Póker de tríos (1ª parte)




De como tuve mi primera experiencia con dos chicas a la vez durante un campamento de verano.

Siempre se ha dicho que la mayor fantasía para un hombre es pasar una noche con dos mujeres a la vez, en mi caso puedo decir que la he cumplido y con creces.

Este hecho solo genera en el resto de hombres envidia por un lado e incredulidad por otro, en ese caso les suelo contestar que si lo han intentado alguna vez. Conseguir pasar un buen rato con dos chicas o con otra pareja solo es cuestión de valor y de autoconfianza, si no preguntas nunca tendrás una respuesta, y a base de preguntar quizás alguna (o quizás más de una) vez te encontrarás con "Sí" por respuesta.

En fin, esta historia, tan real como las anteriores, comienza hace bastante tiempo. Tenía yo por aquel entonces 16 añitos y hacía solo un año y medio que había perdido la virginidad. Desde aquel momento poco había podido yo disfrutar del sexo en su plenitud, ya que solo cuando veraneaba en el sur de España podía dar rienda suelta a mi artes amatorias. Claro que había más chicas en la ciudad donde vivía el resto del año, pero el caso es que las chicas del pueblo donde pasaba los estíos eran bastante más fáciles (y experimentadas) y eso facilitaba las cosas. (Sobre mis experiencias en este maravilloso pueblo versará mi segundo relato sobre tríos.)

La Semana Santa de ese año mis padres decidieron enviarme a un campamento de colonias mientras ellos realizaban un viaje por el norte con unos amigos, así que me enviaron a mí y a la hija de sus amigos, Emma, a un suplicio de 4 días en mitad de la sierra de Huelva. Un páramo de alcornocales, lejos de todo punto civilizado, durmiendo en tiendas de campaña y teniendo que compartir "sonrisas" con jóvenes adolescentes de toda Andalucía. Si antes de ir hubiera sabido como acababa toda esta historia no hubiera puesto tantos impedimentos a mis padres.

Los días en el campamento n fueron tan malos como yo creía en un principio. Había actividades divertidas y otras que eran un auténtico coñazo, pero lo que me alegro la estancia fue saber que la mayor parte de los asistentes eran chicas de entre 14 y 17 años y que de los pocos chicos que estábamos la mayoría eran los típicos pardillos que solo se interesaban por el fútbol y chorradas similares. Para el segundo día ya había formado un generoso grupo de chicas a mi alrededor siendo yo el único varón; el hecho de que había ido al campamento con una botella de Whisky escondida en la mochila ayudó bastante a conseguirlo. La mayoría de ellas eran chicas que estaban comenzando a fumar y que tenían que hacerlo a escondidas para no ser descubiertas por los monitores.

De este grupo sobresalía sin duda una chica, no solo por su estatura, sino por como se había desarrollado para sus 17 añitos. Luisa era una ovetense de pelo corto moreno, con ojos marrones y un espléndido cuerpazo totalmente desarrollado para su edad. Caderas prominentes, con un buen culo y un pecho generoso. Algo tuvo que ver en mí el primer día porque desde entonces no se despegó de mi lado durante toda mi estancia en el campamento, cosa que a mi me dejaba bastante alucinado ya que era mayor que yo (en esa época el que un chico se liara con una chica mayor que él era un caso extraño, ya que ellas solían preferir a chicos mayores de edad).

Emma misma me había comentado que Luisa le preguntaba sobre mí cuando yo no estaba y me dijo que si quería la podía tener comiendo en mi mano si me lo proponía. Y eso hice. La última noche Luisa y yo nos enrollamos a última hora de la noche. Como no tenía previsto que algo así sucediera no pude llegar hasta el final con ella por falta de preservativos y ambos nos tuvimos que contentar con masturbarnos mutuamente para dar salida a nuestro sofoco juvenil.

Al día siguiente cuando nos despedimos Luisa y yo nos prometimos volver avernos en el mismo sitio durante el campamento de verano. Intercambiamos las direcciones y nos estuvimos escribiendo preparando el futuro encuentro.

No os podéis imaginar la sorpresa de mis padres cuando les pedí, les rogué y casi supliqué que en verano me enviaran de nuevo a la sierra de Huelva. La verdad es que a ellos les encantó la idea y esta vez solo, sin Emma, me largaron 15 días a ese remoto lugar.

Cuando volví a ver a Luisa hicimos todo lo que estuvo en nuestra mano para que esta vez durmiéramos juntos en la misma tienda de campaña. Al final tras muchos lloros por su parte lo conseguimos. Una chica de Sevilla, Olga, y un chico de Cádiz, Ramón, iban a ser nuestros compañeros durante nuestra estancia allí.

Olga era una chica menuda de mi misma edad, de pelo largo del mismo color almendrado de que tenían sus ojos. Su cuerpo enjunto y delgado hacía que casi no tuviera pecho o culo, pero su atractiva cara compensaba todo ello. Risueña y abierta, no paraba de hablar o hacer bromas sobre la gente y enseguida hizo buenas migas con Luisa. Ramón por el contrario, era un chico apagado que desde un principio demostró ser un crío mentalmente y no se juntaba con nosotros para nada.

Como todas las noches, fumadoras y un servidor, acabábamos la velada escondidos de los monitores para poder fumar y beber tranquilos. Luisa y yo nos enrollábamos cuando nos apetecía, sin tener que guardar las formas como hacíamos por el día. El único fastidio era que cuando Olga, Luisa y yo volvíamos a la tienda de campaña Ramón siempre se enfadaba con nosotros porque hacíamos mucho ruido y lo despertábamos, sobre todo si volvíamos con alguna copa de más en el cuerpo. Si Luisa y yo queríamos hacer el amor teníamos que coger una manta y perdernos por el bosque para luego volver antes de que amaneciera y nos pillaran por no haber dormido en el campamento. Olga mientras tanto nos cubría delante de Ramón, para que no se chivara, pero siempre nos ponía mala cara ya que no había conseguido liarse con nadie durante esos días.

Tuvo que llegar la última noche del campamento para que las cosas se desmadraran.

Como siempre Luisa, Olga y yo volvimos a la tienda de campaña a altas horas de la madrugada. Ramón dormía plácidamente y por supuesto lo despertamos con nuestras risas, pero por mucho que gritara nos daba igual, mañana volveríamos a casa y lo que dijera nos importaba un pimiento a decir verdad. Tal fue el cabreo de Ramón, que llegó un momento en el que se puso de pie, recogió su saco de dormir y se fue a otra tienda donde poder descansar. No os tengo que decir lo contentos que nos pusimos Luisa y yo sabiendo que no tendríamos que salir en mitad de la noche por ahí para poder tener el gran colofón que ambos ansiábamos. No tuvimos nada que decirle a Olga ya que ella misma fue la que nos dijo que podíamos hacer lo que quisiéramos ya que ella se iba a poner a dormir.

Cuando la sevillana se metió en su saco y se dio la vuelta para ponerse a roncar yo me abalancé sobre Luisa y comenzamos a besarnos con lujuria y desenfreno. Al ser ella mayor que yo se notaba la experiencia en lo que a hacer el amor se refería, pero todo ello solo hacía que yo aprendiera más rápidamente y saboreara cada momento más y más. Mi boca recorría apasionadamente su cuello y sus orejas. Besaba, mordía, y relamía sin compasión mientras notaba como ella, al igual que yo, se iba poniendo cada vez más caliente. Con premura mis manos se abalanzaron sobre sus pechos, primero por encima de su ropa y luego rebuscando entre ella hasta poder desabrocharle el sujetador y así disfrutar con libertad de esas apetitosas protuberancias. Las yemas de mis dedos jugueteaban con sus pezones, buscando que se pusieran duros como rocas y una vez lo conseguía era mi boca la que los lamía sin descanso para que no perdieran su condición. Ella cogió mi otra mano y relamía mis dedos humedeciéndolos, como si los preparara para lo que pronto vendría.

Era Luisa misma la que conducía mi mano buscando entre sus pantalones y sus bragas aquel punto recóndito que ansiaba que mis dedos tocaran para alcanzar el mayor de los placeres. Su sexo siempre estaba húmedo cuando comenzaba a tocarlo. Ardiente e hinchado esperaba palpitante que mis dedos primero juguetearan con su clítoris y luego se introdujeran lentamente en lo más profundo de su ser. Ella, receptiva, se dejaba tocar, se dejaba hacer; mientras regaba mi oído con sus gemidos, yo buscaba como un loco que mis tocamientos la llevaran a un espléndido orgasmo que la hiciera disfrutar como una salvaje en celo. Y al poco rato así fue. Paramos un momento y nos miramos a los ojos para luego volver a besarnos una vez más.

