No todo es oro



De cómo se aprende a ser persona.

Hubo una época en la que era un verdadero cabrón. Quizás suene duro escuchar algo así pero también es más duro reconocerlo uno mismo. Sé que no hay excusa posible para ciertos comportamientos pero en aquel período de mi vida la verdad es que no me importaba en absoluto.

Justo cuando salí muy mal parado de una relación amorosa mi primer objetivo fue (estúpido de mí) resarcirme de todas las mujeres que había sobre la faz de la tierra. Coincidió que por aquel entonces los hados me habían tocado con su varita o que me había salido una flor en el culo, pero chica a la que me acercaba chica con la que me iba a la cama. Ahora me arrepiento de haber tratado a muchas de ellas como un mero trozo de carne pero aun así aprendí mucho de aquella experiencia y saqué conclusiones que hoy en día me siguen sirviendo.

Fue un verano cualquiera en el que fui con unos amigos a la Manga del Mar Menor. Alquilamos un apartahotel entre varios y nos corrimos juntos la gran juerga.

Ella era la camarera del chiringuito de la playa, la hija del dueño para más señas, y gracias a su respuesta me devolvió a la cruda realidad de lado humano que tenían las personas con las que trataba.

Éramos cinco los chicos que compartimos durante aquellas dos semanas aquel sencillo apartahotel cercano a la costa del Mediterráneo. Nuestro "horario" habitual era levantarse cuando el sol ya estaba bien alto, bajar a la playa para seguir dormitando la resaca del día anterior, comer algo rápido (pasta, pizza, carne a la brasa), jugar al fútbol o al volley-playa, bañarse en la piscina, cenar y salir de fiesta. Todos nos conocíamos desde pequeños, y todos estábamos solteros por aquel entonces. Jóvenes universitarios deseosos de comerse el mundo al año siguiente.

El bar de Macu estaba justo enfrente, cruzando la calle que separaba nuestra modesta vivienda de la playa. La mitad del bar daba a la playa convirtiéndose en un chiringuito por las mañanas y la otra mitad era un sobrio bar de copas con mesas de billar y futbolines. Nuestro periplo nocturno de fiesta y desfase comenzaba siempre allí, tomando algunas cervezas y echando algunas partidas al billar. A veces si volvíamos temprano de la discoteca o no teníamos ganas de ir lejos nos tomábamos algunas copas sentados en la arena de la playa hasta que cerraban el garito.

Como ya he dicho Macu, Inmaculada, era la hija del dueño y en verano (por lo que supe después) ayudaba a su padre antes de volver a Murcia a estudiar en la universidad. Desde que la vi por primera vez no pude quitar mis ojos de la redondez de sus curvas. No era muy alta pero poseía uno de los mejores traseros que he visto en mi vida. Su larga melena morena de pelo rizado y sus grandes ojos oscuros resaltaban más al contrastarse con su fina piel blanca. Pero lo que más me llamó la atención de ella era que siempre sonreía, que siempre tenía una broma que contar o unas risas que compartir. Fue aquella primera noche cuando decidí que aquella chica debía pasar por entre mis brazos. Nunca me preocupó su persona o el daño que pudiera hacerle. Siempre que hablaba con ella, le gastaba alguna broma, le pedía una copa o me quedaba mirándola lo hacía pensando en como sería tenerla desnuda sobre mi cama.

Si alguna vez habéis tratado de ligar con una camarera os habréis dado cuenta de lo estúpidos que podemos llegar a ser los hombres cuando vamos tras unas faldas. Vamos, reconocedlo, es el mejor plan, una mujer guapa (casi siempre) y que encima trabaja en un bar: Sexo y alcohol asegurado. El problema es que todos los tíos pensamos igual y son muchos los babosos que a lo largo de una noche tratan de ligar con una camarera para que ésta les invite a una copa o traten de conseguir el llevársela a la cama. Resultado final: todo el que lo intenta se queda con un palmo de narices. La mejor apuesta entonces es hacer todo lo contrario, pasar de ella. En mi caso funcionó.

De forma cortés pero sin entrar en halagos cada noche la trataba como si no me importara en absoluto. Cuando ella se encontraba de espaldas no paraba de mirarla pero cuando se giraba la mayor de las indiferencias ocupaba mi rostro. Solo cuando una noche la oí como comentaba con un amigo que si ella me caía mal porque casi no le prestaba atención entonces decidí pasar a la acción.

Sentado en la arena de la playa disfrutaba de una cerveza contemplando el mar y las estrellas. El resto de la gente estaba dentro del bar jugando al futbolín. Macu salió a descansar y tomar un poco de aire fresco, se encendió un pitillo y se sentó en un escalón detrás mía.

- Hola. – me saludó fríamente levantando la mano que sujetaba el cigarro.

- Hola. – contesté volviéndome y levantando la botella de cerveza. - ¿Puedes sentarte a mi lado si quieres? No muerdo.

