Mi linda mulatita


De como una mulata cubana me enseña los placeres prohibidos de la isla caribeña.

Mi segundo relato sobre mis vivencias en la isla de Cuba también discurre en la ciudad de La Habana. Es ésta una ciudad que ha sabido adaptarse a su situación de desamparo y buena parte de la culpa la tienen sus habitantes. El habanero es una persona amable, sincera y cálida cuando su interlocutor es alguien que le corresponde de igual manera, cuando no es así se vuelve pícaro, meloso y embaucador. Son la dos maneras de tratar a los que visitan su país, por un lado turistas anglosajones a los que desplumar ya que no les importa la cultura cubana y solo buscan la fiesta, y por otro lado los "gallegos" que viajamos de la madre patria España y que nos encontramos con las raíces de nuestra propia cultura en un lugar tan lejano del planeta.

Durante mi viaje de estudios siempre traté de que me trataran de la segunda manera y que no me confundieran con un simple turista sexual al que sacar los cuartos. Para ello siempre desconfiaba de las primeras impresiones y me mantenía en recelo por si la otra persona lo único que buscaba era comida y bebida gratis, mi ropa vieja usada o cobrarme más caro por algún objeto falso o de escaso valor. Las personas cuyo único interés era que hicieras llegar una carta a algún familiar suyo en España, que te pedían medicamentos que no se podían conseguir en la isla sin pagar el sueldo de tres meses o que simplemente te pedían a hurtadillas que les contaras como iba el mundo fuera de la censura de sus fronteras, esas, eran bellísimas personas que te mostraban realmente el sentir y el devenir del pueblo cubano.

Llevábamos ya tres días deambulando con mis amigos por la capital y el cansancio se empezaba a notar. Durante todo este tiempo solo habíamos comido (langosta sobre todo), bebido mucho ron (mojitos a go-go) y bailado hasta el amanecer. Entre fiesta y fiesta le comíamos horas al sueño para hacer turismo y ver la ciudad entre otras cosas, además habíamos llevado medicamentos de una ONG a la isla y teníamos que repartirlos en las casas asignadas. En definitiva aprovechábamos el tiempo al límite y dormíamos cuando el cuerpo no podía más (creo que a esas alturas solo había dormido un par de horas repartidas en siestas antes de la cena).

Aquel día habíamos visitado todo el casco viejo de la ciudad y cuando nos dirigíamos a coger un taxi para volver al hotel encontramos una terraza ideal cerca del Capitolio, así que decidimos echar un último refrigerio antes de emprender la marcha. Consistía nuestro grupo en seis personas: mi mejor amiga y tres chicas más, y otro chaval que siempre nos acompañaba. Es importante que las mujeres extranjeras no vayan solas por La Habana, no por inseguridad, sino para demostrar que ya tienen acompañante y quitarse moscones de encima. El sitio en sí podía clasificarse de alto-standing para los cánones cubanos, pero para un occidental no pasaba de la típica terraza de verano madrileña. Al final pudimos sentarnos todos en una mesa y pedir algunas bebidas.

Íbamos a marcharnos ya para el hotel cuando una banda de música comenzó a tocar en directo, así que decidimos pedirnos otra copa y ver el espectáculo. Mi atención más que en la banda se posó en la pista de baile. Dos jovencitas mulatas bailaban al son de la música y contorneándose de mala manera. Era un puro placer poder verlas bailar de esa manera tan sensual y rítmica como solo los cubanos con su sangre caliente saben hacerlo. Ella también se percató de mis miradas y sin ningún recato continuó bailando mientras me miraba fijamente. Cuando la música terminó cogió a su acompañante de la mano y se dirigió a nuestra mesa.

- Os importa que nos sentemos con vosotros. – dijo alegremente.

Ya no había mesas libres en el local pero sí sillas, así que cogieron un par de ellas y se sentaron a mi lado. Lógicamente las chicas del grupo sacaron los dientes como lobas al ver invadido su territorio de una manera tan descarada pero el desparpajo mostrado por Luisa, así se llamaba la chica en la que me había fijado, y su amiga enseguida terminó con todo recelo por su parte.

La conversación como siempre discurrió por los mismos canales que con el resto de habitantes de la isla y cuando decidí invitarlas a una copa nos extrañó que le pidieran la documentación. Como ya he dicho antes nuestras acompañantes eran muy jóvenes y nos enteramos que ese día era su decimoctavo cumpleaños (la mayoría de edad y la posibilidad de entrar en locales como ese) y había salido a celebrarlo con su mejor amiga. Ese hecho nos demostró que tampoco eran dos gineteras (prostitutas juveniles) que buscaban rollo con los dos chicos del grupo. Al final con tanta tontería pedimos que nos dejaran una botella de ron sobre la mesa y encargamos algunas cosas para cenar ya que se nos había echado la hora encima sin darnos cuenta. Luisa se mostró una persona abierta y risueña que disfrutaba como una loca de ese gran día que era aquel; cuando volvieron a poner música de fondo ni ella ni su amiga no se cortaron un pelo en sacar a bailar a mi amigo y todas las chicas para enseñarles como moverse adecuadamente en una pista de baile cubana. Cuando llegó mi turno me tocó bailar con su amiga pero no perdía ojo de lo que Luisa hacía a un metro de mí.

Cansadas y sudorosas las chicas decidieron volver de una vez al hotel a cambiarse y quedamos después en la puerta de un garito donde continuaríamos la marcha. El otro chico se quedó acompañándome y también porque había comenzado a trabajarse a la amiga de Luisa con la que no había parado de hablar en toda la noche.

Cuando Luisa me pidió volver a bailar me negué en redondo por el cansancio que acumulaba y mi mal hacer en lo que a bailar se refiere, así que cogió a su amiga por la mano y salió disparada hacia la pista de baile. Podría describir a Luisa como el sumun de la belleza caribeña mezclado con la cara angelical que su edad recién cumplida le proporcionaba. De estatura media su cuerpo delgado acentuaba sus curvas haciéndola una mujer escultural propia de la portada del Sport Illustrated especial bañadores. La combinación de su pelo moreno, sus ojos marrones, y su piel suave y morena propia de su mezcla racial hacían un conjunto grandioso de contemplar. El vestido color sepia que lucía (y que luego me enteré que había sido el regalo de cumpleaños de sus padres) hacía que su culo respingón me hipnotizara con su movimiento cada vez que sus caderas se movían siguiendo el ritmo de la música.

Cuando pararon de bailar volvieron a sentarse con nosotros y continuamos la charla hasta que llegada la hora decidimos movernos hacia el otro lugar en el que habíamos quedado con nuestras amigas.

- Me hace mucha ilusión entrar en este local, – me comentó Luisa a las puertas de la discoteca – es mi primera vez. Siempre había querido tener la edad suficiente para poder hacerlo y no sabes lo que me alegra poder hacerlo.

- Seguro que nos lo pasamos bien. – fue lo único que acerté a articular. Entonces sin esperármelo sus labios se encontraron con los míos fugazmente.

- Gracias. – me susurró y una gran sonrisa iluminó su rostro.

Una vez dentro del sitio puse en práctica todo lo que me había enseñado anteriormente y a día de hoy puedo decir que a ella le debo mis torpes bailes en las salas de fiesta. Durante toda la noche bailamos, charlamos, y nos besamos sin descanso. El amanecer anunció el fin de la fiesta y el inicio de la marcha de regreso al hotel; pero yo no quería que esa mágica noche finalizara así que mientras mis amigos volvían al hotel yo le propuse a Luisa pasear un rato por el malecón y así lo hicimos. Juntos, abrazados, vimos la salida del sol y como la ciudad comenzaba a despertarse y volver a su actividad normal.

Pensaba yo, con mi mentalidad occidental, en acompañarla a su casa para que no volviera sola a su casa cuando fue ella la que me propuso ir allí a estar más cómodos ahora que sus padres habían salido a trabajar y no estaban. Andando nos introdujimos en las más recónditas callejuelas de La Habana mientras pensaba de lo inseguro de mi actuación. En cualquier momento podían asaltarme y desplumarme y n siquiera sabría donde estaba para poder pedir ayuda. Todos mis miedos finalizaron cuando llegamos a la destartalada vivienda donde vivía. Un piso pequeño en la segunda planta de un edificio anodino en mitad de la ciudad vieja. La decoración, al igual que otras muchas cosas de la isla, recordaba a la España de los años 40 y 50, pero poco pude ver porque Luisa me llevó corriendo de la mano a su habitación y me tumbó sobre la cama para echarse sobre mí y comenzar a besarme apasionadamente.

Sin poder resistirme mis manos se perdían por las suaves piernas de Luisa buscando llegar a tocar ese culo esquivo que tanto ansiaba. Para facilitarme la tarea ella se puso en pie y de despojó del vestido mostrándome sus pequeños senos oscuros ya que no usaba sujetador. Un pequeño tanga blanco ocultaba su ardiente sexo. Sin dejar de besarnos Luisa se abalanzó sobre mí y comenzó a quitarme el polo que llevaba y a desabrocharme los pantalones para quitármelos. Yo no dejaba de pasar mis manos por su espalda acariciándola y jugueteando con su larga melena morena. Entonces la tumbé sobre la cama y le sujeté las dos manos indicándole que me dejara hacer. Lentamente fui tocando su rostro con la punta de las yemas de mis dedos y jugueteando con sus labios, tratando de no dejar que ella mordiera mis dedos cuando lo intentaba. Luego bajé por su cuello y muy despacio dejé que mis dedos marcarán circunferencias que se cerraban sobre sus senos hasta que mis dedos llegaban a rozar la punta de sus pezones. Entonces me dediqué a jugar con ellos hasta que se endurecieron tanto como mi pene en ese momento. Mi mano continuó bajando, pasando por su vientre y parándose para enredarse con la goma de su tanga. Podía notar por el tacto los negros pelos de su pubis escondidos bajo aquel insignificante trozo de tela, así como comenzaba la raja de su vulva que escondía su monte de Venus. Marque con mis movimientos los labios de su vagina sobre el tanga para luego ponerlo a un lado y poder tocar libremente su húmedo conejito. Mis besos, y sobre todo mi lengua, apagaban los gemidos de gozo que su garganta emitía cada vez que mis escurridizos dedos pulsaban su clítoris. Para cuando me entretuve en jugar con los labios de su vagina mi boca no dejaba de lamer y chupar sus pechos buscando que el placer que obtuviera fuera infinito. Con mucho cuidado mis dedos se introdujeron en su fogosa cueva y comenzaron a explorarla con movimientos circulares. Su respiración entrecortada hizo que mis dedos de repente comenzaran a entrar y salir de su coñito buscando que alcanzara un genial orgasmo que hizo que se estremeciera de arriba abajo. Sonriendo me miró a los ojos y me besó dulcemente. Entonces hizo que me tumbara y me devolvió el favor.

Justo después de deshacerse del tanga me bajó mis boxers y tumbada a mi lado agarró mi verga con delicadeza y empezó a acariciarla buscando que alcanzara su máxima envergadura al excitarme. Cuando lo consiguió la introdujo lentamente en su boca y comenzó a succionar como si de un helado se tratara. Los besos en mi glande se intercalaban con largas lamidas de su lengua a lo largo de mi herramienta cosa que hacía que me volviera loco de placer, luego la volvía a introducir en su boca y simulaba hacerme una paja con su labios. Yo mientras tanto seguía tocando sus bajos descuidadamente como podía y cuando la postura lo permitió volví a introducir mis dedos en su chorreante coño. Así estuvimos un buen rato hasta que tuve que hacer que parara para no tener un desliz que aguara la fiesta.

