Una sutil dominación (8ª parte)


De como Marta se exhibe en público ante mí.

El verano ya había comenzado cuando decidí que tras mis vacaciones pondría fin a mi relación con Marta. Pasaría tiempo fuera del país por temas laborales y no quería que estuviera atada a mí de ninguna de las maneras. Una cosa era tenerla bajo mi mandato y otra muy distinta lastimarla sentimentalmente, además tenía otros temas pendientes que resolver con el sexo femenino.

Pensando en aquella noche de primavera que tuvo que volver a casa sin ropa interior ideé una experiencia que llevar a cabo con ella y que llevaría más al límite lo que hasta ahora había realizado con Marta.

Tras una llamada telefónica quedamos para tomar café cerca de su casa. Yo la avisé de que ropa debía ponerse para mí ya que ese día haríamos algo "especial" y excitante.

Sentado en la terraza del bar pude ver como Marta se acercaba hasta mi posición. Allá por donde pasaba levantaba miradas de deseo y pensamientos impuros por la atracción sexual que desprendía. Su larga melena negra caía suelta por sus hombros remarcando el top blanco que llevaba puesto; esté era sin mangas y tan ajustado que remarcaba sus pechos e incluso sus pezones bajo la tela del sujetador, además terminaba justo por encima de su ombligo enseñando su plano vientre. El conjunto lo completaba una cortísima minifalda vaquera que mostraba sus largas piernas y con la que tenía dificultad al andar con sus sandalias planas para no enseñar su tremendo culo al que venía andando detrás de ella. Cuando llegó a mi altura se quitó las gafas de sol y me comentó:

- Me siento ridícula.

- Siéntate y déjame que te cuente. – le contesté como si nada.

La verdad es que cualquier persona que la viera no creería que se trataba de la misma persona. Ella, la dura jefa amante de los trajes pantalón, vestida como una quinceañera cualquiera no era precisamente lo que sus amigos esperaban encontrar.

Pedimos un par de cafés y estuvimos charlando un rato mientras Marta no paraba de moverse inquieta, cruzando y descruzando las piernas, procurando bajar la falda para que no se le viera nada. Al tiempo le hablé con voz pausada explicándole detalladamente lo que debía hacer para mí.

Quiero que te levantes ahora después y vayas al cuarto de baño. Allí deberás quitarte la ropa interior que lleves puesta bajo la falda y entregármela. Luego bajaremos al centro en metro para comprar algunas cosas, pero no lo haremos juntos. Tú irás siempre separada de mí unos metros por delante como si yo no existiera, nunca podrás mirarme y si quieres hablar conmigo deberás hacerlo por el móvil. Durante todo el trayecto y en todo momento deberás dejar bien visible tu entrepierna a todo aquel que te parezca atractivo o que se fije en ti. Si alguno trata de ponerse en contacto contigo o te aborda no lo rechaces ni lo espantes, queda en tu mano lo que haces con él a posteriori.

Marta me miró muy seria tratando de dilucidar con su mirada si lo que le había dicho era broma o no. Cuando comprendió que hablaba muy en serio se recostó sobre la silla, me miró a los ojos sopesando la situación y suspiró. Nerviosa se puso en pie y en silencio se dirigió al interior del bar. Cuando volvió a salir se colocó a mis espaldas y apoyando su puño cerrado sobre mi hombro exclamó muy seria:

- Cuando quieras nos vamos.

Cogiendo su mano con fuerza deslizó en el interior de la mía un pequeño tanga gris que guardé en el bolsillo de mi pantalón. Pude notar a través del escurridizo contacto los nervios que sacudían todo su cuerpo y la inseguridad con la que afrontaba esta situación. Para tranquilizarla la sujete por el hombro cuando me levanté y le dije:

- No te preocupes, aunque no me veas, siempre estaré ahí para protegerte si algo no va bien. – y a continuación le estampé un beso en los labios de forma conciliadora.

Dejé que Marta comenzara a andar sola por la calle y luego salí tras ella. Al igual que había llegado los hombres se giraban al verla pasar, incapaces de saber que bajo aquella diminuta minifalda se escondía un sensual secreto. Por mucho que traté de fijarme no se podía ver diferencia alguna. Marta andaba deprisa pero al rato tuvo que refrenarse ya que era una estupidez correr si no tenía sitio concreto al que huir y cuanto más deprisa fuera más fácil sería que su falda se levantara poco a poco. Antes de entrar en la boca del metro un chico estuvo a punto de caer al suelo cuando tropezó conmigo al no verme ya que no cesaba de mirar el culo de Marta cuando ésta pasó a su lado.

Ya dentro del metro descendió por las escaleras mecánicas y esperó al convoy al final del andén mientras yo estaba al comienzo del mismo. Mientras el tren iba entrando en la estación me fui acercando a su posición para poder ver mejor lo que hacía. Aunque había asientos vacíos Marta se quedó de pie aferrándose a la barra de acero del soporte contiguo a la puerta, pero tras un par de estaciones se armó de valor y decidió sentarse en el asiento libre más cercano, entre una señora sudamericana y una estudiante con pinta heavy. Justo enfrente suya había un señor mayor que aunque al principio no le prestó ningún tipo de atención luego no dudó en comérsela con los ojos al ver el bombón que tenía delante de sus narices. Marta tenía las piernas cruzadas tratando de ocultar su desnudez y su mano nerviosa aferraba fuertemente su rodilla. Con la respiración entrecortada fue abriendo lentamente las piernas pero con la pierna cruzada sobre la otra solo se veía una incertidumbre oscura más allá de donde terminaba su falda, además el viejo no hizo ademán de ser tan descarado y mirar fijamente su entrepierna.

"Te prohíbo que cruces la piernas de nuevo", le escribí en un mensaje de móvil dando gracias al cielo de que el metro estuviera construido tan cerca de la superficie que hubiera cobertura en todo su recorrido. Marta leyó el mensaje y resoplando mientras guardaba en móvil de nuevo en su bolso comenzó a destrabar sus piernas pero en ese instante el señor se levantó y se bajo en la estación que le tocaba cuando Marta había separado completamente sus piernas dejando al descubierto su oculta pelambrera.

Su puesto lo ocupó un joven chaval que escuchaba música ensordecedora a través de los cascos de su MP3 y cargado con una abultada mochila de la que sacó un libro que comenzó a leer haciendo caso omiso del espectáculo que tenía delante de sus ojos. Marta se insinuó tosiendo levemente pero viendo que el chico no le prestó la menor atención posible empezó a sonreír por la situación tan cómica que se presentaba. Se le notaba más relajada y predispuesta que antes. Justo cuando las puerta del vagón se cerraron tras la penúltima parada de nuestro trayecto el chico levantó la vista del libro para saber donde se encontraba y entonces se percató del monumento que tenía delante, entonces bajó la vista y… ¡No se lo podía creer! Se quedó boquiabierto viendo el lindo conejito de Marta expuesto de tal manera mientras ésta se hacía la despistada para no incomodarlo. Solo le faltaba babear para completar la escena. Instantes después llegamos al final de nuestro recorrido y Marta se puso de nuevo en pie para desalojar el vagón, en todo momento el chico no le quitó el ojo de encima incluso cuando el metro partió internándose por las vías en los oscuros túneles subterráneos.

Vi como Marta reía tranquilizadora por lo ocurrido y tras haber descubierto el potencial que tenía entre las piernas. Enseguida tuvo que ponerse seria pensando en que hacer ahora y antes de salir por las escaleras mecánicas decidió pararse a mirar el cartel que explicaba los recorridos de las líneas de metro. A través del reflejo del cristal pudo observar como un chico se fijaba en ella y sin pensárselo dos veces se inclinó sobre si misma para señalar con su dedo la parte más baja del póster. Su lindo coñito volvió de nuevo a ver la luz y el chico anonadado por tal visión se chocó con una señora que le recriminó que estuviera más atento por donde caminaba. Marta se incorporó sonriendo de nuevo y se dirigió a la salida. Subir por las escaleras no dejaba nada vislumbrar más allá de la redondez de su trasero pero aún así hubo un par de chicos que se dieron cuenta de que se le veía por completo su lindo culito y comenzaron a sonreír.

Ya en la calle se quedó parada sin saber a donde ir por lo que cogió el móvil y aunque estaba a escasos metros de mí me escribió "¿Dónde deseas que vaya?", yo la invité a que se dirigiera a unos grandes almacenes para buscar algo de música y así lo hizo.

Cuando llegó a su destino esta vez decidió subir por las escaleras manuales haciendo que su entrepierna se entreabriera con cada paso que daba para subir cada escalón. Al principio nadie reparó en su desnudez hasta que un chico joven que subía tras ella acompañado por un amigo golpeó a éste para que se fijara en tal espectáculo. Ambos sonrieron abobados sin que Marta se diera cuenta y yo pude oír los comentarios groseros que le dedicaban "Vaya tía, que guarra" y cosas por estilo.

"¿Cómo te sientes?", le escribí mientras repasaba algunos CD’s de música distraída. "Al principio avergonzada y sucia, pero poco a poco me he ido calmando" me contestó. "Bien, vete a una terraza y tómate algo. Espérame sentada hasta que yo llegue." Mientras Marta se dirigía hacia su nuevo destino yo visité aquel mismo sex-shop de antaño buscando una sorpresa que regalar a mi dulce esclava sexual.

Cuando llegué al lugar donde habíamos quedado me quedé alejado contemplando la escena que se desarrollaba ante mí. Con la mirada, Marta, buscaba entre las mesas cercanas víctimas a las que perturbar con la increíble visión de su lindo coñito. Todos rehuían el contacto visual y solo cuando un joven atractivo poso su mirada sobre ella comenzó a interesarse por él. Ambos se miraron fijamente. Él repasó la anatomía de Marta mientras ella no desvió su mirada de sus ojos. Muy lentamente sus piernas se fueron abriendo dejando al descubierto su conejo para que fuera observado por los inquisidores ojos del chico. Sin inmutarse él la miró fijamente y luego saboreó el precioso momento que ella le estaba dedicando poniendo su mano sobre sus labios pensativo y haciendo caso omiso a la conversación que se desarrollaba en su mesa. Desde la lejanía divisé como los pezones de Marta se pusieron duros bajo el top excitada por la situación. Como quien no quiere la cosa comenzó a pasar su mano distraída por su pecho buscando calmar el furor que crecía en su interior. Mientras tanto el joven no quitaba ojo de encima suya hasta que pidió un boligrafo para escribir algo en un pequeño papel (su número de teléfono supongo) y cuando se iba a levantar en dirección a Marta…

- Hola guapa ¿qué haces por aquí? – Laura, su mujer amiga, apareció en escena rompiendo el encanto de la situación.

Marta se quedó paralizada, blanca del susto, y cerrando sus piernas de golpe se puso de pie para saludar a su amiga con un par de besos.

- Eh… - las palabras no salían de su garganta, parecía que de un momento a otro empezaría a llorar como una niña pequeña.

El móvil de Marta sonó con la llegada de un nuevo mensaje mío "Llegaré en un momento, me he retrasado". Como si de un flotador presto a la salvación se tratará se aferró a esta excusa y volvió a dirigirse a su amiga.

- He quedado con Alex para tomar algo. Estaba esperándolo. – mintió.

- Pues yo estoy de compras con mi madre, si quieres cuando termines te doy un toque y me uno a vosotros. –continuó Laura charlando.

- Vale, llámame luego, pero a lo mejor vamos al cine y no te lo puedo coger. – continuó con la mentira.

- Bueno, de todas formas te llamo por si acaso. – luego miró de arriba abajo a su amiga y continuó – Si que has cogido el verano con ganas, no te había reconocido con esta pinta. Vale que quieras estar guapa para tu cariñín pero tápate un poco de las miradas del resto sino se va aponer celoso. ¿Y este cambio de look a que se debe? Nunca te había visto así.

- Ya ves, por cambiar un poco y romper con la rutina. – dijo Marta.

- Pues ya te hacía falta. Este chico te está cambiando aunque no lo creas y estas haciendo muchas cosas que antes no hacías.

- No lo sabes tu bien. – contestó Marta a punto de echarse a reír.

- Bueno te dejo, que me espera mi madre. Luego te llamo. – sentenció Marta.

Cuando Laura se fue me di cuenta que el chico que observaba a Marta había desaparecido junto a sus amigos dejando vacía la mesa. Cuando llegué a su altura aun trataba de tranquilizarse respirando hondo.

- Ha ido de poco ¿eh? – le dije.

- No me lo podía creer. Gracias por salvarme en el último minuto. – me contestó aun nerviosa.

Me senté frente a ella y entonces pudo relajarse ya que era difícil que alguien viera algo a través mío. Pedí una bebida y dejé que Marta volviera a recuperar la compostura antes de pedir la cuenta para irnos de allí. Justo antes de hacerlo me di cuenta que una joven rubia de pelo rizado de una mesa cercana no quitaba su vista de encima de Marta mientras jugueteaba con su pelo. No me había fijado en ella hasta ahora pero por lo que parece había contemplado toda la escena al igual que yo y ahora no paraba de mirar a Marta y a su entrepierna. Pensar en que habíamos tenido una espía mujer hizo que fuera yo el que me excitara tremendamente, así que le pedí a Marta que volviera a abrir sus piernas disimuladamente para ella antes de irnos y observé como la chica la miraba con los ojos abiertos como platos, cuando vio que la habíamos descubierto sonrió y se puso a hablar con otra chica sonrojándose levemente.

Ambos salimos de la terraza cogidos de la manos y entonces le volví a preguntar que qué tal se sentía.

- Estoy excitadísima y muy cachonda. Mira. – Y llevando mi mano a sus muslos con disimulo noté como pequeños regueros de fluidos corrían por el interior de sus piernas fruto del grado de calentura que llevaba en el cuerpo. – Necesito que me folles ahora mismo. Estoy a punto de correrme.

Acelerando el paso nos introdujimos en el metro y por suerte nos tocó un vagón medio vacío con un hombre de color que dormitaba al fondo del mismo y con una señora que leía distraída. Nos sentamos juntos en un asiento doble que ocultaba nuestros movimientos a los otros viajeros. Enseguida que tomamos asiento Marta llevó mi mano al interior de su minifalda y la puso sobre su húmedo coñito esperando que mis toqueteos la llevaran a la cumbre del placer. Su entrepierna era un río de fluidos, caliente y abierta totalmente. Con solo un par de roces en su pequeño clítoris estuvo a punto de gritar, así que se abrazó a mí y ocultó su rostro en mi cuello que comenzó a besar. No hizo falta mucho más manoseo para que notara en su aliento en mi cuello como se corría plácidamente y como su orgasmo inundaba mi mano con más fluidos provenientes del interior de su vagina. Luego trató de recomponerse cuando las puertas se abrieron y más gente entró al vagón.

- Tengo una sorpresa para ti. – le dije cuando llegamos de nuevo a su casa. Pero no pude hablar nada más porque su móvil sonó reclamando su atención. Cuando finalizó la llamada le pregunté si era Laura.

- No, era mi hermana. Dice que Laura la ha llamado porque me ha visto vestida como un putón y le ha dicho que juntarme contigo no es beneficioso para mí. – me contó. Ambos comenzamos a reírnos como unos histéricos sin poder parar.

- Bueno, ¿y cual es mi regalo? – me preguntó de nuevo.

- Ven. – le dije e hice que sentara en el sofá.

Cuando abrió su regalo lo miró con cara escéptica y me miró extrañada. El dorado vibrador reposaba en sus manos y ella lo tocaba como si fuera algo asqueroso que fuera a morderle.

- ¿Para qué quiero yo esto? – me preguntó – No pienso utilizar una cosa así, jamás lo he hecho y no creo que me guste.

- Eso es lo que tú te crees. Déjame hacer y verás. – le contesté – Además sé que te mueres porque te la meta ahora mismo, así que no te quejes y disfruta recordando todo lo que has hecho esta tarde.

