Dolor y placer




De como una amiga de mi ahijada me sorprende al confesarse masoquista y yo disfruto con ello a espaldas de su novio.

La siguiente historia (real como siempre) trata sobre mi primera y única experiencia con el BDSM y de lo mucho que disfruté con ella. Como siempre, por seguridad y privacidad, los nombres y las localizaciones no concuerdan.

Fue en el verano del año 2000. Aquel estío, como muchos otros anteriormente, un grupo de amigos alquilamos una casa rural para pasar un par de semanas. Como siempre venían una o dos parejas y los demás, hasta llegar a unos 14 ó 16, éramos gente soltera donde la proporción de chicas solía ser siempre mayor que la de chicos. Normalmente solía conocer a 6 u 8 de ellos, el resto solía ser gente invitada, familia o simplemente amigos terceros que se apuntaban a la fiesta.

La finalidad de este tipo de encuentros solía ser beber, comer, disfrutar de la naturaleza y sobre todo descansar. Y si de paso surgía algún rollito, pues mejor que mejor.

No sé como me las apaño pero siempre me toca pringar en la cocina, quizás será porque saben que me gusta. El caso es que para hacer más llevadera la cosa me hice adjuntar un par de pinches para ayudarme en las labores culinarias. Uno de ellos era mi buen amigo Paco y el otro era Bea, una amiga de mi ahijada que yo ya conocía desde hacía tiempo pero con quien no había tenido mucho trato. Salvo ocasionales holas y adioses, y alguna que otra copa juntos cuando nos reuníamos todo el grupo como en esa ocasión, no podía decir que hubiera intercambiado muchas palabras con ella. Pero siempre que no estaba con su novio, podía hablar tranquilamente con ella y conocer a una bella y simpatiquísima persona.

Beatriz tenía por aquel entonces 19 añitos, 5 menos que yo. Desde pequeña siempre había sido una chica llamativa sobre todo por su larga melena de pelo negro muy rizado, su piel siempre morena, esos ojazos negros y su sonrisa constante. El que tuviera un cuerpo casi escuálido no impedía que poseyera dos impresionantes pechos, que más de uno creía operados por la sin razón de ser tan delgada y tener esas inmensas tetas. Solo el hecho de tener una nariz ganchuda afeaba el conjunto, pero ese punto se podía pasar por alto en cuanto te parabas a observar el culito respingón que gastaba por detrás la niña.

Como Paco, Bea y yo teníamos que cocinar para el resto, lo que implicaba tener horarios distintos para levantarse, decidimos escoger una habitación no comunal separada del resto en la que solo dormíamos los tres. Por ser la única chica, y a la espera de que su novio viniera a visitarla el último fin de semana, dejamos que se quedara la cama de matrimonio y Paco y yo preferimos las camas individuales, siempre con la condición de que aquel que pillara cacho tendría preferencia sobre la cama de matrimonio. Bea aceptó el trato y esta pequeña broma fue el comienzo de una larga serie de coñas y risas del equipo de cocina que nos unió mucho en pocos días.

Si alguno de los lectores ha trabajado alguna vez en una cocina sabrá lo duro y cansado que puede llegar a ser este menester, pero como lo hacíamos a gusto no nos importaba. Tanto Bea como Paco se desenvolvían muy bien en la cocina y siempre estábamos al quite para ayudar en lo que hiciera falta. Al final del día siempre terminábamos la jornada sentados cerca de la cocina descansando mientras bebíamos algún "refrigerio". A muchas de estas charlas se nos unía más gente, como mi ahijada y otras chicas, y solían durar hasta bien entrada la madrugada.

Durante diez días los tres hablamos, gritamos, charlamos, reímos y sobre todo bebimos, comimos y contamos intimidades. Bea descubrió su faceta de chica-camionero, ya que tras días de escucharnos a Paco y a mí soltar burradas sobre las mujeres y sobre el sexo, ella misma comenzó a soltar exabruptos por su linda boquita e incluso a tirar piropos tipo albañil a las otras chicas. Yo mientras tanto le lanzando puyas para hacerla enfadar o simplemente le soltaba órdagos del estilo de "si tuvieras un par de años más te ibas tú a enterar de lo que es bueno", "sino fueras la amiga de ahijada verías tú lo que es bueno" o "que penas que tengas novio, que sino..."

