La casa del sol naciente (1ª parte)




De como espio a mi compañera de piso asiática mientras "juega" en su cuarto.

Mi segundo relato y como el anterior es 100% real, por supuesto previas modificaciones de nombres y lugares.

Si hay algo que siempre he tenido claro en esta vida con respecto al sexo son estas tres importantes reglas:

- Nunca con la novia o la hermana de un amigo.

- Nunca con alguien del trabajo.

- Y nunca con tus compañeras de piso.

La primera de ellas siempre la he cumplido a rajatabla. La segunda solo la incumplí una vez por que no sabía que ella trabajaba en la misma empresa multinacional que yo hasta que me la encontré al día siguiente en la cafetería. Y por último la tercera es la que por "desgracia" más veces he tenido que saltarme a la torera.

No creáis que esta mentalidad con respecto a las compañeras de piso es algo arbitrario, sino fruto del siguiente planteamiento. ¿Para qué liarte con ella si puedes hacerlo con sus amigas y además te ahorras montones de dolores de cabeza? Meterte en la cama con quien comparte tu baño es como empezar una relación empezando por irse a vivir juntos; sin olvidar que si la cosa sale mal pasa lo mismo que en los divorcios problemáticos ¿Quién se queda con el piso?

Siempre que he podido he vivido en piso a solas, pero cuando tuve que mudarme de ciudad por temas laborales y los alquileres en la nueva ciudad estaban por las nubes tuve que adoptar la difícil situación de tener que compartir mi vida privada con unos simples desconocidos. Si algo tuve claro desde el principio es que no quería vivir en piso con otros tíos; conozco las andanzas de mis amigos en su época de la universidad y no quería que Greenpeace me denunciara por la destrucción de un ecosistema salvaje cuando fregara el baño, así que mi opción siempre fue un piso mixto con una o dos chicas si era posible. Chicos solos en un piso significa suciedad y desorden pero buen rollo, chicas solas todo lo contrario, pero como alguien dijo: "En el punto medio está la virtud."

Mi primera experiencia fue con un chico de Bilbao y una chica inglesa. Hasta aquí sin problemas, y eso que la anglosajona estaba de muy buen ver. Al cabo de seis meses cambié de piso y me fui a un piso mejor y más grande donde vivía una pareja y una estudiante universitaria bastante joven de las islas, con la que dos semanas antes de que se fuera de vuelta a su casa tuve un breve escarceo sexual al termino de una larga noche de alcohol y fumeteo sin que los otros habitantes de la casa se enteraran de nada de lo acaecido. Como ya se iba, no cuenta.

Mi estancia allí terminó la noche tormentosa en la que la otra chica me invitó por miedo a que la acompañara en su cama un fin de semana que su novio estaba de viaje. Lógicamente ni que decir tiene que en menos de dos semanas tuve que buscarme un nuevo lugar donde vivir, ya que a ella se le hacía inaguantable la situación... y eso que su novio nunca llegó a enterarse ni lo volvimos a hacer otra vez. ¿Veis como al final se sale perdiendo cuando te lías con tu compañera de piso?

Tras largos derroteros encontré una espléndido pisito en una zona residencial que compartía con una chica sudamericana y una japonesa. Durante cerca de tres años, más y más chicas ocuparon el sitio de una o de otra (una brasileña, una madrileña, una catalana, una italiana, una santanderina, una colombiana y una francesa) pero responsable de mí, ninguna llegó a pasar por mi habitación salvo en una ocasión, la que os voy a contar.

Por aquel entonces el piso estaba compartido por la chica de Madrid, María, y la chica del país del sol naciente, Yuko.

María era una espectacular economista, rubia con el pelo rizado, de portada de catálogo de bañadores, más alta que la media de mujeres y con unas larguísimas piernas de infarto, ya os podéis imaginar el resto, unos pechos firmes y un culo respingón de espanto. Yuko en contraposición era una chica morena, de pelo liso, bajita y delgada como solo las japonesas pueden estar; casi no tenía pecho pero con un culito de quinceañera que quitaba el aliento. Ni que decir tiene que ambas se cuidaban bastante a base de gimnasio y buena dieta, pero por diversos motivos ninguno de los tres andábamos por aquel entonces emparejado.

