media normal de cualquier mujer. A la derecha vivía el señor putero, experto en trajinarse a su amante cuando le venía en gana. Y por último mi preferida, la señorita fetichista, por conseguir su propio placer andando todo el día con tacones por la casa martirizando mis pobres oídos y dándome dolor de cabeza.

Para que entendáis mejor la situación tan especial que teníamos en el patio de vecinos os comentaré que casi todos éramos jóvenes trabajadores alquilados o estudiantes extranjeros. La media de edad solía ser muy baja y como teníamos distintos horarios era muy difícil cruzarte con alguien en la escalera, así que podías pasar día sin ver a un vecino pero sí escuchándolo. Al señor putero me lo solía cruzar los domingos por la mañana, cuando yo volvía de fiesta cuando ya había amanecido el solía abandonar su nidito de amor. Con la histérica incluso llegué a entablar amistad cuando un día cualquiera vino a pedirme un alargador de cable, al final acabé en la cama con ella cuando estuvo un mes peleada con su novio, luego dejamos de vernos porque volvió con él. Pero mi gran desconocida seguía siendo mi vecina de arriba, la fetichista.

Cuando yo aun no me había despertado para ir a trabajar ella ya llevaba levantada una hora dando paseos y más paseos por su casa. Cuando yo volvía a comer al mediodía ella solía llegar a casa media hora después que yo, y allí se quedaba cuando yo volvía por la tarde al trabajo. Por la noche era más de lo mismo. Cuando yo ya había llegado hacía un rato era el momento en el que ella volvía a su dulce hogar. No había manera de que nos cruzáramos y ese misterio junto a los "ruidos" que hacía por la noche empezaron a generar tal cantidad de morbo en mi interior que me propuse saber quien era ella fuese como fuese.

Su piso, como todos los del segundo piso del edificio no era un dúplex sino un pequeño estudio de planta única con un solo cuarto y una pequeña cocina con barra americana. Estuve viendo estos mini apartamentos antes de alquilar el mío pero su reducido espacio me convenció de no quedarme con uno de ellos. El caso es que el techo de mi cuarto de baño formaba un pequeño tejadillo contiguo a la ventana de mi habitación, el cual sobresalía de la pared cerca un metro e incluso algo más. Dicha ventana coincidía justo debajo de la ventana de su cocina, donde ella tenía lavadora y solía tender la ropa. Poniéndome de pie sobre dicho tejado y alargando la mano podía tocar el marco de la ventana de su casa, así que un día que sabía que ella no estaba puse una banqueta con la que poder auparme y echar un vistazo al interior de su casa sin necesidad de entrar en ella. Ella y yo éramos los únicos vecinos cuyas ventanas daban a ese patio de luces por lo que nadie podía ver lo que yo estaba haciendo.

Decorada al estilo zen se notaba que era una persona culta, de sofisticados gustos y muy ordenada. Había separado la casa en dos mitades por medio de un biombo consiguiendo crear dos ambientes dentro del reducido espacio de que disponía. Por un lado se encontraba una especie de salón con un pequeño televisor (el culpable de tener que escuchar todos aquellos insoportables programas de cotilleos) y por otro lado se podía ver una gran cama de matrimonio que hacía las veces de dormitorio.

Dejando la banqueta al lado de mi ventana empecé a pensar como entablar una conversación con aquella desconocida mujer. No faltó ni un segundo para tener una maravillosa idea. Volví a salir por la ventana y no dude en quitarle de las cuerdas de tender un tanga rojo que había colgado para que se sacara al sol. Para que no sospechara, lo dejé tirado sobre el tejadillo un par de días para que así a ella le diera tiempo a verlo cuando recogiera la ropa y se decidiera a bajar a pedírmelo. Pero no fue así, así que a la tercera noche cuando oí que ella volvía a casa decidí subir para devolvérselo. Ya tenía pensado incluso que decir. Armado de valor llamé a su puerta con los nudillos y esperé.

La mujer que me abrió era tremendamente atractiva y totalmente alejada de la idea que yo me había hecho sobre ella. Rondaba los treinta años perfectamente; era alta, rubia de bote y poseía unos grandes ojos marrones. Realzaba su delgada figura con un impresionante vestido negro compuesto por una falda hasta la rodilla y una blusa a juego. Mi vecina recogía su pelo en un descuidado moño e iba muy bien maquillada. En un principio no pude verlo bien claro pero mi intuición me decía que tenía poco pecho y pocas curvas debido a la extrema delgadez de la que hacía gala.