Poco a poco fui descubriendo que Bea me miraba con otros ojos, y que si al principio se ruborizaba con mis comentarios, más tarde comenzó a responderme de formas tales como "que más quisieras tú poder poner las manos encima de tanta carne", "mucha boquilla pero poca acción" o simplemente "no eres capaz de tocarme un pelo". Incluso mi ahijada tuvo que pararme los pies y decirme que me cortara un poco.

Una noche delante de más gente las bromas fueron a más y se tornaron en desafío cuando ella me dijo:

- Tanto hablar y si fueras un hombre de verdad subirías ahora mismo a la habitación y pondrías en práctica todo lo que dices.

- ¿No me crees capaz? – contesté yo.

- No. – respondió ella.

- Pues ve subiendo que te vas a enterar de lo que es bueno. – sentencié.

Ni corta ni perezosa se levantó de la silla y se fue derecha a la planta de arriba buscando nuestra habitación. Acto seguido me puse en pie y antes de irme tras ella le susurré al oído a Paco:

- Tío, búscate otro sitio donde dormir esta noche, que esta se va a enterar de lo que vale un peine.

El resto de gente nos miró al principio atónita, sobre todo porque sabían que Bea tenía novio, pero luego consideraron que se trataba de una broma y se echaron a reír pensando que en un instante volveríamos a bajar los dos a la cocina.

Cuando entré en el cuarto la luz se encontraba apagada y Bea se hallaba tumbada boca abajo sobre la cama.

- Sabía que te ibas a rajar. – Le increpé.

- Yo creía que todo era una broma y ya está, - me dijo – me he subido porque estoy cansada y tenía sueño.

Me acerqué hacia la cama y me tumbé a su lado. Ella me miró a los ojos y exclamó:

- Además te recuerdo que tengo novio.

- Yo creía que eso no era problema según tú. – dije valientemente.

- Yo no tengo problemas por eso, en todo caso los tendrá el. – contestó.

En aquel instante me tuve que enfrentar a la cruda realidad. Por un lado temía acostarme con ella ya que era la amiga de mi ahijada y me intimidaba un poco la diferencia de edad-madurez, por otro lado todo el mundo sabría que habría pasado y su novio se enteraría y yo no tenía ganas de follones por cuernos ajenos y por último tenía unas ganas locas de poner mis manos sobre aquel escultural cuerpo.

Sumido andaba yo en mis pensamientos cuando ella se incorporó, se quitó la camiseta que llevaba puesta y se tumbó para luego desabrocharse el bikini y decirme:

- Anda dame un masaje que estoy dolorida.

Yo ni corto ni perezoso me coloqué a horcajadas sobre su lindo trasero y comencé a masajearle la espalda. Mientras tanto ella con los ojos cerrados hacía como que dormía.

En aquel instante la puerta se abrió, se encendió la luz y Paco se asomó a la habitación.

- ¡Ups!, ¿si molesto me voy? – dijo con cara inocente.

- No pasa nada. - dijo ella abriendo los ojos.

- Puedes quedarte a dormir si quieres, no creo que pase nada. – exclamé sonriendo.

- Solo venía a deciros que me voy con la gente al pueblo a tomar algunas copas, seguramente volveremos cuando amanezca. ¿Podéis encargaros vosotros del desayuno que yo estaré hecho polvo? – preguntó Paco.

- No hay problema. – le aseguré – Pero Paco dile a la peña que no hay nada raro, que no quiero que se piensen cosas que no son.

- No te preocupes. – dijo él – De todas formas todos creen que era una coña y que no seríais capaces. Estaban seguros de que cuando subiera os encontraría durmiendo cada uno en su cama.