Sabía que ella estaba a punto para otro orgasmo así que deje que se recostara de nuevo y bajando desde su cuello hasta sus caderas besando y lamiendo su cuerpo caribeño, hinqué mi cabeza en su entrepierna aspirando los dulces olores que su sexo desprendía y saboreando con mi lengua los jugos que con su excitación desprendía. Pequeños mordisquitos y el roce de la punta de mi áspera lengua hicieron que sus caderas se contorsionaran cada vez que tocaba su clítoris. Sus entrecortados gritos de placer se mezclaban con frases como "hay que rico" y "dale mi amor", etc. Jadeando fuertemente llegó a un nuevo orgasmo que hizo que gritara y tirara de mi pelo como una posesa.

- Dámela toda mi cielo. – dijo mirándome a los ojos.

Tras enfundarla en un preservativo me coloqué sobre ella y poco a poco fui introduciendo mi polla en su ardiente conejo. Un pequeño grito de dolor hizo que estuviera a punto de retirarla ya que el grosor de la misma dificultaba entrar en su estrecha cueva. Así que de nuevo lentamente la introduje cuando ella asintió dándome su beneplácito. Una vez dentro de ella estuve un rato quieto besándola y mordisqueando sus pezones esperando así que se acostumbrara para luego comenzar a moverme sobre ella de forma muy despacio. Luisa me miraba fijamente con sus grandes ojos marrones, los cuales cerraba cuando mordía sus labios para no dejar escapar los gemidos que pugnaban por salir de su garganta. La mulata acompañaba mis movimientos pélvicos con los de su cadera buscando que no nos separáramos ni un solo centímetro. Su cuerpo moreno, sudoroso, se mostraba espléndido a mi vista y hacía que me excitara más aún si cabe. Poco a poco mis movimientos se hicieron más rápidos tratando de seguir el ritmo que su respiración me marcaba con cada embestida. Nuestros alientos se entremezclaban con cada beso y nos regalábamos jadeos y gemidos al oído cuando nuestros cuerpos se tocaban mutuamente. Agarrado a su pecho como si de un salvavidas se tratara mis sacudidas en su interior hicieron que Luisa comenzara a gritar y pedirme más rapidez para poder llegar a su tercer orgasmo. Cuando así lo hizo tuvo que morder mi hombro para que el grito pasional no despertara a toda la escalera de vecinos.

Nos concedimos un momento de respiro para luego volver a la carga. Esta vez fue ella la que se colocó sobre mí tratando de imponer, al igual que en el baile, el ritmo. Lentamente comenzó a balancearse adelante y atrás frotando su clítoris contra mi vientre a la vez que mi pene se incrustaba más y más hondo en su húmedo coñito. Sus manos sujetaban a las mías para que tocara su tersa piel morena y juguetearan con sus oscuros pezones. Con pulso firme y ritmo increscendo me fue guiando lentamente hasta la cota más alta del placer. Cuando yo buscaba acelerar ella me sujetaba con sus piernas y me mantenía a raya. Cuando vio que yo ya no aguantaba más aceleró el compás e hizo que su último orgasmo se confundiera con el mío y que yo gritara un SÍ con toda mi alma para luego abrazarme a ella mientras mi verga descargaba toda su leche en su interior. Tras besarnos y tocarnos suavemente sin hablar nos quedamos dormidos plácidamente.

Cuando desperté el mediodía hacía tiempo que había pasado. Debía ponerme en contacto con mis compañeros para que no se preocuparan por mí pero no sabía como hacerlo. Luisa se despertó y cubrió su desnudez con un short y un top de colores chillones. Luego me invitó a desayunar. Para mi sorpresa en el salón de la casa estaban sus padres comiendo tan tranquilos como si fuera lo más normal del mundo que su hija de dieciocho años saliera de su habitación con un estudiante español cogido de la mano. Creo que mi cara de susto bastó para declarar mis intenciones y ellos amablemente me invitaron a sentarme a la mesa y compartir una fugaz comida y una buena charla de sobremesa. Tras intercambiar nuestras direcciones para escribirnos me despedí para volver a mi hotel donde descubrí a mis compañeros durmiendo a la bartola en la piscina. Preguntas y sonrisas pícaras en cada broma hicieron que este terminara este maravilloso capítulo de mi vida.

Como siempre espero que os haya gustado. Espero vuestras cartas y vuestras críticas o comentarios. La semana que viene más.

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