Hice que se inclinara hacia atrás recostándola sobre el sofá y estando apagado pasé la punta del vibrador por el contorno de sus pechos que se apretujaban tras el ajustado top. Ella me miraba curiosa pero enseguida cerró los ojos y se dejó llevar. Dibujando círculos alrededor de la areola de sus pezones noté como estos se endurecían bajo su contacto y se marcaban puntiagudos contra la tela. Dibuje sobre sus tetas como si de un bolígrafo se tratara mientras la respiración de Marta se volvía más agitada. Sin yo decirle nada fue ella misma la que se deshizo del top y de su sujetador. Lentamente acerqué mi boca a sus pechos y delicadamente comencé a lamerlos suavemente para luego jugar con la punta de mi lengua sobre sus pezones buscando su punto máximo de dureza. Marta apoyó sus manos sobre sus rodillas, debía de tener el coño ardiendo y quería, necesitaba, tocarse íntimamente.

Con un pequeño clic puse en funcionamiento el vibrador y rocé levemente uno de sus pezones. Ella dio un respingo y luego sonrió. De forma pausada y con resonancia mecánica el vibrador a baja velocidad hizo que sus pechos se pusieran duros como nunca antes lo habían estado y sus pezones parecían que iban a estallar en cualquier momento.

Luego me coloqué de rodillas enfrente suya y le levanté la minifalda hasta la cintura. Separé sus muslos lentamente y aspiré el dulce olor que su conejito desprendía. Como antes había comprobado su coñito tenía un flujo continuo de fluidos debido a la excitación contenida. Inclinando levemente mi cabeza pasé mi lengua por su clítoris y luego por toda su vulva. Marta se estremecía salvajemente y comenzó a gemir mordiéndose los labios para no gritar. Estaba tan húmeda y cachonda que no tardó en correrse en mi cara cuando mi áspera lengua pasaba una y otra vez por su pequeño botón rojo.

Con cuidado volví a coger el vibrador y lo embadurné de gel lubricante para acto seguido tocar con su punta el monte de Venus de Marta. Un electrizante hormigueo recorrió todo su cuerpo acompañando el run-run metálico del aparato. Con sumo cuidado buscaba el contacto mínimo del dildo con sus genitales algo que la enloquecía más aún si cabe. Cuando lo posé sobre sus labios vaginales y comencé a moverlo arriba y abajo sobre su clítoris tuvo que morderse la mano para no gritar como una desesperada. Aumenté levemente la velocidad de la herramienta y seguí moviéndolo despacio por su entrepierna aumentando el placer que recibía. Cuando comenzó a moverse descompasada y a arquear su espalda centré la punta del vibrador sobre su clítoris y dejé que el orgasmo viniera solo a su encuentro. Por mucho que trato de resistirse al poco tiempo se corrió presa de convulsiones y estertores orgasmáticos.

- ¡Joder, esto es la leche! – me dijo entre jadeos y sollozos, a punto de que se le saltaran las lágrimas del esfuerzo por aguantarse.

- Aun falta lo mejor. – le contesté.

No hizo falta añadir más lubricante. Su almeja estaba tan húmeda que el vibrador entró solo y no había dificultad alguna en moverlo en cualquier dirección. La dura superficie dorada vibraba monotamente arrancando gemidos de la garganta de Marta. Constantemente entraba y salía de su vagina aunque de vez en cuando paraba para dejarlo vibrar libre en su interior. Ella parecía que iba a explotar, se agarraba con ambas manos al sofá y jadeaba pesadamente. Aumenté la velocidad buscando llevarla al límite y ya no pudo contenerse. Gritando como una posesa tuvo un largo orgasmo que hizo contraerse todo su cuerpo varias veces. Su corrida inundó el sofá manchándolo todo. Marta tardó en abrir de nuevo los ojos y lo primero que hizo fue dar las gracias por el buen rato que había pasado. Estaba exhausta y muy cansada así que deje que se desprendiera de la minifalda y se tomara una ducha relajante.

Ya era casi de noche así que encargamos algo de cena y antes de volver a casa me hizo una magnífica mamada para rebajar mis ansias de sexo tras la excitante tarde que habíamos pasado.

Andando de regreso al hogar pensé que poco más podía hacer con ella, había que ir pensando en dejarla volar libre y que fuera ella misma quien desarrollara sus habilidades.

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