Tuvo que pensárselo un par de veces antes de levantarse y sentarse a mi lado sonriendo.

- ¿Cansada? - pregunté.

- Sí, mucho curro. Ahora es cuando la cosa empieza a decaer y puedo salir a tomar un respiro. – me respondió.

- Sé lo que es esto. He trabajado en lo mismo una larga temporada…

Ese fue el comienzo de una larga conversación que finalizó cuando estaban a punto de cerrar el bar y su padre la llamó para que la ayudara a poner los taburetes sobre la barra. Con un hasta luego me despedí de ella a lo que contestó que esperaba verme al día siguiente.

Aquel día no fuimos al bar porque decidimos ir directamente a otro pueblo cercano. No habían hablado de la marcha que había en el puerto y decidimos comprobar si era cierto. No fue hasta el día siguiente que volvimos a ir por el bar de Macu.

- Ayer me quedé esperando. – fue lo primero que salió por su boca cuando me vió pedir una copa en la barra.

- ¿Tantas ganas de verme tenías? – le pregunté sarcástico.

Su cara fue todo un poema antes de darse la vuelta y no volver a dirigirme la palabra.

Como cada noche tomamos la primera allí y luego nos fuimos a la discoteca de turno. Justo antes de comenzara a amanecer volvimos para tomar una última cerveza y jugar una partida de billar. Cuando volvimos a aparecer Macu siguió sin hablarme y solo cuando me acerqué a la barra y me senté enfrente suya cambio su rictus de malhumor y me habló:

- ¿Sabes? A veces eres un poco gilipollas.

- ¿Solo a veces?

- El otro día me pareciste un chico majísimo y hoy te has mostrado como un auténtico capullo. – me sermoneó.

- No tienes que hacerme mucho caso, ya te dije que era un chico muy problemático. – le contesté.

- ¿Ah sí? – preguntó curiosa. Su faz cambió por completo y se acercó más a mi esforzándose por no sonreír - ¿Y que has hecho para creerte un chico tan malo?

- Ayer perdimos el último autobús y abrimos un coche para llegar hasta aquí. Luego lo aparcamos enfrente de un garaje y llamamos a la policía para que lo recogiera porque impedía el paso. – le conté.

- Estas mintiendo, no hicisteis nada de eso. – su voz era mitad curiosidad y mitad incredulidad.

- Pregunta a cualquiera de ellos si no te fías.

Otra vez comenzamos a hablar y sin darnos cuenta el bar se quedó vacío, mis amigos también se largaron y me quedé allí sentado mientras ella y otro camarero recogían. Avisando de que ella cerraría el bar se despidió de su compañero y cerró la puerta cuando este se fue.

- ¿Un billar? – le pregunté mientras me apoyaba en la mesa de juego terminando mi última cerveza.

- No gracias, no me apetece. – dijo mientras se acercaba a mi.

Torpemente me cogió una mano y entrelazo sus dedos con míos. Yo no paraba de mirarla a los ojos deseoso de que todo aquel juego finalizara de una vez. Ambos nos deseábamos y ya no lo ocultábamos. Nuestras bocas se buscaron y nuestras lenguas de cruzaron desesperadas. Compartimos nuestra saliva mientras mis manos se movían presurosas en pos de ese magnífico trasero que vi el primer día. Mientras mi mano se introducía por debajo de su camiseta acariciando su dulce espalda Macu se abrazaba a mí como si no quisiera dejarme escapar. Cuando cogí más confianza no dudé en introducir mi mano por dentro de su pantalón y tocar la delicada carne de su culito oculta bajo un fino tanga blanco. ¡Que delicia!

Poco a poco conseguí ir colocándola más hacia un lado para que la mano que rozaba su espalda tuviera libertad de movimientos y se escurriera fugitiva hacia la redondez de sus senos. Oprimidos bajo el apretado sujetador esperaban ansiosos a que mi mano los acariciara toqueteándolos y jugando con ellos. Cuando conseguí pellizcar sus pezones Macu gimió en mi oído mientras yo le besaba el cuello. Sin dudarlo entonces baje mi mano y comencé a pasarla por su vientre disimuladamente para luego comenzar a desabrochar uno por uno los botones de sus vaqueros. Delicadamente pasé mi mano por debajo del tanga y pude comprobar la calentura y la humedad de su conejito bajo la pelambrera de su entrepierna. Frotando la palma de mi mano contra su clítoris busque incrementar su excitación y conseguir que su vagina no parara de segregar fluidos que mojaron su diminuto tanga. No sé cuanto tiempo llevaría Macu sin disfrutar de su cuerpo pero debía de ser bastante ya que me lo demostró corriéndose casi al instante sobre mi mano. Noté como su cuerpo se ponía tenso cuando el orgasmo la recorrió de arriba abajo.