- Lo siento, pero no puedo dormir. – la voz de Olga nos sacó de repente de nuestros ensimismamiento – Estáis los dos ahí, dale que te pego y yo aquí mientras solita y aburrida.

- Por mi no hay problema de que mires si te gusta. – le dije encogiéndome de hombros.

Pero fue la respuesta de Luisa la que me dejó sin palabras en la boca e hizo que la mirara con extrañeza no pudiendo creer lo que estaba oyendo:

- Si quieres te lo presto un rato. – soltó la ovetense sin que le temblara la voz.

- No creo que pueda con la dos a la vez. – le contestó Olga.

Lo peor que puede hacer una mujer es cuestionar la hombría de una persona. Así que sin pensarlo de mis labios salió la siguiente exclamación:

- Eso solo se puede saber si lo comprobamos. – acto seguido miré a Luisa como buscando su aprobación - ¿puedo?

- Tú mismo. - y asintió de forma afirmativa.

Sin más miramientos me quité de encima de Luisa y me acerqué lentamente a Olga. Mi mente iba a mil por hora, tratando de creer que todo aquello estaba pasando realmente. Con mucho tiento mis labios rozaron los de Olga, de forma lenta y pausada intercambiamos algunos besos antes de nuestras lenguas se buscaran mutuamente en la boca del otro. Tal y como había hecho con Luisa la llené de besos y caricias por todo el rostro y con un poco de miedo al principio pero de forma más acelerada al final pasé mis juguetonas manos por toda su anatomía. Por encima de su ropa pude tocar sus minúsculos pechos, masajear su redondo culito y notar como su entrepierna se ponía cada vez más caliente.

Luisa mientras tanto no se había quedado quieta. Sin pudor alguno se había desembarazado de toda la ropa en su parte superior y puesta de rodillas nos miraba con deleite mientras jugueteaba con sus pezones con una mano y con la otra, que había introducido de nuevo en sus pantalones, volvía a tocar su almejita buscando un nuevo orgasmo. Ahora que lo pienso toda aquella situación me tendría que haber parecido surrealista, pero por más que trato de recordar ni un solo pensamiento cuerdo pasó por mi mente hasta el final.

Olga dejó de besarme y se quedó mirando a Luisa con los ojos abiertos como platos. La ovetense había cerrado los ojos y se dejaba llevar pos sus propios tocamientos, ajena a lo que nosotros hacíamos. Mientras tanto yo aproveché para desabrocharle los pantalones a Olga e introducir mi mano en su entrepierna, haciendo que mis dedos se frotaran suavemente contra sus labios vaginales.

- ¿Te gusta lo que miras? – le susurré al oido. Ella solo asintió sin ser capaz de cerrar los ojos.

Los gemidos de Luisa se hicieron más sonoros y continuos, y Olga comenzó a acompañarla, llegando ambas al orgasmo en el mismo instante.

- Bueno ¿y quién besa mejor? – me preguntó Luisa cuando consiguió recomponerse de su segundo orgasmo.

- Pues no sé, tendría que comprobarlo mejor. Aun no me decido. – le contesté.

- Haz la prueba entonces. – me dijo acercándose de rodillas, y de nuevo su lengua se fundió con la mía en un húmedo y tórrido beso.

Olga también se puso de rodillas acercándose a ella, no sin antes desnudarse como Luisa había hecho anteriormente. Ésta me quitó la camiseta mientras seguía besándome y compartiendo el dulce sabor que Olga había dejado en mis labios. En un instante fue la sevillana la queme cogió de los hombros, y al grito "de ahora me toca a mi", me estampó de nuevo un beso de película en los morros.

- No sé, no sé. – fue lo único que pude contestar – Tendría que investigar más.

Y volví a besar a Luisa un instante.

- A ver, a ver. – dije mientras besaba de nuevo a Olga.

- Si no te decides, deja que pruebe yo misma. – exclamó Luisa antes de estamparle un sonoro morreo a Olga, la que quedo sorprendida al principio pero excitada más tarde.

- Creo que será un tema difícil de saber. – irrumpió Olga y de nuevo me besó.

