Una sutil dominación (2ª parte)


De como ella a cediendo poco a poco a mis pretensiones pero yo aun no encuentro el aliciente.

Después de aquella primera vez mi relación con Marta comenzó de manera extraoficial. No se lo dijimos a nadie, aunque sus amigos más íntimos Laura y Rafa comenzaron a sospechar algo. Varias veces nos vimos de forma esporádica entre semana nosotros solos y luego salíamos con el resto de la gente los fines de semana.

Durante todo este tiempo no sospeché nada en absoluto sobre la actitud de Marta con respecto a mí, ni como llegaría estar completamente dominada bajo mi voluntad. Con respecto al resto de la gente seguía siendo una persona huraña, seria y arisca, pero conmigo era todo lo contrario cariñosa, amable y simpática. Cuando alguien se lo hacía notar ella sacaba las uñas como una gata enfurruñada que se batía panza arriba.

Los pequeños cambios que iba notando en ella hicieron que fuera sospechando que quizás Marta era solo fachada, un trozo de pan envuelto en una cáscara de bilis, una niña pequeña afable disfrazada de mujer fatal. El que fuera yo el que eligiera que película veíamos en el cine, dónde íbamos de fiesta, qué restaurante visitar e incluso que aceptara todas mis propuestas sobre que debía o no comer, no cambiaron mi opinión sobre ella. Sutilmente se estaba colocando bajo mi ala para que yo la protegiera y la mimase, pero que a la vez la supiera manejar con vara de mando si se descarriaba. Con una dicotomía maquiavélica podía reñir a Marta y luego colmarla de besos, enfadarme por algo que dejaba de hacer o decir y luego aplicando una buena sesión halagos y caricias volver a ponerla de mi lado. Si por ejemplo llegaba tarde discutía con ella, pero luego la perdonaba con un buen beso; si aparcaba mal su coche le echaba la bronca para luego decirle amablemente que era un desastre y darle un compasivo abrazo.

En el plano sexual era una persona totalmente pasiva, si quería que fuera más activa debía decirle que hacer o moverla yo mismo. Al principio lo achaqué a su falta de experiencia (no había estado con muchos hombres anteriormente) pero luego vi claramente que era su actitud personal hacia el sexo conmigo la que le impedía ser más activa.

Todo esto comenzó a cansarme ya que no le veía ventajas a estar con una mujer adulta, formada y con carácter que luego conmigo se comportaba como una niña pequeña a la que reñir y educar. Por estos motivos, y que había conocido a otra chica que me atraía más, al cabo de dos meses decidí dar por finalizada la relación y esperé al siguiente fin de semana para decírselo. Celebraríamos una barbacoa en la casa solariega que sus abuelos tenían en la campiña, una maravilla rural entre viñedos y montañas.

El sábado al mediodía llegamos las cuatro parejas que pasaríamos allí el fin de semana. Después de visitar toda la casa y los terrenos aledaños comenzamos a preparar el fuego para cocinar la carne de la barbacoa. Fue Marta la que me pidió ayuda para seleccionar algunas botellas de vino de la bodega y así aprovechar para besarnos a escondidas, ya que el resto de sus amigos aun no sabían nada de lo nuestro. El morbo de llevar nuestra relación oculta acrecentaba la sensación de dependencia que tenía Marta de mí. Yo preparando la situación para que el choque de dejarla no fuera muy doloroso le hice un par de comentarios que la dejaron extrañada y con la cara descompuesta tratando de imaginarse por donde iban los tiros.

La abundante comida de al mediodía repletas de carnes y vino tinto hizo que todos deseáramos dormitar un poco la siesta para recomponer fuerzas. Yo lógicamente me mantuve apartado del cuarto de Marta durmiendo convenientemente en un sofá del salón. Ya por la tarde el tiempo empeoró y comenzó a llover rabiosamente por lo que no pudimos salir de la casa en toda la tarde. Prendimos la chimenea del salón y nos dedicamos a jugar a las cartas hasta la hora de cenar. Tras la pesada comida tuvimos una frugal cena que finalizamos con variedades de licores y destilados propios de la casa. Para cuando el reloj marcó la medianoche todos se habían retirado ya a sus habitaciones para dormir hasta el día siguiente. Marta me aconsejó que si quería visitarla que esperara un tiempo aconsejable y luego entrara sin llamar. La verdad es que me lo tuve que pensar, ya que si al día siguiente pensaba en dejarla no estaría bien que fuera esa noche a su cama, pero al final las ganas me pudieron y preferí despedirme por todo lo alto con una gran noche de sexo.

Los truenos de la tormenta apagaron los ruidos que hice al salir de mi cuarto y al cerrar la puerta del dormitorio de Marta. Los relámpagos iluminaron mi camino hasta su cama y sin dudarlo me colé bajo las mantas bajo las que se escondía debido al frío imperante en la noche.

- ¿Has tardado mucho en venir? – me susurró dándose la vuelta y abrazándose a mí.

- No quería que nadie me viera. – me exculpé.

- Estaba ya casi dormida. – ronroneó.

- No te preocupes, ya me encargo yo de mantenerte despierta. – dije pícaramente y comencé a besarla.

Revolcándonos por las sábanas dimos rienda suelta a toda tensión sexual que no habíamos podido descargar durante todo el día. Marta vestía un pijama de felpa bajo el que solo llevaba un diminuto tanga, yo seguía vistiendo ropa normal ya que decidí no cambiarme por si me descubrían moviéndome de un cuarto a otro. No pasó mucho tiempo antes de que nos desnudáramos mutuamente ya que ambos queríamos sentir el calor corporal del otro y así frotar nuestros cuerpos desnudos uno contra el otro.

Mi boca recorrió su cuello, sus hombros, su rostro. Lamía, mordía, besaba. Luego fui bajando buscando esos pechos que llevaba tiempo masajeando. Mis manos habían apretado sus tetas, habían acariciado sus pezones, los habían pellizcado y habían conseguido que estuvieran en punta cuando mis labios comenzaron a besarlos y a lamerlos. Marta buscó con su mano mi herramienta para masturbarme rítmicamente pero yo no dejé que lo hiciera, con fuerza aparte su mano de mí y la coloqué en su entrepierna para que fuera ella misma la que se diera placer. Incorporándome apoyado sobre un brazo la miré diciendo:

- Mastúrbate para mí.

- Hace frío, no dejes la manta levantada. – fue la única excusa que salió de su boca.

- No te he pedido eso. – dije nuevamente.

Ella no respondió nada más. Sin dejar de mirarme comenzó a jugar con su vello púbico mientras que con su otra mano no dejaba que frotarse los pezones. El frío hizo que su piel se pusiera como la de las gallinas y trató de pegarse más a mí buscando el calor de mi cuerpo, yo no dudé en separarme más de ella casi a punto de caerme de la cama. No quería que me tocara, quería que el frío hiciera que sus pezones se pusieran más duros aún. Con los ojos muy abiertos siguió tocando su sexo delicadamente mientras me miraba sin pestañear. Su mano se movía habilidosa recorriendo sus labios inferiores y parándose de vez en cuando en su pequeño clítoris. Mi corazón se aceleró cuando lamió la palma de su mano para comenzar a frotarse la vulva al completo. Mi pene respondió a mi excitación poniéndose tan duro como sus pezones.

- Córrete para mí… - dije susurrando a su oído – por favor.

Entonces fue cuando dejó de mirarme ya que el placer que sentía la obligaba a cerrar los ojos. Los gemidos pronto subieron por su garganta y el movimiento de su mano se hizo más rápido hasta que por fin se corrió alegremente y disfrutando de su conseguido orgasmo.

En ese momento volví a acercarme a ella y la besé dulcemente mientras la tapaba de nuevo con la manta.

- Que frío… - dijo tiritando - ¿desea algo más el señor?

- Sí, que me la chupes. – dije sin pensármelo.

- Sabes que no me gusta, no pienso hacerlo. – dijo seriamente.

- No es una petición. – contesté y cogiendo su mano la coloqué de nuevo sobre mi paquete.

- No lo haré. – sentenció.