Intercambiamos nuestras posiciones y esta vez fue ella que se apoyó sobre la mesa de billar antes de sentarse sobre ella. Presuroso la ayude a que deshiciera de la camiseta a la vez que le desabrochaba el sujetador y liberaba por fin sus amplios pechos. Sonriendo maliciosamente los cogí con ambas manos y los lamí apretándolos firmemente. Sus pezones respondieron a las caricias de mi lengua poniéndose duros al instante. Macu aprovechó que estaba entretenido para despojarme de mi polo y arañar mi espalda desnuda.

Echándola hacia atrás hice que se tumbara sobre el tapete verde y con cierta dificultad conseguí quitarle los pantalones vaqueros que llevaba. Macu me miraba con deseo mientras yo la contemplaba allí tumbada y únicamente vestida con aquel tanga que pronto también despareció tirado en el suelo. Sabiendo que iba a hacer levantó las rodillas y entreabrió los muslos aceptando gustosamente que mi cabeza se colara entre ellos. Mi rauda lengua buscó su clítoris entre los pliegues de sus labios. Cuando lo encontré un profundo quejido salió de sus labios y me dio la señal de salida para comenzar el festín que me iba dar saboreando los fluidos de su coñito. Una y otra vez mi lengua recorría su húmeda rajita para luego entretenerse en su pequeño botón y llevarla al séptimo cielo repetidas veces. El comienzo de una serie continuada de gemidos hicieron que apretara el paso con mis lametones y pronto el orgasmo la llenó de nuevo haciendo que se corriera salvajemente e inundando mis fosa nasales con su olor a mujer.

Mientras Macu se recuperaba yo aproveché para despojarme de mis pantalones. Su sonrisa acompañó mis movimientos cuando me colocaba un condón sobre mi dura verga y la colocaba a ella sobre el borde la mesa, dejando que sus pies colgaran flácidos de ella. Despacio introduje mi pene en su conejito dejando tiempo para que se acomodara a su grosor. Luego comencé a perforar su cueva mientras ambos disfrutábamos del momento. Mis embestidas fueron menos delicadas cuando el ardor se incrementó al poner ella sus piernas sobre mis hombros. Fue entonces cuando mi polla la penetró hasta el fondo y ella comenzó a gozar como una loca. He de decir que en semejante postura casi tenía que ponerme de rodillas para alcanzar a la altura de la mesa, pero la incomodidad del momento me ayudó a no correrme y a disfrutar cuando comprobé que ella sí volvía a hacerlo y que su cara se contorsionaba con la llegada de un nuevo orgasmo.

Creo que ambos dimos gracias cuando nos dimos cuenta de que no había ningún foco bajo sobre la mesa y que podíamos tumbarnos libremente sobre ella. El tacto suave del tapete rozaba la espalda de Macu. Sonriendo me dijo:

- Siempre había deseado hacer esto.

- Y ha tenido que venir un desconocido para que lo hicieras. – fue mi contestación.

Tumbándome sobre ella volvimos a la acción. Sus senos se movían al compás de mis embestidas y siempre que podía los apretujaba y los lamía con lujuria. Macu casi no abría los ojos ya. Se había dejado llevar por el momento y su respiración entrecortada inundaba dulcemente mis oídos. Ambos estábamos disfrutando de todo aquello claramente. Con un "espera" Macu se salió de mi y se puso a cuatro patas sobre la mesa de billar esperando de que yo tapara de nuevo su agujero. La visión de su trasero me puso a mil y con presteza volví a penetrarla sabedor de que aquello llegaba a su fin. Una y otra vez mis testículos chocaron contra su conejo cuando los furiosos movimientos de mis caderas hacían que mi polla la fustigara sin descanso. Pronto se alzó un nuevo coro de gemidos en el que mi voz se unió a ellos. Primero ella y luego yo nos corrimos llegando casi simultáneamente al orgasmo. Jadeantes, sudorosos, respiramos profundamente mientras descansábamos uno junto al otro.

Mientras nos vestíamos ni pude evitar fijarme que una mancha de nuestros fluidos se había quedado impresa sobre el tapete. Ambos nos echamos a reír cuando ella dijo que le comentaría a su padre que se había derramado una cerveza sobre ella. Ayudándola a terminar de cerrar el bar nos fuimos a desayunar y luego la acompañé a su casa antes de volver al apartahotel y conseguir dormir un poco.

Si os diera a elegir lo que hice las dos siguientes noches entre estas tres opciones: A) No hacerle ni caso. B) Que mis amigos bromearan sobre que estupenda era la mesa de billar. Y C) Presentarme en el bar con otra tía y largarme con ella cogida de la cintura cinco minutos después. ¿Qué elegiríais? Sólo los que dijeran las tres habrían acertado. Sí, lo sé, me comporté como un auténtico gilipollas, pero ello y la conversación que tuve con Macu el último día me ayudaron a que hoy sea una mejor persona de lo que era por aquel entonces.

Espero que te haya gustado amigo lector y ya sabes, si te interesa saber de que hablamos Macu y yo no dudes en escribirme con tus comentarios y críticas o agregarme al MSN para hablar tranquilamente.

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