Una sutil dominación (7ª parte)



De como Marta recibe un severo castigo por su mal comportamiento.

Tras la infructuosa incursión de Marta en el sexo lésbico pasaron un par de semanas o tres antes de que incrementara el nivel de sumisión en nuestra relación. El verano se acercaba con celeridad y el calor no paraba de aumentar, recuerdo que aquel año tuvo un estío muy caluroso en todos los sentidos. Laura, la mejor amiga de Marta, celebró su cumpleaños conjuntamente con su hermana ya que ambas habían nacido en la misma semana. Para festejarlo decidieron realizar una fiesta de disfraces en el piso de Rafa y lógicamente nos invitaron a ambos. Yo hacía tiempo que me había alejado de aquellas amistades pero supusieron que me haría gracia asistir y más cuando suponían que Marta y yo habíamos estado liados y con una oportunidad así podíamos volver a estar juntos. ¡Que engañados que estaban!

Apresuradamente rebusqué en el fondo del armario algo que pudiera ir acorde con la situación, lo único que encontré fue una antigua túnica marroquí, una chilaba, de un viaje que mis padres realizaron pro aquel país antaño. Mientras terminaba de perfilar mi disfraz Marta me llamó angustiada para preguntarme que debía ponerse para estar a la altura. Le dije que me esperara en su casa que en segundos estaría por allí para ayudarla, pero que antes debía pasar por otro sitio para comprar algo.

Cuando llegué a su casa pude ver que ella y su hermana habían pasado todo el día decorando la casa para hacerla lo más atractiva posible. Habían encargado comida y allá donde miraras podías encontrar bebida y más bebida. Encerrándome con Marta en su cuarto dispuse sobre su cama la ropa que debía ponerse. Al principio la miró extrañada pero cuando contempló el conjunto final su rostro se iluminó con una gran sonrisa pícara. Primero se puso una camisa blanca que se arremangó hasta los codos, se la desabroché totalmente y se la anudé justo debajo del pecho, enseñando en tan generoso escote su sujetador blanco y a la vez su ombligo y su vientre. Luego se puso la minifalda escocesa roja que se compró tiempo atrás, hice que se la ajustara por debajo de la cadera para que dejara bien visible su tanga blanco a juego con el sujetador. Por último se colocó unos calcetines altos verdes y unos zapatos de negros. Recogiendo su cabello en dos grandes colas de caballo a cada lado de su angelical rostro y maquillándose dos grandes coloretes con pecas en las mejillas el disfraz de estudiante estaba completado.

- Y con esto queda todo listo. – le dije entregándole una gran piruleta roja de caramelo que había comprado de camino a su casa. Verla de tal guisa me produjo una tremenda erección que difícilmente podía ocultar bajo la chilaba que llevaba puesta. – ¡Estas genial!

Los invitados no tardaron en llegar y enseguida el gentío hizo que nos separáramos para entablar conversación con la gente que iba llegando. El atuendo de Marta no pasó desapercibido a nadie, su anatomía quedaba tan expuesta que dejaba poco margen a la imaginación. Las miradas del resto de chicos se posaban fácilmente en su trasero o su escote y aunque al principio de la noche se sintió incomoda y nerviosa por la vergüenza, en cuanto el alcohol comenzó a fluir por sus venas se sintió más desinhibida y comunicativa. Cualquiera que la conocía no podía reconocer a la chica seria y agresiva que era en el trabajo, aquella noche era otra Marta muy distinta de la que ellos conocían. Maliciosamente tonteaba con alguno de los chicos siempre atenta de donde me encontraba yo y de si veía lo que estaba haciendo, he de decir que no me importó lo más mínimo pero cuando veía peligrar la sesión de sexo que me apetecía para esa noche me acercaba a ella y sin recato alguno la cogía por la cintura alejando a los moscones impertinentes.

- Te encuentro especialmente celoso esta noche. – me dijo con la típica sonrisa de la que ha bebido bastante.

- No debes jugar con fuego o podrás quemarte. Además te recuerdo que eres libre de hacer lo que quieras en todo momento, pero luego no te arrepientas cuando lleguen las consecuencias. – le contesté con toda la calma del mundo.