- Ya veremos. – le contesté.

Volví a la carga chupando sus melones y saboreando sus erectos pezones. Luego me coloqué sobre ella y puse sus manos pegadas a su cuerpo como el que no quiere la cosa. Para besarla de nuevo por todo el rostro me apoyé sobre las rodillas dejando su cuerpo y sus brazos aprisionados bajo mis piernas. Levemente mi miembro tocaba sus pechos y con una mano comencé a rozarlo contra ellos. Ella sonrió y se dejó hacer, gozando cuando mi glande jugueteaba con sus pezones. Luego me incorporé sin mover las piernas y mi verga quedó a la altura de su cara. Marta me miró desaprobando la idea, luego miró mi rabo con fascinación, me volvió a mirar con indiferencia y apartó la cara. Sin importarme su actitud rocé la punta de mi glande contra sus labios y ella volvió a girar la cara, sonriendo con malicia volví a repetir la acción. Esta vez no opuso tanta resistencia pero volvió a girar la cara. Entonces simplemente dejé que mi polla reposara sobre sus labios. Marta tardo unos segundos en reaccionar pero al final lo hizo. Primero la besó con miedo, luego volvió a hacerlo repetidamente y por último con la punta de su lengua la rozó levemente. Yo paulatinamente fui aflojando la presión de mis piernas sobre sus brazos mientras ella movía su lengua cada vez con más soltura sobre mi dura herramienta, dándome un placer inimaginable. Al ser su primera vez estaba poniendo toda la atención y delicadeza del mundo en lo que hacía. Cuando sus brazos quedaron por fin libres la cogió delicadamente entre sus manos e introdujo el glande en su boca, lamiéndolo y chupándolo como si fuera un caramelo. Cuando trataba de introducirla más adentro en su boca lo hacía con miedo, pero al final se acostumbró y poco a poco fue ganando soltura. Mi cara de gozo hizo que Marta sonriera sabedora de que lo me hacía me proporcionaba placer.

- Ves cómo no era para tanto. – le dije amablemente. Ella sonrió asintiendo.

Entonces me preparé para devolverle el favor. Lentamente fui bajando con mi lengua por su cuello, sus pechos, su ombligo y por último su bajo vientre. Separé sus muslos sin miramientos y aspiré el olor de su entrepierna. En cuanto rocé su clítoris con la punta de mi lengua se movió espasmódicamente sin control. Yo sabía que a ella le encantaba eso así que continué jugando con él y de vez en cuando recorría el resto de su vulva con mi lengua. Marta estaba tan excitada que sus fluidos salían a borbotones del interior de su vagina y se mezclaban raudos con mi saliva. Desde un primer momento los gemidos de placer no paraban de salir de su boca y mientras se acercaba poco a poco al orgasmo se hicieron más continuados y sobresaltados. Al final su voz diciendo "sigue, sigue" me animó a aligerar el ritmo hasta que los fluidos de su corrida inundaron mi boca y una exhalación confirmó que había terminado de gozar.

Tras colocarme un preservativo hice que Marta cerrara las piernas y teniendo el cuerpo recto las doblara hacia un lado. Con dificultad mi húmeda polla fue taladrando su conejito hasta que l introduje entera. Ella podía sentir mi duro falo en su interior y yo con cualquier movimiento tocaba las paredes de su vagina haciendo que gozara plenamente. Agarrado a sus caderas fui empujando una y otra vez mientras ella soltaba una retahíla de "¡Oh!" cada vez que me echaba sobre ella. Fue un orgasmo breve, duro, y muy sentido por su parte, sin dejarme tiempo a que empezara a disfrutar.

- Me has destrozado. – me acusó.

- Sí, pero ¿a que te gusta? – le contesté sonriendo.

Luego abrió sus piernas y dejó que la poseyera tumbado sobre ella. Marta estaba tan mojada que mi polla entraba y salía de su almeja con tanta facilidad que a veces se salía por completo. Impuse un ritmo rápido, notando como mis testículos golpeaban su entrepierna y procurando no correrme aun ya que tenía ganas de hacer que ella gozara hasta límite y dejarla rendida sobre la cama. Un nuevo orgasmo gritado me obligó a cambiar de postura.

Esta vez fui yo el que se tumbó y ella se colocó sobre mí. Tapándose para no coger frío introdujo mi polla de nuevo en su coño y comenzó a trotar sobre ella con la misma intensidad con la que había tenido el anterior orgasmo. Buscaba que yo también me corriera, pero antes de hacerlo quise probar otra cosa. Puse mis manos sobre su trasero y lentamente fui bajando mi mano hasta la entrada de su ano queriendo tocar su ojete con mi dedo. Ella retiró mi mano deprisa sin dejar de botar sobre mí, "otro día será" pensé. Así que la puse delante y comencé a tocar con mi pulgar su clítoris haciendo que se corriera de nuevo antes de que yo lo hiciera. Noté como lentamente el orgasmo me subía por las piernas, así que sujetándola por los hombros hice que con caba arremetida mi polla se incrustara lo hondo posible en su cueva, hasta que al final exploté salvajemente en su interior.

Marta se quedó dormida abrazada a mí mientras yo no dejaba de darle vueltas a la cabeza mirando el techo y pensando como decirle que quería dejar lo nuestro. Esperé media hora hasta que cansado de no hacer nada me levanté para volver a mi cuarto.

- ¿Dónde vas? – me preguntó Marta desde la cama con cara soñolienta.

- He de regresar a mi habitación, ¿no querrás que nos pillen durmiendo juntos? – le contesté de mala gana.

- Ya no me importa que lo sepan. – contestó ya más despierta.

- Pero a mi sí, no quiero que se hagan una idea equivocada sobre lo que no es. – Marta me miraba intrigada y su rostro comenzó a ensombrecerse cuando recordó la conversación de la bodega.

- No quieres continuar ¿verdad? – se notaba la tristeza en su voz.

- No quiere continuar con algo en lo que no creo y acabar haciéndote más daño. Mejor terminar ahora que no es nada serio antes de que la cosa empeore. – mi tono de voz era autoritario como si quisiera demostrar que yo tenía toda la razón del mundo.

- No puedes hacerme esto… - empezó a decir antes de comenzar a llorar.

- Es mejor así, ahora… - le indiqué.

- Sin ti no soy nada. – dijo entre sollozos. Las lágrimas cruzaban su rostro y lentamente se puso de pie para colgarse de mi cuello abrazándome. – Por favor, no me dejes.

- Marta, será mejor que no lo hagas más difícil. – y mientras la alejaba de mí continué – No siento nada por ti. Ha sido todo muy bonito hasta ahora pero no quiero continuar mintiéndote sobre algo que yo no siento por ti.

- No… - su cuerpo se escurrió hacia abajo y se quedó abrazada a mi pierna llorando – No me dejes, haré lo que sea, lo que quieras por ti, pero no te vayas.

No podía comprender como una persona como ella, aparentemente madura y con una fuerte personalidad, se convertía en un guiñapo lloroso fácilmente manejable. Me agaché y mientras la sujetaba fuertemente por los hombros la miré a los ojos diciéndole:

- No te rebajes de esa manera. Tú no eres así. Eres una mujer fuerte demuéstralo. – trataba de convencerla para ponerla de mi lado.

- No puedo, por favor. – sus lloros continuaron – Dame un poco de tiempo más, déjame que te convenza, haré lo que más quieras, me portaré como tú quieras, pero no me dejes.

La idea era tentadora y como un camión sin frenos se fue abriendo en el interior de mi mente.

- Está bien, dame un tiempo para pensarlo, – le dije mirándola a los ojos mientras sujetaba su barbilla - pero no te prometo nada.

La acompañé de nuevo a la cama y la arropé como si de una niña pequeña se tratara. Ella cerró los ojos dulcemente mientras aun oía los últimos sollozos que todavía despedía. Mientras volvía a mi habitación meditaba sobre lo que me había dicho. Solo cuando me tumbé sobre la cama y vi el amplio espectro de posibilidades que se me abrían sonreí abiertamente y me dormí pensando en todo lo que iba a hacer de ahora en adelante.

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