Tras recoger su cartera y escuchar mis súplicas de que tuvieran cuidado con la carretera, cerró la puerta. Bea me pidió que por favor apagara de nuevo la luz y que continuara de nuevo con el masaje.

- Podrías hacerlo más fuerte.- me preguntó con voz queda.

- No quiero hacerte daño.- dije yo.

- No te preocupes por eso, me gusta más fuerte.- me contestó.

Al principio no me resultó extraña su petición pero cuando comencé a apretar con mis manos su espalda más y más fuerte según ella me pedía más empecé a pensar que algo raro pasaba.

- Puedes continuar por delante si quieres.- me dijo con total naturalidad.

Al principio me pilló fuera de juego, pero luego pude balbucear que entonces se diera la vuelta. Y así lo hizo.

Aún estando a oscuras, la luz proveniente del exterior a través de la ventana abierta me permitió ver esas dos fantásticas tetas en su máximo esplendor. Demoledoras y con unos pezones pequeños que me apuntaban acusadores inquiriéndome el porqué estaba a punto de tocar el fruto prohibido que era aquella amiga de mi ahijada.

- Ahora si que nos han dejado solos.- me dijo Bea abriendo los ojos.

- Creí que no te ibas a atrever a llegar hasta el final.- le contesté.

- Y no iba a hacerlo, - exclamó – pero tengo que confesarte que me da mucho morbo la situación, y sobre todo que me atrae la idea de acostarme con el padrino de mi amiga. - Pero quiero aclararte una cosa. A mi me gusta hacerlo de forma un tanto ruda digamos. Sin miramientos, no sé si me entiendes. La verdad es que es una cosa que suele asustar a los tíos.

- No te preocupes, - le dije yo – ya me dirás cómo según vaya haciendo.

Entonces ella volvió a tumbarse y colocó sus manos unidas por las muñecas sobre su cabeza, como si estuviera atada al cabecero de la cama. Poco a poco mi mano comenzó a dirigirse hacia unos de sus enormes pechos, todavía sin poder creerme de que fuera a tocarlos. Lentamente comencé a masajearlo y al rato mi otra mano hizo lo propio con el otro pecho.

- Aprieta más fuerte, no te cortes. Me gusta así. – me dijo ella sin parar de mirarme a los ojos. Su mirada delataba algo oculto que estaba esperando mostrar.

Poco a poco empecé a apretar más firmemente maravillado por la turgencia de sus senos. Luego comencé a juguetear con sus pezones delicadamente haciendo que se pusieran duros al instante. Yo ya llevaba tiempo con una erección de importancia y la situación estaba haciendo que mi bragueta estuviera a punto de estallar.

- Pellízcamelos con fuerza. – me pidió. Yo la miré con extrañeza y paré. - ¿Qué pasa no te atreves?

En ese instante comprendí de qué iba el rollo. A esta tía le iba el rollo hardcore hasta su últimas consecuencias y me estaba pidiendo que colaborara en ello. Nunca he permitido que se haga daño a una mujer delante de mí y aquello rompía mis esquemas, pero siendo ella la que me lo pedía y sabiendo que siempre podía parar en cualquier instante me lancé al ataque.

Con las dos manos a la vez tiré fuertemente de sus pezones hacia arriba y ella contestó con un gemido mezcla de dolor, sorpresa y placer. Luego continué pellizcándolos de un lado a otro y retorciéndolos sin compasión un buen rato. Bea mientras tanto disfrutaba como una loca y entrecerraba los ojos por el placer-dolor causado.

- ¡Muérdelos! – me pidió con voz entrecortada.

Mi boca se lanzó rápidamente hacia sus maravillosas tetas y comencé a pasar sus pezones por mis afilados dientes, mordiendo de vez en cuando, tirando de ellos hacia arriba y lamiendo sin parar el resto de sus senos. Entonces me dijo algo que volvió hacer algo que me parara en seco:

- ¡Pégame!

- ¿Cómo? – contesté incrédulo.

- ¡Que me pegues! - me gritó - ¡No seas maricón!

