Una sutil dominación (3ª parte)



De como pongo la reglas que ha de seguir si quiere ser mi sumisa esclava.

Tras aquel fatídico fin de semana para Marta dejé un par de semanas como tiempo prudencial para que la cosa se calmara y si ella se lo pensaba mejor y veía el comportamiento tan estúpido que había tenido podía ser ella la que me enviara a paseo. Pero no fue así. Cada dos días o así Marta me llamaba por teléfono y sin preguntarme sobre mi decisión final charlaba conmigo como si nada malo hubiera pasado entre nosotros. Yo aun meditaba lo que iba hacer y más de una vez pensé en mandarlo todo bien lejos y acabar de una vez para olvidarme de ella y pasar a otra historia, pero la duda de intentar todo lo que había pensado me podía, y simplemente podía plantearle lo que pensaba y si no aceptaba terminaría todo. En resumidas cuentas hiciera lo que hiciera no perdía nada con intentarlo.

Una tarde la sorprendí yo llamándola directamente y quedando para tomar café. Cuando volvió a verme su cara estaba iluminada por una gran sonrisa signo inequívoco de que albergaba alguna esperanza de que todo saliera como ella pensaba. Mi rostro serio y mis frías contestaciones fueron apagando lentamente dicha esperanza y cuando le dije de ir a su casa para tomar algo y terminar de hablar en privado se pensó lo peor.

Sentados en el sofá del salón donde empezó todo comencé a exponerle mis condiciones:

- Estoy decidido a continuar un tiempo más con lo nuestro, pero solo para probar si la cosa funciona. No quiero que te crees falsas esperanzas porque no hay nada seguro y en cualquier momento puedo decidir acabar con esto…

Poco a poco fui desgranando lo que pensaba mientras ella me miraba fijamente en silencio. Cuando finalicé os prometo que esperaba que se echara a reír al considerar ilógico y de locos lo que le había propuesto pero en vez de eso me contestó un lacónico "vale" confirmando mi propuesta y alegrándose por haber tomado esa decisión.

En resumidas cuentas esto es lo que le dije:

1º.- Ante todo yo no estaba enamorado de ella, nunca lo había estado y era muy difícil que lo estuviera. Sentía una gran atracción por ella, me caía muy bien como amiga pero no pensaba en ella como la compañera ideal para el resto de mi vida.

2º.- Nuestra relación seguiría siendo totalmente oculta. Ninguno de sus amigos tendría que enterarse de que estábamos juntos. No quería que sus amigos se hicieran la idea de que yo era su novio ni nada parecido. Eso implicaba salir más a menudo nosotros solos.

3º.- Tendría que dejar de discutir conmigo y hacerme caso en todo lo que le dijera, por muy raro que le pareciera o no le gustara hacer. En caso de no cumplir fielmente con esto la dejaría inmediatamente sin decir ni una sola palabra sobre ello.

4º.- Quería que siguiera comportándose como hasta ahora. No quería un perrito faldero ni que cambiara radicalmente de actitud, pero debía tener una confianza ciega conmigo ya que yo me encargaría de atenderla, darle cariño y protegerla.

5º.- Las muestras de amor son para los enamorados y nosotros no lo estábamos (por lo menos por mi parte), así que podía guardárselas tranquilamente.

6º.- Quería una mujer atractiva de la que sentirme orgulloso cuando nos vieran juntos, por lo que tendría que cambiar un poco sus hábitos y elegir un nuevo vestuario que yo la ayudaría a elegir.

7º.- Tenía libertad absoluta para estar con otros hombres. Por muy raro que le pareciera podía incluso echarse novio, pero siempre tendría que acudir a mi llamada cuando yo la necesitara, estuviera donde estuviera debía dejarlo todo y cumplir lo que le ordenara.

8º.- Nunca le pondría la mano encima. Por mucho que hiciera algo más y yo me enfadara nunca le tocaría un pelo de forma violenta.

9º.- No había límites a mis deseos, pero en cualquier momento podía decir basta y dejarme para siempre sin que yo pudiera replicar sobre ello. Era libre de elegir lo que quisiera y yo tendría que aceptar su decisión.

10º.- Tenía un día para pensarse su respuesta. No le pediría explicaciones sobre su decisión al igual que ella no podría plantear alternativas. Era un todo o nada, o lo tomaba tal cual o lo dejaba.

Como ya he dicho su contestación me sorprendió gratamente y con un "perfecto" confirmé su opción. Luego me levanté mientras ella seguía sonriendo llena de esperanza y le dije que ese fin de semana iríamos de compras. Luego sin darle un simple beso me despedí de ella y me fui pensando que esa misma noche me llamaría diciéndome que estaba loco y que me fuera a tomar por culo, pero en vez de eso me envió un mensaje diciéndome que se alegraba mucho por mi decisión y que esperaba complacerme al máximo. No podía creerlo, había conseguido que aceptara lo inaceptable. Ahora solo tenía que empezar a disfrutarlo.

Mi primer objetivo era hacerla más atrayente, si tenía que estar con una persona por la que no sentía más que afecto al menos quería que fuera lo más especial posible. Durante todo el día del sábado fuimos yendo y viniendo de tienda en tienda. Toda la ropa que yo le indicaba ella se la probaba y si veía que me gustaba ella se la compraba inmediatamente. Casi todo era ropa más ajustada, más provocativa, con faldas muy cortas que enseñaran sus largas piernas, con amplios y generosos escotes que más que enseñar dejaran libertad a la imaginación, infinidad de tops y vestidos con vuelo que marcaran sus curvas o que me permitieran manosearla sin problemas, ropa de corte masculino (corbata incluida) o infantil (esas maravillosas faldas de cuadros escoceses). Y por último la lencería. De todas clases y colores, vaporosa, ceñida, que resaltara sus atributos, transparente, deportiva, roja, blanca, negra…

Esa misma tarde empecé a trabajar mis artimañas tan bien pensadas, por ejemplo mientras se cambiaba en los vestidores de las tiendas solía abrir la cortina de repente haciendo que se tapara sus vergüenzas de forma incontrolada y poniéndose roja como un tomate. Yo le ordenaba que apartara sus manos para ver como le quedaba la ropa sin importarme si había más gente esperando en cola del cambiador que pudiera observarla. Poco a poco se fue acostumbrando a enseñar su cuerpo a desconocidos y cuando llegó la hora de probarse la lencería yo pasaba al interior con ella y hacía que me pasera sus modelos uno tras otro delante de mi mirada seria y escrutadora. Al final incluso empezó a sonreír con todas estas cosas y aprendió a disfrutar de ellas.

Por último fuimos a la peluquería para que le arreglaran un poco el cabello, haciendo que se lo rizaran un poco más y dándole más volumen. Luego recibió una sesión depilatoria y finalizó arreglándose las uñas. Antes de despedirme de ella para ir a mi casa a descansar y arreglarme para salir por la noche, le indiqué que ropa tenía que ponerse y a que hora debía esperarme en la puerta de su casa.

Un par de horas después pasé a recogerla, tal y como imaginaba su aspecto era diametralmente opuesto a lo que solía vestir. Una blanca camisa transparente dejaba ver claramente su blanco sujetador bordado, el amplio escote mostraba generosamente sus pechos realzados más de lo debido. Una corta falda de cuadros hacía que sus piernas enfundadas en unas negras medias gruesas parecieran más largas sobre todo acentuadas por las largas botas marrones de caña larga y tacón alto que calzaba. Se notaba que el frío hacía mella en ella y sus brazos trataban de darle confort a la vez que trataba de tapar su cuerpo ante las miradas lascivas que todos los hombres que pasaban a su lado le dedicaban. Desde la otra esquina de la calle observé como recibía halagos y obscenidades de otros chicos y como se ponía roja al momento. Entonces fue cuando aparecí junto a ella y besándola levemente en los labios le ofrecí mi abrigo para que no pasara más.

- Muchas gracias, me estaba congelando. – dijo mientras se arrebujaba en él.

- Te dije que yo cuidaría de ti, que no te preocuparas. – añadí – Por cierto estás muy guapa esta noche.

Y sonriendo pasó su brazo por debajo del mío y apoyó su cabeza en mi hombro como señal de reconocimiento y agradecimiento.

Cenamos en un buen restaurante y cuando quiso pagar le indiqué que no lo hiciera, que era mi obligación. Yo aceptaría sus atenciones y regalos como muestras de su devoción, pero no quería que pensara que dependía de ella ni que no podía mantenerla. Luego fuimos a un bar lounge muy fashion para tomar unas copas tranquilos. Cada vez que ella se desprendía de su abrigo era el centro de las miradas cosa que me alegraba satisfactoriamente. Para finalizar la noche decidí que no acudiríamos a las discotecas de moda donde sabíamos que estarían sus amigos, en vez de ello fuimos a otra más cutre en la que destacaba claramente por estar fuera de lugar por su vestimenta y su apariencia. Ella se mostraba bastante inquieta al no encontrarse en su ambiente y no se despegaba más de medio metro. Allí por donde pasaba los hombres se volvían para mirarla y los chicos más jóvenes incluso lo comentaban entre ellos.

- ¿Nerviosa? – le pregunté.

- No, un poco incómoda solamente. – dijo resignada.

Pedimos un par de bebidas y enseguida estuvimos en la pista baile disfrutando de la música. Yo no me separaba de ella y siempre que la música era propicia me restregaba con ella. Marta quiso mantenerse ajena a todos aquellos desconocidos bailando solo para mí, de una manera sensual. Cuando mejor se lo estaba pasando le dije que iba al servicio que me esperara allí, ella quiso acompañarme para no quedarse sola pero yo me negué. Con calma me dirigí a los aseos y a la vuelta esperé junto a una columna espiando el comportamiento de Marta. Parada en mitad de la pista se veía nerviosa, tapándose cruzando los brazos al sentirse observada, moviendo torpemente los pies esperando y mirando por todos lados para conseguir verme aparecer de un momento a otro. Yo reí para mis adentros y disfruté del momento. Un chico joven, bien parecido, se acercó a hablar con ella, tuvo que preguntarle qué porque estaba sola ya que ella asintió con la cabeza señalando en la misma dirección en la que estaban los baños para luego mirar su reloj ansiosa. Deje que el chico aquel continuara un rato hablando con ella para luego intervenir dirigiéndome decididamente hacia ambos. Ella sonrió al verme y le dijo algo al chaval que desapareció como alma que lleva el diablo.

- ¿Quién era ese? – la interrumpí cuando empezó a hablar.

- Nadie, un chico que quería conocerme. – se excusó - ¿Dónde has estado?

- He estado por ahí, no te importa. – le dije secamente.

- Me tenías abandonada.

- Eso nunca, ya sabes que yo soy quien te protege. – y abrazándola al besé con dulzura. Ella sonrió y se tranquilizó.

Continuamos bailando y cuando nos cansamos de hacerlo nos retiramos a un rincón de la discoteca par poder hablar más cómodamente. En poco tiempo se puso melosa y buscaba un cariño que yo me resistía darle. Negándome al principio a recibir sus labios cambié radicalmente mi actitud cuando la empujé contra el muro de espejos que conformaba la pared y la bese con pasión y desenfreno. Nuestras bocas se devoraban mutuamente como si hiciera años que no se ponían en contacto, nuestras lenguas se buscaban con desesperación y nuestros dientes mordían nuestros labios una y otra vez. Enseguida la sujeté por el cabello para poder mover su cabeza y dejar al aire su fino cuello, el que devoré cual vampiro hambriento. Mi otra mano comenzó a explorar su anatomía por encima de su ropa recién estrenada. Sus exuberantes pechos, su plano vientre, sus largas piernas y su redondo trasero fueron presas de mi lujuria contenida.

- Vamos a un sitio más cómodo. – me pidió Marta casi suplicando. Su respiración agitada me daba una clara idea de lo caliente que estaba y lo mucho que deseaba que la poseyera allí mismo si fuera necesario.

- ¡No! – contesté rotundo- Lo haremos cuando yo diga. Por ahora te prohíbo que cierres los ojos.

Durante un rato comprobé que así fuera y cuando ella se vio totalmente aprisionada contra la pared, sin escapatoria alguna, y poniéndose cada vez más cachonda y caliente, se dejo hacer.

Comenzando por desabrochar los botones de su camisa mis manos buscaron ardientemente sus turgentes pechos. Ajeno a todo lo que me rodeaba disfruté introduciendo mi mano pro su escote y tocando sus tetas. Sabía que ella tenía que estar pasándolo mal, que mientras me besaba con locura sus ojos escrutaban por si alguien miraba hacía donde nos encontrábamos. Cuando toque sus pezones y estos respondieron a mi contacto poniéndose duros sentí el aliento de Marta en mi oído al sentirme excitada como nunca. Su cuerpo temblaba nervioso presa de la inquietud y la pasión. De vez en cuando abría los ojos para ver a través del espejo si el personal nos espiaba, pero solo podía adivinar algunas miradas de soslayo como si no quisieran reconocer lo que veían.

El cuerpo caliente de Marta se pegaba al mío tratando de ocultar lo que mis manos hacían en él. Pero yo me resistía a dejar de tocarla por mucho público que hubiera. Poco a poco mi mano fue bajando y lentamente se introdujo bajo su falda. Me entretuve un rato tocando su delicioso culito para luego comenzar a frotar la palma de mi mano contra su entrepierna. Aun estando su delicado tanga y las gruesas medias podía notar el calor que despedía su sexo y como este se iba humedeciendo y mojando sus muslos lentamente. La imagen reflejada en el espejo me dejaba observar como había tres personas mirándonos fijamente: un solitario hombre sentado en un sillón que disfrutaba del espectáculo, una chica que hablaba con una amiga pero no nos quitaba ojo y un chaval que no tardo en comentarlo a sus amigos. Marta también tendría que estar viendo todo aquello, notaba su cuerpo tembloroso, y como cuando introduje mi mano por su tanguita se estremeció con un sobresalto.