- ¡Hola! Soy el vecino de abajo. – dije nervioso – Venía a devolverte esto, creo que se te ha debido de caer.

Y alargando la mano le entregué el tanga. Ella lo miró con indiferencia y me sorprendió que ni sonriera ni se pusiera colorada o algo por el estilo.

- Muchas gracias. – fue su única contestación. Y no añadió nada más como esperando a ver si yo tenía algo más que decir.

- Mi nombre es Alex. – me presenté – Y si necesitas algo ya sabes donde puedes encontrarme.

- Encantada, yo soy Amalia. – dijo secamente, y se volvió a callar. No haciendo ningún ademán de darme la mano o dos besos como suele ser usual cada vez que te presentan a alguien.

- Pues nada, lo dicho Amalia. Si necesitas algo ya sabes…

- Sí, muchas gracias. – Y acto seguido cerró la puerta.

No sé si pensaba que yo era un perturbado que me había masturbado con su ropa interior o algo parecido, pero su contestación a mis preguntas parecía como si no quisiera entablar ningún tipo de relación comunal con nadie del edificio. Mi impresión es que se trataba de una persona arisca y poco amigable, con lo que tenía muy difícil poder volver a hablar con ella.

El problema fue que ahora que la había visto en persona no podía quitármela de la cabeza, y todos los días me atormentaba pensando que ella se estaba paseando encima de mi cabeza probablemente desnuda o en ropa interior. Así no hizo falta que pasara una semana para que empezar a espiarla con sumo cuidado a través de la ventana de su cocina. Tuve que practicar como bajarme rápido del tejadillo al suelo por si ella alguna vez se acercaba demasiado a la ventana o como entrar de nuevo a mi cuarto deprisa y corriendo a través de la ventana con la banqueta incluida.

Amalia era una persona minuciosa y sistemática, no me extrañaría que un poco neurótica. Todos los días seguía la misma rutina. Tal y como llegaba a casa entraba en el cuarto de baño para ducharse y salía ya vestida con el pijama de andar por casa y una toalla en la cabeza con la que envolvía su pelo mojado para que se secara. Por la mañana ni me molestaba en espiarla ya que podría verme con facilidad cuando fuera a la cocina a prepararse el desayuno.

Me costó varios días poder verla por primera vez desnuda. Fue un sábado por la tarde cuando se estaba arreglando para salir. Cuando sentí que ponía la ducha en funcionamiento me asomé a mi rincón particular de visionado y su figura envuelta en un albornoz blanco inundó mis pupilas cuando salió del baño. Brevemente selecciono la ropa que iba a ponerse y en unos instantes se despojó de su atavío. Tal y como ya había previsto su figura escuálida hacía que sus costillas se marcaran en su cuerpo. Sus pechos eran casi inexistentes y los huesos de sus caderas enmarcaban una maravillosa mata de pelo negro en su adorable entrepierna. Poco duró esta maravillosa visión ya que enseguida se visitó de forma sobria y salió disparada por la puerta de su casa. Aquella misma tarde no dudé en masturbarme tratando de recordar como Amalia se paseaba desnuda por su dormitorio.

Como hasta ahora no volví a cruzarme con ella salvo un par de veces y entonces solo nos saludamos con un breve hola y adiós.

A veces cuando oía que tenía una voz masculina de visita en su casa aguardaba que tuviera sexo con él, cosa que casi nunca sucedía y si era así apagaba todas las luces de la casa haciendo imposible que no viera más allá de medio metro en la negra oscuridad de su casa.

Tuvo que pasar más de dos meses desde que "robara" aquella pieza de lencería para que mi esfuerzo diera sus merecidos frutos.

Fue ya avanzada la noche, casi de madrugada, un día entre semana. Yo volví de una cena de trabajo un poco pasado de copas y cuando entré en casa pude oír como Amalia estaba acompañada por aquella voz masculina que hasta ahora siempre la había visitado para tener sexo con ella. Amalia y el desconocido no dejaban de reír, y discutir. Su tono era el de aquella persona que ha bebido más de la cuenta y ya empieza a trabársele la lengua. Muy despacio casi sin hacer ruido, o eso me parecía mi en mi estado, apagué todas las luces de mi casa y coloqué la banqueta en posición. Luego como siempre asomé levemente mi cabeza por encima del marco de su ventana y miré en el interior. El morbo que sentía era indescriptible y ya antes de poder ver nada pude sentir como tenía una gran erección pensando en lo que podría llegar a ver en ese cuarto.

Amalia se encontraba tumbada en su cama acompañada por el hombre de voz profunda. Ambos compartían unas copas de vino, restos de una cena que habían disfrutado hace poco, supongo, por los restos presentes en la mesita del salón. El era mucho mayor que ella, rondando los cuarenta y tantos. Corpulento y con entradas pronunciadas en su negro cabello. Por su ropa y sus ademanes bien se podía adivinar que se trataba de alguien adinerado y por lo que pude escuchar trabajaba con ella en la misma oficina. ¡Su jefe, era su jefe! Puede al fin entender en la conversación. Y he ahí el motivo de que fuera tan seca y distante conmigo. Tenía todo en mi contra al haber intentado algo con ella ya que Amalia quería aguantar todo lo posible aquella relación por los beneficios laborales que le podía aportar. De vez en cuando la conversación se cortaba ya que comenzaban a besarse pero luego volvían a hablar como antes. Al final no dudaron en besarse apasionadamente y dejaron las copas a un lado para estar más cómodos y a gusto, pudiendo disfrutar el uno de otro. Aquello prometía, ya que cuando ella quiso apagar la luz él le dijo que no, que la dejara encendida ya que quería verla. Mi corazón palpitaba a mil por hora pensando en lo que mis ojos pronto comenzarían a observar.

Lentamente él se echó encima de Amalia y comenzó a besarla con frenesí. Sus inquietas manos no tardaron en trasladarse a los exiguos pechos de mi vecina y firmemente se dedicó a masajearlos buscando que sus pezones se marcarán de sobremanera sobre su ropa. Mientras su boca recorría el cuello de ella no dudó en bajar el escote del top para mostrar un pequeño pecho coronado por un pezón duro y puntiagudo que empezó a lamer con voracidad (entonces me di cuenta de que con tan poco pecho no usaba sujetador). La cara de Amalia era la viva expresión del placer, esta chica lo hacía poco y cuando lo conseguía tenía que disfrutarlo al máximo. Su jefe enseguida se dispuso a lamer ambos pechos por igual, apretando sin compasión los pezones de ella entre sus manos y provocando su disfrute sin medida.

Cuando la mano de aquel desconocido hombre se introdujo bajo la falda de mi vecinita, mi verga estaba a punto de explotar, por lo que no dudé en empezar a frotar mi mano sobre mis pantalones buscando que se endureciera todo lo posible.

Mientras tanto él seguía moviendo su mano en la entrepierna de ella que y empezaba a gemir como señal del placer manual que recibía. Sin dejar de lamer sus pequeñas tetas levantó con su mano la falda hasta la cintura y pude ver mejor como su mano se perdía por dentro de su pequeño tanga negro frotando su palma de un lado a otro contra el coñito de Amalia.

Sin poder apuntarme saqué mi herramienta de mi angosta bragueta y comencé a jugar con ella a la vez que disfrutaba del espectáculo. No podía moverme mucho por temor a caerme y tampoco quería terminar antes que ellos, así que me dediqué a jugar con mi glande haciendo que mi polla creciera hasta límites insospechados.

Los jadeos de Amalia se hicieron más notorios y sus gemidos más alargados señal de que estaba a punto de correrse. Besándose con fuerza su aliento le transmitió a él que había llegado al orgasmo y los fluidos que empaparon su mano y el tanga de ella que había sido magnífico.

Dejando que ella se recostará sobre la cama él le quitó sin esfuerzo el tanga y poniendo la falda a la altura de su pecho comenzó lamer despacio la entrepierna de mi vecina. Mientras que con dos dedos separaba sus labios vaginales para dejar al descubierto su clítoris, su lengua lo lamía sin descanso haciendo que Amalia se mordiera los dedos y los labios para no gritar de placer. Luego poco a poco introdujo un dedo en su coñito y lo fue moviendo al ritmo que imponía su lengua.

Mi mano se movía arriba y abajo por toda mi herramienta, mi corazón no dejaba de enviar sangre impulsado por la excitación conseguida por la escena de sexo que observaba a escasos metros. Con un poco de saliva conseguí lubricar mi verga y comenzar a gozar plenamente del momento masturbatorio con el que me estaba entreteniendo.

Pellizcando su clítoris con la yema de sus dedos y castigándolo con su lengua Amalia no pudo resistir mucho más tiempo antes de volver a correrse mientras su jefe movía frenéticamente su dedo en el interior de su vagina. Esta chica había tenido dos orgasmos en un instante y aun él no había empezado en serio.

Poniéndose de pie Amalia se desvistió por completo ayudando luego a su jefe a hacer lo mismo. Mientras él se mantenía de pie junto a ella, que se encontraba sentada al borde la cama, comenzó a tocar su paquete buscando que se pusiera duro cuanto antes. Ella no dudó en ayudarle cogiéndolo con sus manos e introduciéndoselo en la boca hasta el fondo. Chupando como una loca su cabeza se movía rápidamente consiguiendo que el miembro que succionaba se fuera endureciendo poco a poco, entonces lo sacó de su boca y comenzó a lamerlo arriba y abajo. Mientras con una mano lo sacudía haciéndole una buena paja con la otra Amalia no dudo en ponerse a jugar con su clítoris frotándoselo con fuerza arriba y abajo. De vez en cuando chupaba su mano para humedecerla más y volver a tocar su caliente conejito. La cara de su jefe era todo un poema, disfrutando del placer de una buena mamada.

Desde mi recóndito escondrijo solo podía sentir envidia por aquel tipo y por poder gozar de las artes amatorias de aquella rubia de bote, mientras que yo me tenía que contentar con masturbarme solo. ¡Que no hubiera dado por cambiarme por él!

Cuando estuvo preparada se tumbó haciendo que él la penetrara hasta el fondo de una sola tacada. Las uñas de ellas recorrían sus espalda y sus labios se encontraban para hogar los pequeños gritos que mi vecina comenzaba a expulsar de su garganta. De vez en cuando se oía los jadeos de él por el esfuerzo cometido. Sin preocuparse porque yo vivía debajo comenzó a jadear sin reparo cada vez que las embestidas de él incrustaban más y más su pene en su vagina. Llegué a pensar incluso en que todo el ruido que hacía ella era a propósito para fastidiarme e indicarme que era campo vedado. Con un nuevo y sonoro orgasmo Amalia puso punto y final a esa postura mordiendo el cuello de su amante para no gritar más aun de lo que ya lo hacía.

Luego dándole la espalda se sentó sobre él y comenzó a cabalgar sobre su polla mientras se pellizcaba los pezones. El morbo de pensar que estaba viendo a mi vecina desnuda, siendo follada de esa manera por aquel hombre y todo sin que ellos supieran que los observaba me excitó más aun si cabe. Mi mano estaba dando buena cuenta de mi duro miembro que pedía a gritos poder entrar en el negro conejito de Amalia. Ella indiferente a lo que yo pensaba continuaba disfrutando sobre él mientras su cuerpo se arqueaba gozando perdidamente. Apoyando sus manos en las rodillas de él comenzó a botar de manera más brusca y seguida acompañando cada movimiento con una exhalación de placer que la llevaron a correrse de nuevo.

Esta vez su jefe la que sujetándola para que su polla no se saliera de su coño él que decidió la postura para continuar. Hizo que ella se pusiera frente a mí a cuatro patas y empezó a empujar apoyando sus manos en sus caderas. Cada embestida hacía que Amalia abriera la boca queriendo gritar de placer. Previendo que se acercaba el fin aceleré el ritmo de las sacudidas que polla estaba recibiendo procurando no hacer ruido alguno para no ser descubierto. Intentando aparentar que era yo el que la follaba marqué el mismo ritmo que los empujes de su jefe imponían a Amalia. La primera de tres de en correrse fue ella de nuevo y luego casi a la vez lo hicimos él y yo. Mi esperma manchó la pared de la casa y luego cayó sobre el tejadillo. Respirando entrecortadamente por el orgasmo que acababa de tener pude ver como los amantes se besaban apasionadamente regalándose caricias y abrazos.

Cuando todo finalizó Amalia apagó la luz para poder dormir abrazada a su amante. Como hasta ese momento, sin hacer ruido, me deslicé por la ventana de mi habitación y guardé la banqueta que me había ayudado a contemplar la excitante escena visualizada momentos antes, espiando la intimidad ajena.

Desde el día siguiente no miré de igual manera a Amalia cuando nos cruzábamos en la escalera de casa. Mi penetrante mirada hacía que ella se extrañara y su mirada reflejara un desconcierto ante mi leve sonrisa picarona. Por desgracia cada vez que su jefe la visitaba seguía apagando la luz del cuarto dejándome sin el magnífico espectáculo que era poder ver su cuerpo contorneándose y disfrutando de una noche de sexo sin freno. Así que me tenía que contentar con oír de nuevo sus gemidos y masturbarme pensando en como ella estaba gozando.

Tiempo después se fue a vivir con él dejando el piso superior vacío durante una temporada, hasta que por desgracia fue ocupado de nuevo por una pareja de ancianos. Al menos conseguí dormir más tranquilo sin el ruido de los añorados tacones de Amalia.

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