Solíamos montar mini fiestas entre los tres en el piso, donde nos agarrábamos unas buenas borracheras sabedores que luego solo teníamos que arrastrarnos hasta la cama para dormir tranquilos. Cualquier día de la semana y cualquier pretexto era bueno para montar unos cócteles, una piña colada natural o unos mojitos. Al final siempre acabábamos durmiendo la mona en los brazos de Morfeo allá donde caíamos.

Si hay algo curioso de los japoneses que poca gente sabe es que genéticamente no están predispuestos para consumir grandes cantidades de alcohol. La falta de una enzima en sus mitocondrias hace que no quemen con facilidad el alcohol y que lo absorban directamente al torrente sanguíneo, de ahí las famosas borracheras de los japos y el motivo de que beban el sake en pequeños vasitos y de sorbos muy cortos. Pero por contrapartida los efectos alcohólicos se les pasan con más rapidez que a un occidental y al día siguiente de una noche ajetreada no tienen resaca de ningún tipo. ¡Que suerte la suya!

Una noche que alargamos la fiesta y al final acabamos en una conocida discoteca, Yuko hizo honor a su casta, y acabó abrazada a la taza de un váter público recordando todo lo que había cenado esa noche. A María y a mí nos costó encontrar un taxi que quisiera recoger a una chica en semejante estado para poder volver a casa, pero lo peor fue quitarnos de encima a un moscón que trataba de beneficiarse a Yuko al verla en tales condiciones etílicas. Al llegar a casa entre María y yo desnudamos a Yuko sobre su cama hasta dejarla dormida con solo un negro tanguita como pijama, ya que no gustaba de ninguna clase de ropa para dormir.

Cuando llevas tiempo conviviendo con un par de mujeres en casa te acostumbras a verlas de todas las formas inimaginables, y si bien las dos primeras semanas estas más caliente que el palo de un churrero, al tiempo las ves como si fueran tus propias hermanas. Era habitual que cuando uno salía del baño de tomar una ducha o un baño, lo hiciera solo con una minúscula toalla o simplemente como Dios lo trajo al mundo si luego corrías deprisa a tu cuarto para terminar de cambiarte o vestirte. Vamos, que entre nosotros, no nos andábamos con remilgos o tonterías.

Aquella noche sin embargo no pude dormir tranquilo imaginándome a Yuko en semejante estado en la habitación de al lado. Ni que decir tiene que yo también llevaba algunas copas de más en el cuerpo y que solo pude aliviar tanta tensión tras una buena sesión masturbatoria en el cuarto de baño tomando una ducha relajante.

Si algo malo tenía ese piso era la extrema delgadez de sus paredes, ya que si alguien traía compañía a casa para dormir caliente el resto de compañeros podía escuchar sus gemidos y los placenteros orgasmos sin necesidad de abrir ninguna puerta. De igual manera yo podía escuchar cuando las chicas, por mucho que se apretaran los labios para no gritar, se satisfacían a solas cuando no tenían nadie a mano con quien desfogarse.

Pero sí hubo un ruido, proveniente del cuarto de Yuko, que siempre había llamado mi atención y que, inocente de mí, en un principio achaqué a un limpiador de bolas de lana para jerseys que ella tenía. ¡Que gran error! Luego más tarde confirmé las sospechas que ya tenía al oír siempre aquel extraño ruido acompañado de los gemidos de Yuko, y más cuando sabía que estaba sola y sin compañía masculina en su cuarto. La confirmación total de mis suposiciones llegó un día que Yuko se encontraba de viaje por Europa y con una llamada telefónica me pidió que le buscara en su cuarto una agenda donde tenía un número de cuenta apuntado. Dicha agenda se encontraba en un bolso situado en el interior de su armario, y cual fue mi sorpresa cuando además de encontrar dicha agenda descubrí una bolsa de papel con la colección más variopinta de consoladores y juguetes amatorios femeninos en su interior, además de un buen surtido de geles lubricantes. Entre ellos había un consolador de color dorado metálico, uno azul más estrecho para el sexo anal, una barrita vibratoria blanca, uno negro listo para la práctica de las dobles penetraciones y otro de látex rosado con un pequeño apéndice con forma de animal para estimular el clítoris mientras te introduces el resto en la vagina. Menuda risa cuando descubrí que era este último su favorito por el ruido rítmico que producía cada uno. Un consejo, si alguna vez queréis saber si vuestras compañeras de piso se masturban con algún tipo de juguete a solas en su cuarto, solo tenéis que comprobar la cantidad de rollos de papel higiénico que gastan y que luego tiran a su papelera.