Yo seguí mirándola con sorpresa cuando me arreó un sopapo de órdago que me cruzó la cara. En ese instante algún resorte saltó en mi cabeza y sin pensármelo se lo devolví sin miramientos. Ella sonrió y me miró de forma maliciosa, cosa que yo acompañé con una nueva bofetada, no muy fuerte, para no dañarla ni hacerla sangrar, pero contundente al fin y al cabo. A este segundo guantazo le siguieron un número indeterminado más de ellos a los que Bea siempre contestaba con una sonrisa de oreja a oreja.

Entonces paré y comencé a besarla en la boca de manera salvaje, cosa que ella respondió de igual manera. Nuestras lenguas se buscaban de forma violenta y nuestras bocas comenzaron a buscar nuestros cuellos y nuestras orejas. Los mordiscos y los chupetones no tardaron en aparecer en escena sobre todo por mi parte.

A duras penas conseguí quitarme la camiseta mientras ella me paseaba las manos por la espalda arañándome con sus uñas, y más difícil aún fue desabrocharle los pantalones y poder bajárselos junto con el tanga del bikini. Entonces me coloqué a su lado y le puse las manos como al principio pero esta vez yo se las sujetaba con una de las mías. Mientras tanto con la otra mano separé bruscamente sus piernas y pude observar la mata de pelo que cubría su entrepierna y que ocultaba su caliente conejito. Con los dedos bien extendidos y cerrados pasé toda la palma de mi mano por su lindo coñito, notando lo húmeda que se encontraba. Sin entrar en regodeos empecé a frotar fuertemente la palma de mi mano contra sus labios vaginales y su clítoris. Ella me miraba con ojos entreabiertos y gemía consumida por el placer, deleitándose cuando incliné de nuevo mi cabeza y continué mordiendo sus pezones y estirándolos con mis dientes. Mis rápidos frotamientos dieron paso a la penetración de su caliente cueva, primero con un dedo y enseguida con otro más; de forma rápida y continuada mis dedos horadaban aquel coño cuyos olorosos flujos empezaban a inundar mis sentidos. Haciendo que mi palma chocara contra su clítoris cada vez que mis dedos se introducían en su oquedad y a la vez que mordía sus enormes tetas consiguió llegar al orgasmo de manera salvaje y con convulsiones propias de una epiléptica.

Entonces la agarré del pelo e hice que incorporara la cabeza, dejándola a la altura de mi bragueta. Enseguida supo que estaba esperando y mientras me bajaba la cremallera y buscaba entre mis shorts mi dura polla, yo me saqué el cinturón del pantalón y lo arrojé sobre la cama a la espera deponer darle más juego. Bea sin embargo parecía no pensar en nada más que en comerme de forma glotona toda la envergadura de mi mástil que pudiera. Su boca se abrió de forma desmesurada e introdujo casi completamente mi polla en su garganta, llenando de saliva mi extremidad y tragando los fluidos que de ella salían. Mis manos solamente podían agarrarla por la cabeza y acompañarla en sus movimientos salvajes. Unos movimientos que me estaban volviendo loco.

De repente separé su cara de mi entrepierna y la obligué de nuevo a besarme, pudiendo yo también entremezclar mi saliva con toda la amalgama de fluidos que había en su boca. Acto seguido la empujé contra la cama de nuevo y volví a separar sus piernas para seguir dándole juego. Introduje mis dedos índice y anular en su húmedo coño mientras que con mi dedo gordo le apretaba su clítoris con fuerza para adentro.

Así estuve un rato hasta que fui yo el que me incliné sobre ella y hundí mi cabeza en su entrepierna. Al igual que con sus pezones no dude en mordisquear sus labios vaginales, pasar mis dientes por su clítoris y morder con fuerza sus muslos; mientras ella se retorcía con ambas manos sus pezones y gemía y gemía de forma entrecortada. Al final volví a introducir mis dedos en ella y comencé a morder sus tetas hasta que volvió a correrse de forma espectacular.