Después de aquello no le hice más caso en toda la noche. Me dediqué a beber en la terraza y charlar con una rubia impresionante de la que conseguí el teléfono y eso que estaba recelosa porque pensaba que Marta y yo estábamos saliendo cosa que yo negué rotundamente; además el comportamiento de ella con el resto de chicos de la fiesta confirmaba mi aseveración. Cuando la rubia se largó me dediqué a beber con otra gente hasta que alcancé una elevada tasa de alcohol en el cuerpo por lo que acabé recostado en un sofá porque ya casi no me tenía en pie. Desde allí podía visualizar los leves coqueteos de Marta y me regocijé cuando un tío trató de besarla y ella lo rechazó buscándome con su mirada desesperada por si había visto la escena.

Una de las veces que pasé junto a ella para ir al baño sin que nadie se diera cuenta deslicé mi mano por debajo de la minifalda y tocando su desnudo trasero le dije al oído:

- Esta noche recibirás tu castigo por ser una chica tan mala.

Al principio Marta se quedó blanca por el susto pero luego comenzó a lamer la piruleta con más ahínco para deleite del resto de chicos de la habitación. Si iba a ser castigada lo sería con razón debió de pensar.

Poco a poco la fiesta se fue despejando y sin que nadie se diera cuenta yo desaparecí para caer abatido sobre la cama de Marta. Menos mal que nadie entró en su cuarto sino se hubieran podido preguntar que hacía durmiendo borracho sobre su cama. Cuando todo el mundo se fue escuché la puerta del cuarto cerrarse y como Marta entraba casi sin hacer ruido. El silencio reinaba en el resto de la casa indicación de que no quedaba nadie más en la casa. Pensando que estaba dormido se quitó los zapatos y se recostó a mi lado mirándome para luego comenzar a tocarme el pelo dulcemente. Mis ojos se abrieron poco a poco dándome una visión borrosa de Marta hasta que volvieron a enfocarla de nuevo.

- Creía que te habías marchado sin despedirte.- me dijo tranquilamente sonriendo – Menos mal que mi hermana te vio entrar en mi cuarto y me avisó de ello. Por cierto, sabe que estamos liados "de nuevo".

- ¿Crees que esta noche te has sabido comportar? – le dije serio.

- Yo creo que sí, tú has sido el que me ha abandonado por una rubia tetuda y no me ha hecho caso en toda la noche. – me contestó impertinente.

- No tengo que darte explicaciones de ningún tipo. – y de un manotazo le aparté su mano de mi cabeza. – Tú eres la que debe obedecerme y hacer lo que yo diga.

Marta se quedó en silencio aceptando la regañina. Cogiéndola fuertemente por el cuello la miré a los ojos.

- ¿Crees que te has portado bien esta noche? – le pregunté.

- No.

- ¿Crees correcto que mereces un castigo por ello? – continúe.

- Sí…

- No te oigo. – le grite.

- Sí, he sido una niña mala y necesito mi castigo. – dijo compungida.

- Hoy no podrás hacer nada más salvo lo que yo te diga ¿entendido? – Marta aceptó asintiendo con la cabeza.

Tumbándola con brusquedad sobre la cama me puse sobre ella y comencé a besarla buscando con mi lengua la suya propia. Ella trató de safarse de mí y con sus manos me alejaba de su cuerpo pero sujetándola por las muñecas ya no pudo resistirse. Durante un rato continuó moviendo la cabeza de un lado a otro para que mis besos no pudieran llegar a sus labios, por lo que tuve que cogerle ambas muñecas con una mano y sujetarle el rostro con la otra para sí poder besarla tranquilo. Su lengua me rehuía esquiva pero mi boca se dedicó entonces a recorrer su cuello y los lóbulos de sus orejas. Marta ponía cara de asco cuando la miraba pero cuando le echaba un vistazo de reojo veía una leve sonrisa en sus labios sabedora de que esa noche había ganado la partida.

Apretando con fuerza sus manos contra la almohada deshice el nudo de su camisa y comencé a tocar sus pechos por encima restregando mi mano por encima de ellos y sacándolos luego del sujetador para comenzar a chuparlos con desesperación.

-¿Te gusta? ¡Eh! ¡Zorra! – le pregunté.