Vivíamos por aquel entonces en un piso bajo donde el cuarto de Yuko tenía una ventana que daba a un patio interior, lugar donde solíamos tomar el sol o tender la ropa lavada para que se secara. Muchas noches mientras recogía la ropa limpia o colgaba la colada pude espiar a Yuko mientras se cambiaba de ropa, o incluso como solía quedarse dormida desnuda sobre su cama a altas horas de la noche y con una televisión pequeña que tenía encendida. Que deliciosa estampa, me podéis creer.

Una noche que salí a cenar con algunos compañeros del trabajo volví tarde a casa y más achispado de lo que debía teniendo en cuenta que al día siguiente trabajaba. Cuando atravesé el pasillo tratando de no hacer ruido para no despertar a mis compañeras, pude oír aquel conocido ruido mecánico y los consecuentes gemidos provenientes del cuarto de Yuko. Despacio me deslicé a oscuras hacia el patio de la casa y con mucha cautela observé el interior de su cuarto.

¡Que maravillosa escena! Tumbada sobre su espalda completamente desnuda se encontraba mi compañera de piso masturbándose salvajemente con el vibrador de látex. Mientras que con la mano derecha se apretaba fuertemente el pezón derecho, con la mano izquierda introducía una y otra vez aquel rosado vibrador en lo más profundo de su húmeda cavidad vaginal. Debía de estar disfrutando al máximo, ya que era ajena a todo lo que ocurría a su alrededor, además de que tenía los ojos cerrados y no paraba de lanzar entrecortados gemidos a través de unos labios que no paraba de morder, como si tratara de no hacerse oír por el resto de habitantes del inmueble.

Mientras trataba de cerrar los ojos que tenía como platos por tan sublime espectáculo, tuve mucho cuidado de ocultarme mejor para que si en algún momento se incorporaba o miraba en esa dirección no fuera capaz de verme. Pero no creo que se fuera a dar esa situación por lo enfrascada que se encontraba en su mete y saca. Ni que decir tiene que al momento tuve una fuerte erección pero aunque se me paso por la cabeza comenzar a masturbarme como si de una peli porno se tratara, enseguida deseché la idea ya que si era bastante duro explicar porqué me encontraba allí en ese preciso momento, imaginaos si además me pillan en mitad de la faena con mi instrumento entre las manos.

Hubo un momento que Yuko paró de repente; no había oído como se corría por lo que deduje que algo extraño pasaba. Simplemente llevó el consolador cerca de su rostro, cogió un bote lubricante, lo abrió, puso un poco más de gel sobre el cuerpo carnoso y lo restregó a lo largo de él. Por último cerró el bote y cambió la posición del selector del consolador, haciendo que vibrara de forma más rápida acompañado además de un nuevo movimiento giratorio circular. Luego con las dos manos volvió a dirigirlo hacia su entrepierna y empezó a frotar la punta del glande de látex contra sus rojos labios inferiores mientras no paraba de suspirar una y otra vez. Finalmente con delicadeza fue introduciéndolo poco a poco en su hambriento conejito y mezclando el gel lubricante con sus propios fluidos que ya empezaban a mojar las sábanas de la cama.

Lentamente y luego de forma más rápida empujaba con ambas manos el consolador dentro y fuera de su coño mientras acompañaba tal moviendo con una serie de gemidos cada vez más fuertes. El pequeño apéndice con forma de animal se movía tan rápido que era incapaz de verlo, pero sabía muy que estaba cumpliendo con su cometido: rozar levemente el clítoris de Yuko para que el placer que sintiera fuera total e inimaginable. Poco a poco los suspiros y los gemidos dieron paso a las convulsiones, y con un gran estertor que le hizo doblar la espalda tuvo un esplendoroso orgasmo mientras agitaba salvajemente el vibrador dentro de su coñito.

Esa fue la señal de que todo había acabado, ya que pude ver como se incorporaba al instante y cogía el rollo de papel higiénico para limpiar su "herramienta" y de paso secarse su chorreante entrepierna. Yo por mi parte dirigí mis pasos hacia mi cuarto para que cuando al rato ella se dirigió al cuarto de baño no pudiera distinguir si aún había llegado a casa o no.

Desde aquel día Yuko entró a formar parte de mis fantasías masturbatorias y aun sabiendo del riesgo que corría por hacerlo, quería probar el sexo con aquella bella mujer asiática. Pero eso tendrá que esperar por ahora.

0 comentarios: