Noche tormentosa


De como me lío con la novia de mi compañero de piso.

Muchos de mis lectores, y más aún las lectoras, han sabido relacionar dos de mis relatos (Algo más que Amistad y La Casa del Sol Naciente) y me han preguntado, o incluso apremiado, para cuando iba a contar la historia de mi relación con Luisa. He aquí ese momento.

Como ya sabéis por aquellos tiempos éramos cuatro personas las que compartíamos techo en aquella casa. Por un lado estaba Katia, a la que estaba muy unido como bien sabéis, pero por otro lado estaba la pareja formada por Luisa y Andrés. Pienso que desde un primer momento Luisa me encasilló y por eso me puso sobre aviso con respecto a mis intenciones para con Katia. No puedo decir que nos lleváramos mal, ni mucho menos, pero tampoco éramos los mejores amigos. No había feeling, no había complicidad alguna, nunca supe porqué… hasta el final.

Luisa era menuda, delgada, de piel muy blanca, con poco pecho y un buen culo, no resaltaría en la multitud sino fuera por su larga cabellera de pelo rojo ensortijado y sus grandes ojos azules. Llevaba varios años saliendo con Andrés y desde hacía más de cinco años convivían juntos. Eran una pareja formal a todos los efectos.

Sabiendo que no quería meterme en líos y teniendo a Katia rondando por la casa nunca me fijé demasiado en Luisa, solo lo que se podría considerar normal en un chico soltero como yo: algunas miraditas cuando se paseaba por la casa mostrando su generoso culito, algunos comentarios obscenos siempre y cuando Andrés no estuviera presente y algunas chanzas y burlas conjuntamente con Katia sobre si aparentaba más edad de la que tenía por portarse como una madre con ella.

Luisa era bastante reacia al contacto físico mientras que Katia era el caso contrario, así que el día que volví un poco más achispado de lo normal y la abracé tras un breve comentario suyo se quedó como si fuera de piedra. Era seria, formal y de una gran entereza por eso actos como se la descolocaban totalmente.

Durante meses la relación que mantuvimos fue bastante equidistante, tú ahí y yo aquí. Mientras que con Andrés había hecho buenas migas con ella me era más difícil entablar una conversación si estábamos los dos solos en la misma habitación. Luego me enteré que era así con todo el mundo, fue el día que conocí a su hermano y vi que Luisa era un tanto especial para las relaciones personales.

Un día fuimos a su pueblo por ser fiestas y acabamos durmiendo en su casa. Charlando con su madre mientras cenábamos y luego a solas en el desayuno me di cuenta que la coraza que Luisa mostraba al exterior era solo fachada, y que en verdad era una chica sencilla y tímida que asustada del mundo exterior se refugiaba en un alter ego que no dejaba entrever como era realmente.

El punto de inflexión fue la noche en la que Katia y yo dimos rienda suelta a nuestras emociones. No sabía lo que luego sucedería pero lejos quedaban de mi mente los actos que luego discurrirían debido a lo que pasó en aquella noche lujuria y desenfreno.

Faltaba poco para el verano y Andrés debía ir fuera del país por trabajo durante dos semanas. La convivencia entre los tres fue normal mientras él estuvo fuera. El primer fin de semana Katia decidió salir con sus amigos el sábado a la noche y Luisa y yo acabamos cenando solos en casa. Había alquilado una peli en el videoclub para después de cenar, no recuerdo cual, pero si que recuerdo perfectamente lo que hablamos mientras comíamos.

- ¿Qué pasa con Katia? – preguntó Luisa mirándome fijamente a la cara mientras dejaba de cenar.

- Nada que yo sepa. – contesté como si nada. En verdad no sabía a que se estaba refiriendo con su pregunta.

- ¡Cómo que nada! Y lo de la otra noche ¿qué? – esta vez fui yo el que dejó de comer quedándome con la boca abierta – No me mires así, se lo que pasó. Os pillé de lo lindo. – El tono de su voz era mitad enfado mitad sermón. – Fui al baño y escuché que estaba en su cuarto con alguien. Luego oí como su puerta se abría y se cerraba de nuevo, pero no oí la puerta de la calle después sino la de tu cuarto. ¿No tienes nada que decirme?

- ¡Hum…! - pensativo, dubitativo, me tomé mi tiempo para contestar – Sí, que no sé porque te enfadas. Ambos estamos solteros y sin compromiso. No veo que haya nada de malo en lo que hicimos.

El rostro de Luisa se tornaba de un color cada vez más rojo según la sangre acudía a él.

- ¿Cómo que no pasa nada? – su voz sonaba ya con un timbre cercano al grito – Aparte de que le sacas bastantes más años, que es tu compañera de piso y que yo misma te advertí de que no lo hicieras, no sé que más puede pasar.

- ¡Ah! Bueno, si solo es eso. – mi contestación no debió de sentarle nada bien a Luisa, la cuál debía de estar pensando que me estaba riendo de ella en esos momentos.

- ¿Cómo que solo eso? – volvió a acentuar.

- No pienso que haya pasado nada de lo que debamos arrepentirnos. – contesté pausadamente – Y si es eso lo que te preocupa, te diré que no vamos en serio ni nada de eso. Fue un momento… no sé como decirlo, una experiencia fugaz, algo breve, que ninguno de los dos tenemos intención de continuar.

Aquella explicación no calmó a Luisa que cada vez más iba perdiendo los papeles.

Te lo juro, por tu reacción parece como si le tuvieras envidia. – dije sonriendo. Luisa se puso en pie y resoplando por la nariz me dejó más solo que la una sentado la mesa y acabando la cena.

Al día siguiente no la volví a ver hasta que Katia ya estaba en casa. Cuando me preguntó si sabía que le pasaba comprendí que Luisa no le había dicho a Katia nada de nuestra conversación de la pasada noche.

Durante toda la semana Luisa estuvo distante, como una dolida y eso me hizo recapacitar sobre mi último comentario en aquella discusión. La pelirroja era una máscara, una armadura en sí y quizás aquello era una brecha en ella por la que había dejado escapar sus verdaderos sentimientos. Quizás había dado de lleno en la diana y el motivo de su enfado era que se sentía atraída por mí. No podía ser. Enseguida deseché la idea. Pero algo cambió en mi mente aquella semana que restaba con Andrés fuera de casa.

Sin apenas darme cuenta mis ojos la devoraban cada vez que pasaba a mi lado. Sutilmente me comporté de forma zalamera y aduladora no solo para aplacar su enfado sino también para estar más cerca de ella. Pronto mi mente comenzó a discurrir el como sería sentir su cuerpo menudo desnudo pegado junto al mío. Admito incluso en que llegué a masturbarme una noche pensando en ella.

Aturdido por mi propia actitud pensé que quizás a ella también le ocurría algo similar. Aunque su actitud fría no había cambiado hacia Katia o hacia mí había algo en su mirada que m hacía dudar sobre sus inquietudes.

Cuando el viernes regresé del trabajo me sorprendió no encontrar a nadie en casa. Un par de horas más tarde fue Luisa la que regresó y brevemente me comentó que Katia había ido a ver su padres ese fin de semana. Amablemente le pregunté por Andrés y me confirmó que volvería, como Katia, el domingo por la tarde.

Como la semana anterior cenamos a solas pero esta vez casi en silencio. Cuando un sonoro trueno rompió la quietud de la estancia Luisa se me quedó mirando pálida.

- Parece que se avecina tormenta. – dije tranquilo mientras un nuevo relámpago anunciaba la típica tormenta de primavera. Entonces levanté la vista y contemplé la cara aturdida de mi compañera de piso. – No me digas que le tienes miedo a los relámpagos. – dije casi sonriendo.

- Sí, ¿qué pasa? – contestó casi enfada recomponiéndose.

- Nada, nada… - me excusé mientras continuaba cenando.

Nunca había visto a Luisa tan nerviosa como aquella noche, cada vez que la luz parpadeaba anunciando un probable corte de suministro ella soltaba un pequeño grito de terror. Cuando decidimos ver una película que estrenaban en la televisión tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no correr a refugiarse a mi lado mientras duró la tormenta. Encogida, como hecha un ovillo en la esquina del sofá, Luisa se tapaba con una pequeña y ligera manta, quizás pensando que aquel objeto la protegería de las inclemencias del clima exterior.

Solo cuando la tormenta finalizó pudo Luisa tranquilizarse. Momentos después finalizó la película y yo decidí irme a mi cuarto a leer. Antes de retirarme a mi habitación le comenté que para lo que quisiera sabía donde encontrarme. Poco rato después oí como la puerta de su habitación se cerraba y supuse que buscaría cobijo bajo las mantas, aterrada como una niña pequeña. Me hacía gracia verla de aquella manera, ella la recta, la mujer fría, empequeñecida por una simple tormenta.

No recuerdo cuando el sueño pudo con mi consciencia y quedé profundamente dormido, pero si recuerdo como un trueno me sacó de mis ensoñaciones. Una nueva tormenta se avecina… y algo más.

Adormilado oí como mi puerta se abría y la voz de Luisa me llamaba desde el umbral.

- Alex, Alex… ¿estas despierto? – preguntaba una y otra vez.

- Ya no… - contesté medio grogui.

- Se ha ido la luz. – dijo Luisa nerviosa.

- Muy bien. Vete a dormir. – mi contestación fue mecánica, sin pensarla.

- ¡Joder! Hazme caso. Que se ha ido la luz. – dijo ella aterrada.

Incorporándome me despejé un poco y le hice verdadero caso.

- No pasa nada. Es de noche y mientras duermes no necesitas luces. Vete a dormir tranquila, el frigorífico aguantará el frío y la comida no se echará perder. – ese fue el pensamiento más lógico que podía extraer de aquella situación.

- Pero es que… - un nuevo relámpago iluminó la estancia y entonces pude divisar su figura apoyada en el quicio de mi puerta recortada sobre la oscuridad de la noche. Ataviada solamente con un corto y ligero pijama que se asemejaba un vestido Luisa movía sus pies entrelazados realzando el nerviosismo que la carcomía.

- No me lo digas. Necesitas dormir con la luz encendida… - contesté comprensivo.

- Por favor no te rías. – dijo ella temerosa.

- ¿Y qué quieres que haga? – os juro que mi respuesta no tenía malicia alguna.

El silencio se hizo de repente. Hasta que un nuevo trueno no lo rompió pude oír mi corazón palpitando en mi pecho cuando un fugaz pensamiento cruzó mi mente.

- ¿Quieres… que te haga un sitio aquí? – dije temeroso.

Mientras Luisa se pensaba mi proposición mi cerebro trabajaba a mil por hora pensando en las posibilidades de que lo que se avecinaba. Cuando Luisa pausadamente se acercó a mi cama fui levantando la manta, como invitándola a que se tumbara a mi lado, pero ella me sorprendió cogiendo mi mano e indicando que me levantara con un pequeño tirón de ella. Descalzo la acompañé en pos de su cuarto y su voz queda fue la que me advirtió cuando cruzamos la puerta de su habitación.

- Aquí estaremos más cómodos. La cama es más grande. – El contacto con su fría mano se me antojaba cálido, quizás motivado por la excitación que mi desbocado corazón estaba impregnando a todo mi ser.

Cuando ambos nos acomodamos, tumbados uno al lado de otro, en la cama Luisa me sorprendió de nuevo abrazándome fuertemente y postrando su cabeza en mi pecho. Entonces comprobé el grado de nerviosismo de la muchacha y como su cuerpo temblaba sin control, agitándose debido a la mezcla de excitación y terror.

- Por favor, no le digas nada de esto a Andrés. – dijo sin mirarme.

- No pensaba hacerlo, ¿me has tomado por loco? – si su novio se enteraba de aquella situación estoy seguro de que nos habría matado a ambos.

- A Katia tampoco. – volvió a hablar.

- Tampoco es tan grave… - comencé a decir.

- Por favor… - me interrumpió ella. El tono de sus susurros era de súplica.

- No te preocupes, soy una tumba. – la tranquilicé.

- Gracias. – y continuó cogida a mi como si fuera lo más normal del mundo.

No hace falta que os diga que en aquellos instantes mi cuerpo sufría una de las mayores erecciones que jamás había tenido. Sentir el cuerpo caliente de Luisa pegado a mí, su rostro tan cerca del mío, su respiración acompasada a la mía, solo conseguía que no pudiera conciliar el sueño como antes. Deseaba poseerla allí y en aquel preciso instante, sin que me importaran las consecuencias. La lluvia golpeaba fuertemente el cristal de la ventana y mi mente imaginaba mil y una variantes de lo que hacer con ella bajo aquella manta protectora.

Entonces se desató la verdadera tormenta.

Sin mediar palabra, sin esperarlo pero deseándolo fervientemente, Luisa posó sus labios sobre los míos. No se movió, no respiró, a la espera de saber mi reacción. Entonces yo le devolví el beso. Como si de la señal de salida de una carrera se tratara nuestras lenguas se buscaron ansiosas entrecruzándose amigablemente e intercambiando nuestras salivas. Sin dejar de besarme Luisa se colocó sobre mi a horcajadas mientras hundía su lengua lo más profundo posible en mi garganta. Mordía mis labios y buscaba el que yo lamiera su cuello una y otra vez consiguiendo llegar al mismo grado de excitación en el que yo ya me encontraba. Luego se incorporó y sacándolo por su cabeza se deshizo del liviano pijama.

No se veía mucho pero tampoco hizo falta. Imaginarme a la novia de Andrés mostrándome sus menudos pechos sentada sobre mi dura polla era más que suficiente para volverme loco. Podía sentir el calor de su entrepierna a través de su diminuto tanga y como suavemente se mecía sobre mi herramienta consiguiendo humedecer su ansioso coñito. Luisa cogió mi mano de nuevo y la llevó a sus labios besando mis dedos y jugando con la punta de su lengua con mis yemas. Luego la bajo por su cuello y la llevó directamente a su busto. Lentamente dirigía los movimientos de la palma de la mano sobre sus tetas haciendo que estas se endurecieron como yo jamás habría imaginado. Sus pezones, que yo comencé a frotar cuando tuve libertad de acción, eran como duras púas de deliciosa carne. Jugué tranquilamente con sus pechos, mientras oía su respiración entrecortada y sentía como su mano jugaba libremente con lo que la tela de su tanga escondía. Noté la humedad de su vulva sobre mis pantalones antes de que volviera a tumbar sobre mí y colocando su boca junto a mi oído comenzó a moverse arriba y abajo, frotando su cuerpo contra el mío mientras sus hábiles dedos recorrían las entrañas de su conejo. El delicioso olor a hembra que despedía se cuerpo se incrementó al correrse y la mística música del sonido que emitió su garganta proveniente de un trabajado orgasmo hizo que la abrazara con fuerza mientras se convulsionaba entre estertores.

Luisa se dejó caer a mi lado respirando fatigosamente. Sin dudarlo un instante bajó su tanga hasta los tobillos y dando pequeñas patadas se deshizo de él, quedándose completamente desnuda. Ni cinco segundos debieron de pasar antes de que Luisa volviera a colocarse sobre mí y con ansias nerviosas me despojara de la parta superior de mi pijama mientras yo trataba de lamer a duras penas sus pequeños pechos, luego bajo por mi torso y me quitó los pantalones y los boxers a la vez. Como una posesa se lanzó en busca de mi pene agarrándolo con ambas manos y succionándolo como si le fuera la vida en ello. No sé si se sentía culpable por lo que estaba haciendo, o si en realidad lo que hacía de verdad era cumplir una fantasía o un deseo prohibido, el caso es que yo solo pude estirarme y disfrutar de todo aquello.

Sus manos trabajaban agitando mis testículos a la vez que su lengua me hacía deliciosas virtudes que yo correspondía con estremecimiento. Su movimientos seguían iendo nerviosos y agitados por lo que tuve que pedirle que se calmara y fuera más despacio. Ella se tranquilizó y entonces pude gozar plenamente del sexo oral que me estaba proporcionando.

Yo seguía sin creerme que estuviera en la cama de Andrés disfrutando como un loco de su novia pero tal como llegó ese pensamiento se fue al instante ya que Luisa había dado por concluido su trabajo bucal al comprobar que mi verga y estaba lo suficientemente dura y lubricada para introducirla en su vagina. Colocándose de nuevo sobre mí comenzó a cabalgar mientras mis manos corrían presurosas hacia sus diminutas tetas. Luisa era liviana de peso y estrecha de útero por lo que sentir su culo golpeando mis piernas mientras mi herramienta se incrustaba más y más en su chorreante coñito era como llegar al séptimo cielo. Sus jadeos, mi respiración fatigosa, nuestros movimientos acompasados, todo era un uno que hizo que la pelirroja se corriera nuevamente y que sus gritos compitieran con los truenos de la tormenta al llegar el orgasmo. Tranquila reposó nuevamente sobre mi pecho unos instantes.

Había llegado el momento de que yo tomara la iniciativa pro antes debía de hacer otra cosa.

- ¿Dónde vas? – me preguntó sorprendida cuando la eché a un lado y me levanté de la cama.

- Ahora mismo vuelvo, necesito una cosa para poder continuar. – le contesté. Y con paso rápido me dirigí hacia mi cuarto en pos de un preservativo. Cuando regresé Luisa comprendió al instante lo que había hecho.

Tumbada sobre su espalda en la cama me eché sobre ella y la colmé de besos. Saboreé sus labios y aspiré el aroma a mujer que desprendía cuando devoré su cuello. Sus pechos resupieron a miel y sus duros pezones me parecieron la fruta prohibida cuando jugué con ellos y los mordisqueé. Mi lengua se deslizó por su plano vientre y pronto me encontré con la pelambrera de su entrepierna. Me hubiera gustado tener algo de luz y así saber si era de color tan rojo como su cabello. Delicadamente besé el interior de sus muslos y luego me centré en coronar los labios de su vulva con los juegos de mi lengua. No hay palabras humanas que puedan describir el sabor de una mujer pero lo que si os puedo decir es que no hay dos que sepan igual. El clítoris de Luisa pulsaba cada vez que la punta de mi lengua se retorcía sobre él y sus caderas se movían de un lado a otro resistiéndose al eterno deseo de volver a correrse. Con sumo cuidado introduje uno de mis dedos en su interior mientras devoraba amablemente sus labios inferiores. Hurgaba en su yo interior a la vez que relamía los jugos que ella iba despidiendo. Los profundos quejidos que salían de su garganta se hicieron más continuados y pude sentir como su cuerpo se tensaba al recorrer un nuevo orgasmo su espalda. Su corrida se derramó sobre mis labios e inundo mi olfato de su ser.

Mi excitación había crecido de forma desmesurada y proporcionalmente mi erección por lo que no tardé en colocarme el preservativo y empezar juguetear con mi glande sobre su clítoris y su vulva. A veces introducía un poco la punta y otras veces la paseaba por sus labios, hasta que fue ella la que con sus movimientos buscó el que la clavara lo más hondo posible. Tarde unos instantes en moverme de nuevo esperando a que Luisa se acomodara y luego empecé lentamente a follarla como nuestros cuerpos pedían. Ambos nos comíamos a besos, con cariño y pasión, sin pensar en las consecuencias. Sudábamos y jadeábamos, libres de ataduras, aún así Luisa no dijo ni una sola palabra. Solo cuando volvió a correrse dejó escapar una retahíla de "¡oh!" para acompañar al tremendo orgasmo que tuvo.

No me dejó descansar ni un solo segundo. Al instante ya estaba zafándose de mí y colocándose a cuatro patas para que volviera a penetrarla. Esta vez fue ella la que con su mano dirigió mi polla a la entrada de su cueva. Sus fluidos vaginales ayudaron a poseerla fácilmente y nuevamente compaginamos nuestros cuerpos para sacar el máximo placer al vaivén de su infidelidad. Yo estaba al límite y cuando ella notó que mi respiración se aceleraba dejó su mente vagar para poder alcanzar el clímax junto a mí. Cuando mi leche salió disparada mi polla creció desmesuradamente en su conejito y esto le arrancó un último orgasmo que disfrutó con placer. Luego cansados, caímos juntos sobre la cama y así yacimos durante un buen tiempo, sin decir nada, sin apenas tocarnos.

- ¿Te importaría no dormir aquí? – me preguntó con voz queda.

- No pasa nada. – le contesté sabedor de que no quería que se sintiera más culpable.

Momentos después me levanté, recogí mis cosas y salí por la puerta mientras ella se vestía a oscuras y se introducía de nuevo en la cama. Había dejado de llover.

Al día siguiente cuando me desperté Luisa no estaba en casa. Cuando regresé por la tarde era Katia la que estaba en casa y charlé amigablemente con ella hasta Luisa y Andrés regresaron poco tiempo después. Era increíble como la pelirroja podía disimular, actuar, de esa manera delante de su novio. Allí no había pasado nada y yo ya sabía que nunca más iba a volver a pasar.

Una semana después Luisa habló conmigo y me dijo que tenía que dejar la casa. Ya se lo había dicho a Andrés, la excusa era que había encontrado una casa más barata para compartir y que quedaba más cerca de mi trabajo. Ni siquiera lo discutí. Dos semanas después abandonaba aquella casa con mis pertenencias metidas en varias cajas de cartón.

Nunca nadie ha sabido lo que pasó entre Luisa y yo, pero me alegro de que pasara y hoy poder contároslo. Como siempre esperaré vuestros comentarios.

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