- ¿Te gusta? – le pregunté.

- Sí. – dijo lacónicamente a mi oído.

- ¿Y cómo te observa toda esa gente? ¿Cómo nos miran mientras te meto mano? – la interrogué.

- No, me siento sucia. – dijo lastimosa.

- Mejor.

Cuando mis dedos tocaron directamente su clítoris ya no hubo marcha atrás. Su aliento me transmitía sus gemidos de placer y sus fluidos me animaron a introducir mis dedos lentamente en su vagina. Marta estaba a cien. Su coño pedía más y estaba tan lubricado que no me costaba nada penetrarla con mis dedos. Ya no disimulaba mis movimientos y nuestros observadores no paraban de mirarnos y comentar lo que hacíamos. Durante un instante me detuve por completo.

- Por favor, no pares. Sigue. – me imploró Marta.

Y con ánimo renovado continué hasta que se corrió profusamente en mi mano y gimiendo a mi oído cuando el orgasmo recorrió todo su cuerpo. Luego la besé y dejé que se recompusiera la ropa.

- He de ir al baño a limpiarme. – me pidió por favor.

- No. – la desautoricé – Vamos a bailar, ya lo harás luego.

Y cogiéndola de la mano la arrastre de nuevo a la pista de baile. Marta ya no bailaba como antes, se movía nerviosa, compungida, sabedora que era el centro de atención y que algunas miradas lascivas se posaban en cu cuerpo, sin escucharlos sabía que tipo de comentarios corrían de boca en boca sobre ella por toda la discoteca. Viendo que yo era indiferente a todo se acercó a mí y me abrazó sintiéndose así más protegida.

Instantes después dejamos la discoteca y nos subimos a un taxi camino de su casa. Durante el trayecto trato de besarme pero yo no dejé que lo hiciera, poniendo la mano sobre su rodilla deje que sus piernas se entreabrieran llegando a mi nariz el olor de su húmedo sexo.

Cuando llegamos no dejé que hiciera nada más que no fuera dirigirse directamente a su cuarto. Hice que se tumbara sobre la cama con la cara mirando hacia la almohada y mostrando su hermoso culito hacía mí. Sin decir una palabra metí mis manos bajo la falda bajándole hasta las rodillas las medias y el tanga. El olor de los fluidos de su anterior corrida se hicieron más intensos. Sin quitarme los pantalones por completo me coloqué un preservativo en el miembro y tumbándome sobre ella fui penetrando poquito a poco su chorreante coñito.

- ¿Te ha gustado lo de esta noche? – Le pregunté al oído mientras mi herramienta taladraba despacio su secreto agujero.

- Sí, me ha encantado. – dijo entre gemidos.

- ¿Te ha gustado que te miren y correrte en público como una fulana? – volví a preguntar.

- Sííí…

- ¿Y que te diga lo que tienes que hacer? – mis embestidas iban cogiendo fuerza y ritmo con cada pregunta.

- Sííí…

- ¿Eres mía? ¿Solo mía? – con violencia mis arremetidas la acercaban paulatinamente a un nuevo orgasmo.

- Sííí… - esta vez tardó en contestar debido a su entrecortada respiración.

- ¿Me seguirás siempre y harás lo que yo te mande? – empecé a notar que yo también estaba llegando al clímax.

- Sííí… - Marta ya no dudaba en jadear disfrutando de la gran follada que estaba recibiendo.

- Así, me gusta. Ya puedes correrte. – la autoricé.

Y entre gritos de placer ahogados cuando mordía la almohada Marta se corrió quedando exhausta tras este nuevo orgasmo. Instantes después fui yo el que lo hizo derramando mi leche en su interior. Durante unos instantes permanecí tumbado sobre ella recuperando fuerzas. Su cuerpo no paraba de temblar víctima de los estertores del placer sexual recibido. Luego dejé que se desnudara y se introdujera bajo las sábanas para que yo la arropara con la mata como hice tiempo atrás. Dándole un beso en la frente le dije que hoy se había portado muy bien, que podía descansar y ya la llamaría durante la semana. Ella cerró los ojos cansada y trato de dormir.

Cuando abandoné su casa pensé que después de lo de hoy podría pedirle a Marta todo lo que se me ocurriera ya que ella aunque reticente al principio al final se dejaría llevar por mí. Su dependencia hacía mí se hacía cada vez más acentuada y parecía que ella se sentía más que cómoda con la situación. Se dejaba llevar para explorar hasta dónde era capaz de llegar ella misma, siempre y cuando yo estuviera cogiéndola de la mano. Sonreí pensando lo bien que lo íbamos a pasar en las próximas semanas.

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