Tome un poco de respiró mientras me ponía un preservativo y volví a la carga. Me tumbe sobre ella y la penetré fuertemente, hasta el fondo. Ella me recibió con largo gemido acompañado de un apagado "sí, fóllame". Mis embestidas no eran nada delicadas y como podía seguía mordiendo sus tetas y besándola en la boca. Incluso llegué a tirar tan fuertemente de sus labios que el sabor salado de la sangre llegó a mi paladar. Sin contemplaciones, de forma grosera, mis empujones hacían que su cadera recibiera un trato doloroso y más aún el interior de su vagina. Bea sin embargo no se quejaba, gozaba con todo aquello. ¿Quién me lo iba a decir? Al cabo de un rato cogió mis manos y me las puso sobre su cuello, haciéndome señas entre gemidos de que apretara sin compasión. Y fue así como casi al borde la asfixia llegó a su tercer orgasmo.

Pero yo aún no había acabado. Hice que se girara y tumbada boca abajo le até las manos a la espalda con mi cinturón. Como si de un profesor que reprendiera a su alumna traviesa comencé a darle azotes en el trasero que sonaban de forma plausible. Su lindo culito enseguida adquirió un tono rojizo (o al menos a oscuras así parecía) en algunas marcas pero a ella no parecía importarle la situación. Con los ojos cerrados parecía disfrutar con cada golpe como si de un pequeño orgasmo se tratara cada uno de ellos. Al tiempo le quité la correa de las muñecas y la tiré al suelo, no sin antes propinarle dos breves latigazos en la espalda con la lengüeta del mismo.

Para finalizar la coloqué a cuatro patas y nuevamente de forma directa y brusca me introduje en ella mientras seguía azotándola en el trasero al estilo de las películas porno. Mis testículos chocaban contra su rajita con cada nuevo empuje, pero Bea solo gemía y disfrutaba. Al poco rato recogí su pelo enmarañado con una mano y comencé a tirar para atrás de él para que así levantara la cabeza y pudiera yo ver como gozaba de la situación. Eso hizo que me pusiera más cachondo aún si cabe, así que acabé agarrándola de los hombros y empujando con todas mis fuerzas mi verga en su interior, como si de una violación se tratara. Rápidamente, salvajemente, hasta que ambos tuvimos sendos orgasmos y una corrida de campeonato acompañada de gritos de desahogo y placer.

Lentamente ella se separó de mi y se volvió. Me cogió la cara y me besó con pasión.

- Gracias. – Fue lo único que llegó a decir. Luego se tiró extenuada sobre la cama y comenzó a dormir.

Yo no salía de mi sorpresa inicial, pero andaba satisfecho por como había discurrido la noche. Así que recogí mi ropa y me largué hacia mi cama esperando que Paco no imaginara lo que allí había pasado esa noche.

Al día siguiente Bea y yo nos despertamos antes que nadie como siempre y sin hacer ruido para no despertar a Paco bajamos a preparar el desayuno.

- Por favor no quiero que le cuentes esto a nadie. – me pidió Bea – No quiero que piensen que soy un bicho raro.

- No pensaba hacerlo, - contesté yo – sobre todo por el tema de tu novio. De todas formas podemos repetirlo cuando quieras.

Y así fue. Su novio vino dos días después y ella no le contó nada de lo acaecido, ni a él ni a nadie, excepto a mi ahijada (sin entrar mucho en detalles) que me reprochó lo que había hecho pero sabedora de que no tenía remedio. Durante las dos siguientes semanas continuamos viéndonos y disfrutando de esas "pequeñas palizas" como a ella le gustaba llamarlas, pero al final decidimos dejarlo ya queso novio comenzaba a sospechar que había alguien más en su relación sobre todo debido a los moratones en el cuello de Bea.

A día de hoy no sé que habrá sido de ellas, pero si sigue con su novio espero que él la siga disfrutando como yo lo hice.

Bueno, espero que os haya gustado. Mis próximos relatos serán sobre mis experiencias con más de una chica en la cama. Como siempre espero vuestros comentarios y sugerencias.

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