Una sutil dominación (4º parte)


De como venzo por fin las últimas barreras de su voluntad y se doblega a mí.

Al día siguiente no llamé a Marta, ella ni siquiera hizo el intento de ponerse en contacto conmigo. Durante la siguiente semana hizo mal tiempo y las previsiones eran que el fin de semana se presentara de igual manera, así que la llamé el miércoles por la noche y le propuse pasar el fin de semana en su casa, resguardados del frío y la lluvia, viendo películas bajo una manta y comiendo palomitas de maíz. Ella no pudo negarse.

Era curioso observar como Marta seguía siendo una mujer fuerte y decidida en el trabajo, pero que luego en mis manos se transformaba en un servicial y sumiso. La dualidad jefa autoritaria esclava de mis pasiones se había acomodado en su vida y ella cada vez estaba más a gusto en su papel. Incluso me comentaba que en el trabajo creían que su mala leche se debía a que follaba poco o mal, lejos de toda realidad y de lo placentero que para ella era todo aquel juego de dominación y sumisión.

El viernes por la tarde fuimos a comprar al supermercado más cercano de su casa e hicimos acopio de provisiones, luego la mande a casa para que fuera preparando la cena mientras yo me acercaba al videoclub para alquilar algunas películas de DVD. En verdad esto último era una burda excusa para poder acercarme a otro tipo de tienda y comprar algunas cosas que tenía pensadas. La primera parada fue una tienda de discos de heavy donde me hice con unas esposas, luego una droguería donde compré un pequeño plumero natural, una tienda de hippies que vendían pañuelos de seda y por último estuve echando un vistazo en un sex shop pensando en futuras compras. Cuando regresé me preguntó por lo que había comprado, pero con una mirada de advertencia agachó la cabeza y siguió hablando de otro tema.

No hay nada en esta vida como poner en invierno bien alta la calefacción y poder andar todo el día en pijama y descalzo por la casa. Así se lo ordené a Marta avisándola que en cualquier momento podría disponer de ella allí donde me plazca, para montarla a mi antojo o simplemente abusar de ella. Su sonrisa maliciosa me despejó cualquier duda sobre el papel que ella estaba asumiendo en esta extraña relación.

Desde hacía un par de semanas atrás Marta había comenzado a tomar la píldora a espaldas mías, pensando que nuestra relación sería más duradera. Ni siquiera me molestó el hecho en sí, ya que me beneficiaba en demasíe. Adiós a los preservativos y al placer encorsetado.

No hizo falta mucho tiempo para que mientras Marta preparaba la cena en la cocina yo me acercara por detrás, y diciéndole al oído que siguiera haciendo la comida, comenzara a manosearle los senos por encima de la ropa. Luego baje mi mano por su barriga y la introduje por dentro de los pantalones de su pijama. Marta tuvo que parar de cortar la comida y sujetarse a la encimera cuando sus piernas comenzaron a temblarle fruto del placer que estaba padeciendo. Trató de girarse para besarme pero yo no la dejé. Esperé a que su coñito se humedeciera en cantidad para bruscamente bajarle los pantalones hasta los tobillos y sin mediar palabra alguna penetrarla por detrás salvajemente. Sujetándola por las caderas, poniendo su trasero en pompa, mi verga entraba y salía con fuerza de lindo conejito. Marta no paraba de jadear y gemir como una histérica, ya que ni por asomo pensaba segundos antes que en unos instantes iba a poseerla de esa manera e iba a hacer que se corriera tan fácilmente entre estertores y respiraciones entrecortadas. Su orgasmo me animó a decidir acabar pronto y cogiéndola por los hombros le clavé mi herramienta todo lo hondo que pude, con la mayor rapidez y fuerza que pude. En segundos mi leche inundó su vagina haciendo que yo explotará con un orgasmo sin parangón.

Cogiendo un poco de papel de cocina se limpió su entrepierna mientras yo me subía la bragueta.

- Vienes con fuerza. – me dijo aun acalorada.

- Me he tirado toda la semana sin hacer nada reservándome para esto. – mi contestación hizo que su cara se iluminara con una gran sonrisa pensando en lo que le esperaba durante el fin de semana. Yo la compensé con un beso en los labios.

- La cena estará en breve.- y dicho esto siguió cocinando mientras yo me dirigía al salón a poner la mesa.

Tras una copiosa cena disfrutamos de una peli de terror los dos juntos. Bajo una caliente manta ambos nos tumbamos en el sofá en la más completa oscuridad. Marta se acurrucó a mi lado haciendo que mis brazos la confortaran sobre ella. Cuando había una escena de sangre no dudaba en esconder su rostro en mi pecho, para luego mirarme a los ojos cuando la escena había finalizado. Ella respiraba tranquila sabedora de estar protegida y confiada en su nueva posición de total sumisión. Antes de finalizara la película ya dormía placidamente en mis brazos con la misma cara de satisfacción que una niña con juguetes nuevos.

No dejé escapar esta nueva oportunidad para que mis manos no tardaran en disfrutar de nuevo de su anatomía. Mientras tocaba con delicadeza sus pezones con una mano, con la otra jugueteaba con su vello púbico. Cuando hizo ademán de despertar le dije que no abriera los ojos y que se dejara llevar. Cuando mis dedos pellizcaban sus pechos y estiraban sus pezones ella dejaba escapar un gemido quedo tratando de no hacer más ruido del imprescindible. Poco a poco su coñito se fue humedeciendo al tacto de mi mano sobre su caliente clítoris. De vez en cuando frotaba mi palma contra su vulva o introducía levemente un dedo en su vagina notando como su cuerpo se contraía y estremecía a cada nuevo acto. Después de un rato acariciando su conejo introduje dos dedos en su caliente sexo e fue ella misma la que empezó a mover las caderas buscando aumentar el placer del que estaba gozando. Pequeños gritos y temblores fundieron su cuerpo contra el mío cuando se corrió teniendo su segundo orgasmo del día (o más bien de la noche). Luego se acomodó contra mí ronroneando y continuó durmiendo.

Al final de la noche tuve que llevarla a la cama en brazos sin que llegara a despertarse. Lentamente me desnudé y me acosté a su lado momento en el que se abalanzó para continuar durmiendo abrazada a mí.

El día siguiente amaneció tormentoso. La lluvia, los rayos y los truenos no aconsejaban salir de la cama en todo el día y así lo hicimos, sobre todo después del maravilloso despertar con el que Marta me deleitó. Se había despertado instantes antes y tras ir al baño se introdujo de nuevo bajo las sábanas. Sin yo notarlo su boca busco mi glande mientras sus manos jugaban con mis testículos procurando que su lengua hiciera que me despertara con una gran sonrisa en los labios. Sus habilidosos lametones y sus cariñosos besos hicieron que mi verga estuviera en ristre como una dura lanza, húmeda por su saliva y mis fluidos. Entonces se deshizo de su pijama y se sentó sobre mí poniendo sus manos sobre mi pecho.

En completo silencio ambos disfrutamos despacio de ese momento de ternura y frenética actividad sexual. Colocando mis manos sobre sus tetas nos fuimos compaginando el uno al otro hasta que nos corrimos al unísono juntando nuestras voces cuando el orgasmo nos alcanzó a ambos.

- Buenos días. – fue lo único que dijo sonriendo.

- Buenos días. – le contesté.

Y durante un tiempo estuvo con la cabeza apoyada en mi pecho escuchando mi respiración y los latidos de mi corazón. Luego se levantó desnuda para preparar el desayuno que trajo en una bandeja a la cama. Era excitante ver como se movía desnuda por la casa, como si fuera lo más natural del mundo.

Como ya os he dicho no nos movimos en todo el día de la cama, leyendo, jugando a las cartas o simplemente hablando. Hasta que llegó la hora de que me pusiera a preparar la comida de al mediodía Marta estuvo viendo un programa de música en la tele y hablándome a la vez mientras tanto. Después de comer vimos una mala película en la tele hasta que ella decidió volver a la cama para dormir un poco de siesta. Yo me quedé jugando a la consola de videojuegos que había llevado mientras tanto.

Era ya media tarde cuando decidí poner en práctica todo lo que tenía planeado. Fui a la cocina y cogí de la nevera algo de hielo que puse en cuenco, así como un bote de chocolate líquido y un plátano. Recogí de mi mochila las compras del otro día y me dirigía al cuarto de Marta sonriendo al pensar lo bien que me lo iba a pasar.

Con un dulce beso en los labios se despertó con una grata sonrisa. Susurrándole al oído que se desnudara Marta cumplió la orden al momento deseosa de ver satisfecho todo lo que le pidiera. Con uno de los pañuelos de seda le vendé los ojos y luego la incliné para que se tumbara. Con el pequeño plumero fui recorriendo su anatomía pausadamente haciendo que a veces se estremeciera como cuando rozaba sus pezones y que otras se muriera de la risa cuando le hacía cosquillas en las ingles o las axilas.

- Tienes prohibido correrte. – le dije al oído. Ella asintió sin saber siquiera el castigo por no cumplir dicha orden.

Sujetando sus brazos los levanté por encima de su cabeza y con ayuda de las esposas los até por las muñecas al cabecero de la cama. Marta sonreía sin saber lo que se avecinaba. Un pequeño grito de angustia se escapó de su garganta cuando un pequeño trozo de hielo ya descongelado rozó su frente.

- ¡Que frío cabrón! – me dijo impulsivamente.

- ¡Tschiss! No puedes hablar. – la mandé callar.

Mojando su rostro con el surco de agua que se desprendía del hielo hice extraños dibujos por toda su cara. Cuando mis manos paseaban el hielo por su boca ella trataba de chuparlo para que su saliva lo calentara y no fuera tan frío su contacto. Bajando por su cuello llegué a su pecho haciendo que sus pezones se endurecieran al contacto con hielo como nunca antes lo habían hecho. De vez en cuando Marta dejaba escapar un pequeño grito seguido de un escalofrío cuando una gota se escapaba recorriendo el resto de su cuerpo.

Sabiendo que lo peor estaba por llegar cogí un par de pañuelos de seda más y até sus piernas a las patas de la cama por los tobillos, dejando su conejo bien visible al tener las piernas bien separadas. El cuerpo de Marta se retorcía espasmódico cuando el hielo mojó su barriga y cuando pasando por su vientre recorrió sus muslos mojándola tanto a ella como a las sábanas. El fuerte olor a excitación que manaba de su coñito me indicó que estaba disfrutando de lo lindo de todo aquello, aunque se sobresaltara gritando cuando el frío llegó a su enrojecido clítoris. Sabedor de que aquello era irresistible acompañé con mi caliente lengua allí por donde pasaba el hielo, haciendo una extraña combinación que frío ya calor que estaba llevando a Marta a gozar de un placer que ni siquiera en sus mejores fantasías habría soñado. Mi mano jugaba con el hielo por su entrepierna a la vez que buscaba tocar todo lo posible su chorreante sexo. Mientras ella entremezclaba los gritos de placer con los insultos sin poder hacer nada más que contornearse prisionera de mis lazos. Jadeando como si acabara de correr una maratón empezó a respirar duramente mientras su coño se ponía cada vez más y más caliente. Entonces dejé el hielo a un lado y comencé a frotar mi mano por toda su vulva haciendo que tuviera una corrida inmensa y gritara como una loca al tener el orgasmo. Luego se quedó respirando fatigosamente tratando de recuperar el control de su cuerpo, el cual temblaba como loco por la excitación.

- Has perdido. – le comenté seriamente – Te dije que no te corrieras. Ahora sufrirás tu castigo.

Como no podía mirar no supe como había sentado realmente esta aseveración pero de su boca no salió ni una sola palabra de protesta. Sin decir una palabra me levanté de al lado suya y me volví al salón para llamar por teléfono tranquilamente.

A los diez minutos pude oír su voz llamándome, al principio de forma cordial y cuando vio que no recibía respuesta de una manera más colérica presa de un estado de alarma y miedo conjunto. Cuando comenzó con los insultos y a pedir que la soltara fui de nuevo al cuarto para que los vecinos no llamaran a la policía.

- ¿Qué quieres? – le pregunté como si tal cosa.

- Quiero que me sueltes gilipollas. – me gritó.

- ¿Por qué he de hacerlo? Has perdido y este es tu castigo. – le dije tranquilamente.

- No me hacia gracia esta broma, – su voz ya sonó más comedida – no me gusta estar así.

Con calma me senté a su lado y comencé a tocarle el pelo. Podía ver como las lágrimas de la desesperación se dejaban escapar por debajo del pañuelo que cubría sus ojos.

- ¿Tienes miedo mi niña? – comenté en tono conciliador.

- Sí, por favor suéltame. – suplicó – No quiero que te vuelvas a ir y me dejes así. Si te pasara algo yo no podría soltarme.

- ¿Realmente crees que dejaría que te pasar algo malo? ¿Que sería capaz de hacerte daño? – Marta escuchaba atenta – Si así lo has pensado entonces te soltaré como tu mandas pero luego cogeré mis cosas y me iré, saldré de tu vida para siempre porque tú me lo has pedido, y nunca más volverás a verme o a saber de mí. ¿Es eso lo que quieres de verdad?

Marta calló durante unos instantes antes de contestar. Sopesó lo que yo le había dicho, recordó las reglas que le puse al principio y se imaginó a si misma sin mí en su vida. Entonces solo pudo contestar una cosa a mi "chantaje emocional".

- No.

- Bien, entonces aún te queda aprender cual es tu sitio. Entonces tendrás derecho a que te suelte.

Comprobé que ninguna de las ataduras o las esposas le apretaban como para hacerle daño, le pregunté incluso si estaba incomoda pero ella lo negó con la cabeza. Entonces decidí amordazarla con el último pañuelo de seda y la dejé incomunicada con la luz pagada mientras jugaba un par de partidas más a la consola.

No pasó ni media hora en total desde que hablamos hasta que volví a encender la luz del cuarto. Comenzando por los tobillos la fui desatando y cuando le quité las esposas la ayudé a recuperar la circulación en los brazos dándole pequeños masajes. Cuando le quité el pañuelo de la boca le pregunté si se encontraba bien y ella asintió afirmativamente, luego la previne de que abriera los ojos poco a poco cuando dejé caer la venda que la imposibilitaba ver. Con un afectuoso abrazo y un "gracias" se dejó acunar en mis brazos. Cuando me dijo que tenía frío la estreché más fuertemente para su confort.

- ¿Tienes hambre? – le pregunté. Ella asintió nuevamente. – Entonces túmbate de nuevo por favor.

Mirándome con desconcierto no opuso resistencia mis órdenes. Entonces cogí el bote de chocolate y dejé caer algo de la pegajosa sustancia en mis dedos. Como una desesperada cogió mi mano y comenzó a chuparlos saboreando el dulce chocolate. Mientras ella se entretenía mordisqueando mis dedos yo derramé más chocolate sobre sus pechos y al igual que hacia ella comencé a lamerlos a la vez que jugaba con sus pezones. Las ansías por comer junto con el gozo que padecía hacía que su respiración fuera inconstante y llena de suspiros. Cuando dejé sus pechos bien limpios y sin rastro de sustancia alguna pasé a llenar su vientre de chocolate y a repetir la operación. Enseguida su cuerpo recuperó el calor habitual al igual que el olor de su coñito segregando jugos y fluidos debido a la excitación.

Entonces fue cuando cogí el plátano del suelo y lo pelé delante de su cara. Separando delicadamente sus piernas lo rocé levemente contra su conejito ante la mirada atónita de Marta. Sus interrogantes desaparecieron cuando notó como la fruta acariciaba sus labios vaginales y jugaba con su clítoris con sabrosa punta. Ella se movía nerviosa, sin dejar de mirarme a los ojos. Cuando el plátano estuvo bien mojado de sus propios fluidos lo llevé a su boca advirtiéndole de que no lo mordiera. Lentamente con su lengua lo lamió delicadamente y luego lo introdujo en su boca como si le estuviera realizando una felación. Luego lo recubrí de chocolate y dejé que por fin se lo comiera saciando su hambruna.

Nuestras lenguas se encontraron e intercambiaron los trozos de fruta de una boca a otra. Besos apasionados dieron paso a que sus manos inquietas me desnudaran por completo. Poniéndose de rodillas sobre la cama comenzó a realizarme una magnífica mamada como exactos momentos antes había hecho con el plátano. Mi polla entraba y salía rápidamente de sus labios mientras yo le acariciaba el pelo y le tocaba la cabeza. En unos instantes su saliva humedeció tanto mi polla que fue ella la que colocándose a cuatro patas y ofreciéndome su trasero me pidió por favor que la follara.

Su conejo estaba tan mojado que mi miembro entró con suma facilidad. Nada más perforar su vagina Marta se dejó llevar por la lujuria y comenzó a gemir descontroladamente. Tal era su excitación y su calentura que no le importaba que los vecinos la escucharan cuando comenzó a gritar "Fóllame", "soy tu putita" o "hazme tuya cabrón". De vez en cuando giraba la cabeza para ver si yo también disfrutaba de todo aquello y entonces podía observar su rostro desencajado por el placer que la inundaba. Los "¡Oh!" y los "Sí" llenaron el cuarto hasta que ya no pudo hablar y solo los gemidos tanto suyos como míos fueron el único sonido en aquella habitación. Mis embestidas se incrementaron tanto en fuerza como en rapidez hasta que Marta se corrió presa de temblores cuando tuvo dos orgasmos seguidos. Instantes después fui yo el que lo hizo derrumbándome sobre ella y respirando en su nuca sin que ninguno de los dos pudiera mover un solo músculo de su cuerpo.

Cuando recuperamos el aliento estuvimos un rato abrazados hasta que el hambre nos venció. Ya que estábamos demasiado cansados para cocinar encargamos unas pizzas por teléfono. Para gastarle una broma (y darle una alegría) al encargado de traer el pedido obligué a Marta a que recepcionara las pizzas vestida únicamente con su ropa interior. Estuvimos riéndonos durante media hora recordando la cara de alucinado del pobre chico que trajo la pizza a casa. Por la noche jugamos un rato a la consola los dos y vimos otra peli juntos, hasta que ambos nos quedamos dormidos en el sofá.

El domingo se levantó frío pero soleado, así que nos dimos una buena ducha y salimos a comer por ahí. Después de tomar café en un plácido lugar nos despedimos hasta la próxima vez. El no saber cuando volveríamos a quedar sacaba de quicio a Marta pero era parte del trato y ella lo aceptaba conforme.

Después de aquel día supe que ya podía llegar a donde quisiera con ella. Se había doblegado totalmente a mis propósitos y su sumisión era completa. De aparente mujer ejecutiva fuerte había pasado a sumisa esclava y compañera sexual. ¡Y lo mejor es que le gustaba el cambio!

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