- No, te odio. – me contestó decidida.

- Así que esa tenemos niña mal criada. – le dije y avisándola con un dedo levantado delante de su cara apuntillé – Ni se te ocurra moverte.

Poco a poco aligeré la presión sobre sus muñecas y fui soltando sus manos dejándolas completamente libres. Volví a besarla sujetándola por la cara y esta vez sí me devolvió los besos con su lengua húmeda.

- Quiero que me violes, que me folles como la puta que he sido esta noche. – me dijo mirándome directamente a los ojos.

- ¡Cállate zorra no mereces hablar! – la insulté.

Sujetando sus tetas con ambas manos mi lengua se paseaba de un pecho a otro mientras ella empezaba a gozar de la situación. Mis dientes mordisqueaban sus pezones arrancando grititos de dolor y placer de Marta. Mis dedos los retorcían y pellizcaban a conciencia mientras ella solo era capaz de devolverme gemidos sin fin. Mi mano bajo por su vientre y separó con brusquedad sus piernas dejando su tanga blanco a la vista. En cuanto posé mi palma en él noté el calor y la humedad que despedía. Su conejo pedía a gritos ser penetrado y con rapidez froté mi mano contra su vulva buscando excitar su clítoris al máximo.

- ¡Estate quieta! – le ordené.

Sus tetas seguían sobresaliendo del sujetador y mis labios no paraban de lamerlas y saborearlas. Primero por encima de su tanga, y luego echándolo a un lado, su coñito fue aumentando de tamaño bajo los tocamientos que sufría. Marta se dejaba llevar y pedía que siguiera cada vez que mis dedos sobrepasaban sus labios inferiores y se introducían levemente en su vagina. Sin previo aviso introduje dos de mis dedos en su interior y comencé un mete-saca frenético que Marta acogió con gusto moviendo sus caderas al compás.

- ¡Sigue, sigue! – gritaba sin parar.

Mientras perforaba su caliente cueva mi pulgar frotaba su pequeño clítoris hasta que empezó a suplicar que no parara.

- Joder, me corro. ¡Que gusto! – se oyó entre sus gritos entrecortados.

- Su coñito soltó una riada de flujos cuando el orgasmo alcanzó la totalidad de su cuerpo.

Sin dejarle tiempo a que se recuperara, le bajé el tanga hasta los tobillos y lo tiré bien lejos cuando se lo saqué. Levantándole la falda hasta la cintura situé mi cabeza entre sus piernas y sin reparo comencé a lamer los restos de su corrida. Marta no paraba de sentir placer y sus manos se aferraban a las sábanas agarrándolas para contener el torrente de gozo que la invadía. Mi áspera lengua se paseaba libre por su coñito, deteniéndose brevemente en la entrada de su vagina y torturándola con la punta de la misma en su rojo botón. Cuando levanté la vista la vi como apretaba fuerte sus pechos y jugaba con sus pezones. Pequeños gritos y "oes" fueron la antesala de su segundo orgasmo. Esta vez le costó más tiempo recuperarse de su nueva corrida.

Quitándome la chilaba me puse de rodilla sobre la cama y le dije que viniera donde yo estaba. Melosa, vergonzosa, pero con mirada libidinosa, se acercó cogiendo con sus manos las dos coletas e introdujo mi pene en su boca, enseguida intercambié mis manos por las suyas para que pudiera agarrar bien mi dura herramienta a la vez que yo movía su cabeza arriba y abajo marcando el ritmo de sus chupetones. Su lengua jugaba a duras penas con mi glande mientras entraba y salía de su boca. El frenético movimiento de sus labios y de sus manos buscaba que yo me corriera pero no se lo permití echándola hacia atrás sobre la cama y tumbándome sobre ella.

Marta me acogió con las piernas bien abiertas, mostrándome su peludo coñito entre los pliegues de la falda de colegiala a la vez que se chupaba los dedos melosa. Ambos estábamos tan excitados que no me costó nada introducirme en ella.

- Ahora te vas a enterar. – le dije.

Sin miramientos mi verga perforaba su húmeda cueva a la vez que mordisqueaba sus sabrosas tetas. No me cortaba a la hora de morderle los pezones y el cuello, incluso dejándole marcas bien visibles. Cuando creí que Marta estaba a punto de correrse paré por completo y me salí de ella.

- Pídemelo. – le ordené mientras ella me miraba extrañada y con cara de deseo.

- Sigue por favor. No me dejes así. Fóllame, haz que me corra. – el que hablara de esa manera me excitó más aun si cabe.

Entonces volví a la carga penetrándola de nuevo. Marta comenzó a gritar sin compasión notando como un nuevo orgasmo subía por su espalda y se quedaba estancado en su cadera, centrado en el interior de su vagina. Su entrepierna fue como un río de fluidos fruto de su larga corrida.

Sin pararse a descansar se dio media vuelta y se colocó a cuatro patas.

- Dame más. – me dijo mirando hacia atrás.

Mirando su redondo trasero, y como se ofrecía a mí, no dudé en intentar penetrar su diminuto ano, pero enseguida ella se movió inquieta y mirándome me dijo:

- No, por ahí no.

- Por ahora. – le contesté sarcásticamente.

Desilusionado me posicioné tras ella y levantando la minifalda sobre su cintura le incrusté mi dura herramienta en su caliente coñito. Con mis embestidas buscaba llegar lo más profundo posible, para ello la sujeté primero por la cintura, luego por los hombros y al final por las coletas de colegiala, tan fuertemente que al final acabaron deshaciéndose. Marta sufría una extraña mezcla de dolor y placer que hacía que jadeara salvajemente y que tuviera que cerrar los ojos debido al gozo que padecía. Un nuevo orgasmo la hizo estremecerse como una loca cuando se corrió placenteramente.

Haciendo que se levantara la lleve hasta la mesa de estudio que había en su cuarto. Tirando varias cosas al suelo Marta se sentó en el borde la misma y abrió sus piernas para mí. Yo la penetré nuevamente notando todos los recovecos de su estrecha vagina. En mitad de mis empujones cogí sus muslos y levanté sus piernas para colocarlas sobre mis hombros. Marta tiró más cosas al suelo para poder tumbar su espalda sobre la mesa y estar más cómoda. De su boca ya no salían más que exclamaciones de placer y sus manos no paraban de manosear sus tetas y pellizcar sus pezones. Una y otra vez sus tetas se bamboleaban a la par que yo metía y sacaba mi polla de su conejito. Tuvo que agarrarse al borde de la mesa para contener el terrible orgasmo que sufrió cuando se corrió de nuevo.

Cuando me separé de ella y pudo levantarse la cogí por el hombro y la obligué a que se pusiera de rodillas. Ella comprendió enseguida lo que le pedía, así que no tardó en introducir mi verga en su boca de nuevo y comenzar a succionar la mezcla de fluidos que había sobre ella. De vez en cuando la sacaba y la restregaba por sus pechos haciendo que sus pezones se endurecieran. Su lengua recorría toda la envergadura de mi mástil haciendo que mi vello se erizara con las labores magistrales que realizaba. Con las dos manos realizó una serie de movimientos sobre mi escroto y mi glande que me llevaron al cielo y luego comenzó a moverlas arriba y abajo buscando que me corriera lo antes posible. Mi caliente leche salpicó sus manos y cayó lentamente sobre sus tetas mientras un espléndido orgasmo recorría todo mi ser. Marta restregó mi corrida por sus tetas y delicadamente probó su sabor llevando sus dedos a la punta de su lengua.

- ¡Que asco! – dijo de forma desaprobatoria.

Separándome de ella me tumbé sobre la cama y viendo como salía de la habitación en pos de una merecida ducha me quedé profundamente dormido.

Al día siguiente cuando desperté Marta me había preparado un magnífico desayuno del que dimos buena cuenta en la misma cama. Luego la ayudé a recoger la basura que la fiesta había generado en su casa mientras la resaca me trataba como a un hijo bastardo.

Recuerdo que aquel día salimos a pasear y que ella se aferraba a mi brazo protector mientras su rostro irradiaba una sonrisa de seguridad y su mirada hacía mí era una mezcla de reconocimiento, admiración y sumisión. No sé porque pero aquello me gustaba, aunque sabía que duraría un poco más de tiempo.

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