Así estuvimos intercambiando besos hasta que los tres a la vez nos fundimos en un torrente de besos, lenguas y saliva. Sin que yo me diera cuenta Luisa desabrochó mi bragueta y con soltura hizo que mi verga saliera totalmente erguida de su prisión y sin decir ni "mú" se agachó y comenzó a lamerla lentamente mientras yo jugueteaba con los pezones de Olga que seguía besándose conmigo apasionadamente. Fue Luisa la que cogió una de las manos de Olga para que tocara mi polla mientras ella seguía chupando como una posesa.

- ¿Quieres probar? – preguntó a Olga cuando paró un instante en su trabajo oral.

- No lo he hecho nunca. – contestó la otra.

Y lentamente agachó la cabeza para dar un simple beso a la punta de mi prepucio.

- ¡Uy! ¡Que asco! ¡Paso! – fue lo único que se atrevió a decir.

- Tú te lo pierdes. – y Luisa continuó con su labor.

Olga fue la primera en desnudarse completamente para que yo pudiera introducir libremente mis dedos en su conejito, mientras le besaba y relamía los pezones. Luisa y yo la acompañamos al instante y entonces surgió la pregunta:

- ¿Cómo lo hacemos? – pregunté excitado.

- Primero a ella y luego a mí. – me contestó Luisa.

- No, primero ella. – atajó Olga.

- Vale. – sentenció la primera. Y acto seguido se tumbó boca arriba sobre su saco de dormir.

Olga se tumbó a su lado y, mientras yo me ponía un preservativo, comenzó a lamer sus tetas y a intercambiar besos apasionados con ella.

Antes de penetrarla le devolví el placer obtenido regalándole un jugueteo de mi lengua con su coñito, haciendo que éste se humedeciera más y se hinchara como un melocotón maduro. Ya que no sabía cuanto tiempo aguantaría con las dos, buscaba que mi lengua pusiera a Luisa al borde del orgasmo para luego penetrarla rápidamente antes de que se corriera y así poder tener aguante para hacer lo propio con Olga.

Lentamente, para no hacerle daño, fui introduciendo mi pene en su vagina. Primero hasta la mitad y así darle tiempo a que se acostumbrara al grosor y luego más lentamente aún terminé de hundirla en sus adentros con gran placer para ambos. Sobre ella fui moviéndome arriba y abajo, acorde a la frecuencia de sus gemidos. Pausadamente al comienzo y deforma más rítmica después. Luisa no tardó en correrse con un magnífico orgasmo, animada por mis empellones y el lindo trabajo que hacía la lengua de Olga con sus pezones. Yo luchaba como un poseso por no correrme en su interior ya que estaba muy excitado y casi llegando al clímax, así que en cuanto terminó me separé de ella respirando con dificultad y pensando en cualquier otra cosa.

- ¿Es tu primera vez? – le preguntó Luisa a Olga.

- No, la segunda. – le contestó con cara cándida la sevillana – Bueno, la primera con más de una persona.

- Y la mía. – respondí yo sonriendo.

- Pues la mía no. – exclamó Luisa y nos dejó cortados a ambos.

Fue Olga la que eligió la posición colocándose delante mía a cuatro patas. Esta vez no me dejó introducir mi lengua en sus cálidos reflujos y me instó a que la penetrara rápidamente, ya que no podía contenerse más por la excitación del momento. No me costó mucho hacerlo y nuevamente fue ella quien impuso el ritmo desde el principio a base de movimientos de cadera. La espectacular visión de su culito chocando contra mi peluda entrepierna se turnaba con la de Luisa besándola mientras tocaba sus tetas y la animaba a correrse. Bastaron pocos instantes y empujes para que ambos llegáramos al orgasmo con una gran exhalación por nuestra parte y una gran sonrisa por parte de Luisa. Luego los tres nos tumbamos cansados y sudorosos, riendo como locos por lo que habíamos hecho.

La mañana nos despertó y entristeció nuestras vidas sabiendo que no volveríamos a vernos hasta pasado mucho tiempo, pero sobre todo sabedores de que sería muy difícil repetir una experiencia como esa. Besos, lágrimas y abrazos marcaron la despedida y el camino de vuela a casa. Durante un tiempo intercambiamos cartas, pero como todas las amistades el tiempo y la distancia son sus grandes enemigos. Nunca más he vuelto a saber de ellas, pero estoy seguro de que estén donde estén recordarán esa noche tan especial como yo lo hago ahora.

Al igual que siempre espero vuestros comentarios y misivas. El siguiente relato versará sobre esos veranos locos por el sur. ¡Hasta entonces lectores!

0 comentarios: